Catalina Prado | La irrealidad de lo real

“Todo lo transitorio es sólo una imagen”, Goethe.

Catalina Prado abre la temporada 2018 de Sala Gasco con Paisajes Transitorios, un proyecto pictórico que transforma al visitante en expedicionario de un territorio inexplorado, donde la irrealidad se mezcla con aquello que queremos retener y que de antemano se funde con la folia metalizada y un colorido al cual se rinde la sublimada imagen de quienes la conforman. Viajeros efímeros de una historia que no acaba y que se reinicia cada vez que este reflectante escenario cobra vida. Una dinámica que ocurre de manera sistemática en un cuerpo de obra que traslada sus personajes a delirantes espacios pictóricos.

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Sorpresivas representaciones que inesperadamente se cubren de esta rutilante pátina o halo espectral dorado y plateado, en cuyo forzoso preciosismo inserta a “estos protagonistas fuera de lugar”, en un paraje donde no estén alienados por la rutina o sometidos por el quehacer, sino enfrentados en un paisaje donde la saturación del color y esa mácula luminiscente amplía los límites formales y estéticos de un mundo paralelo, distinto al cual pertenecen. Lo que de por sí crea, además de la lógica transferencia, un fenómeno tensional ocurrido al interior de un fantasmal espejismo, donde deambula ese cortejo de seres atemporales que menciona Mario Fonseca: “Podría ocurrir también que sean seres simultáneos al momento en que fueron pintados, que sean presentes y ya no pretéritos ni futuros”. Permanentes habitúes de un limbo entre bucólico y citadino, entre cotidiano y efímero, pero lo suficientemente ambiguo para confundirse con nosotros mismos.

Aun así, sobre la latente apropiación o intervención del paisaje, la traviesa inserción de los personajes o el despojo de su lugar de origen, es oportuno destacar la recurrente preocupación de la artista por los materiales, cómo el color da la pauta al resto de los elementos, en una especie de bastidor natural, cediéndole al brillo un protagonismo que al presentarse en su justa medida, crea una territorialidad onírica que homogeniza la idea del contrapunto, tanto para el escenario, como para quienes encarnan esa supuesta calidad de trasplantados. Aunque en la práctica esta condición es sólo momentánea y susceptible de ser modificada por esa envolvente aura. Incorporando un cambio en la permeabilidad que termina siendo la clave en esta serie de Catalina Prado (1970), con personajes que o se mimetizan o se camuflan al interior de esta volátil habitabilidad que simbióticamente los cobija.

Por eso Paisajes Transitorios, es una oportunidad para ver como 24 obras, dan cuenta de idénticos años de trayectoria de una artista que persiste en la búsqueda, haciendo de la pintura un idioma que le permite expresarse con la fluidez necesaria para demostrar que nada es lo que parece. Claro está, siempre con la idea de crear un paisaje nómade, que articule la mayor cantidad de escenificaciones o visiones posibles, ya que dependiendo del lugar desde el que se ubica cada visitante, es que percibirá este constante cambio a un paisaje que se adelanta a la posibilidad de desvanecerse, no sin antes despertar la curiosidad de ese espectador que se infiltra en una transitoriedad marcada por el deseo de atrapar lo incierto, representado en este cruce de espejismos reflectantes en los que dependiendo de la luz y el ángulo, abre un abanico de posibilidades dimensionales donde finalmente se sumergen y emergen no sólo sus componentes naturales, sino también quienes insisten en ubicarse de uno y otro lado para ver qué misterio les ofrece el escurridizo encuadre.

Se puede inferir que esta propuesta responde al propósito de suspender el espacio tiempo, sobretodo porque le confiere un matiz muy distinto a aquello que Catalina Prado, viene desarrollando expositivamente, incluso en Pintura de fondo (Galería Espora 2017), donde ya insinuó parte de este radiante parpadeo cromático. Algo acotado por ella misma: “Mis pinturas al tener tanto brillo y tantos elementos refractantes, nunca se ven de la misma manera y siempre cambia el punto de vista que se ve”. Lo que le significó adaptarse no sólo al uso de un material tan complejo como es la folia o el pan de oro y plata, sino reconocer que la luz trastorna la perspectiva total de la obra. Eventual inconveniente que pudo transformarse en un duro revés no exento de sorpresas, particularmente porque al enfatizar el uso de la luz, se pone al filo de la fragilidad o transitoriedad de un proyecto que al trastocar la realidad, redefine los contornos de lo posible, y que en gran medida se refleja en De compras, Paisaje flotante, Tarde soleada, Fin de la Jornada y Tarde de verano, solo por destacar algunos.

Por lo demás, dar sentido a un hecho o lugar, implica que los momentos se impregnan, se permeen y acaben cediendo a los procedimientos y técnicas que en definitiva le van dando cuerpo a un contenido de obra que por su consistencia, pasa a ser parte de lo ineludible. Sobre todo en esa captura, que –hoy cual más cual menos– cae en la tentación o acción desesperada de ir sacando selfies por la vida. Pesca milagrosa, que como es lógico, en caso alguno se condice con este espejo de agua en el que se reflejan nuestros anhelos y miedos más cotidianos. No obstante, Catalina Prado, en vez de una cámara utiliza la paleta, sirviéndose de la memoria a modo de collage para hacer que lo etéreo supere la temporalidad y se quede plasmado en un eterno paisaje de irrealidad real.

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Chile | Pintura | Catalina Prado

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