“Marea Humana”, un documental del artista Ai Wei Wei

Son inmigrantes, sí. Más allá de eso, son refugiados. Aún más allá son, algo que parecen olvidar a diario, personas.

El documental Marea Humana, de Ai Wei Wei, muestra cómo la calidad de vida se pierde en un segundo. Una bomba puede destruir el trabajo y esfuerzo, de 30 o 40 años, de una familia. Sus vidas ahora se convierten en un incesante estado de inseguridad, perversión, duelo y olvido. Incluso los cimientos más sólidos de los refugiados, se ven corrompidos (cimientos, no confundir con valores), porque ya no tienen tierra, leyes o costumbres que los reúnan en un espacio en común.

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La vida siempre es paradójica. Minutos antes de ingresar al teatro de CorpArtes, conversaba con una amiga sobre lo difícil que es la vida en este país. Precios elevados, arriendos difíciles de pagar, el Transantiago, la congestión, la falta de salud pública de calidad, la educación… minutos después nuestra vida dio un giro inesperado al ver los botes que trasladan a miles de personas (35.000 semanalmente) hasta la isla de Lesbos. Millones en un año y desde que comenzaron las guerras. Y entonces piensas, valoras, te detienes e incluso agradeces haber nacido en el último rincón del mundo, donde ahora, recibimos a refugiados e inmigrantes.

Refugiado es aquél que “debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores no quiera regresar a él..”, definición de la Convención de Ginebra.

Y el documental no para. No se detiene más que unos segundos en la mirada de un refugiado, de alguien que ya no tiene documentos para recorrer el mundo, para viajar, para cruzar las fronteras, de aquél que escasamente tiene el recuerdo de lo que fue su nación; alguien que espera dos horas por una taza de sopa, que no sabe dónde comprar alimentos, que no tiene cómo comprar alimentos y ni hablar de su salud. A veces la vida es ilógica, o como me preguntó mi hija de siete años el día de ayer “¿has pensado cuál es el sentido de la vida?” Sí, se piensa cotidianamente y sobretodo cuando podemos pensarla, sentirla y vivirla, a diferencia de aquellos que rezan para recordar lo que era vivir nuevamente. Pero, ¿qué puede hacer una persona que se queda sin patria? Retrocedamos unos momentos a cuando estábamos en el colegio ¿no es la patria lo que nos enseñan a amar y proteger desde 1° básico?, ¿no es el amor patrio lo que se debe promover para que los hombres sean capaces de ir a la guerra para defender esas fronteras?… y desde ahora, desde donde estamos en este minuto ¿deberían existir esas fronteras?

Qué pasa si vives, 25 años (en promedio) que pasan los refugiados, en un campamento. Qué pasa con los niños que no vieron más que esas murallas, como bien se señala en el documental: aquellos que crecen en Gaza, no conocen, no ven al individuo detrás de las murallas que habita en Israel, solo imaginan a aquellos que los tienen bloqueados, que viven mejor, que pueden vivir… ¿qué pasa con el fanatismo religioso y el odio desde ese lado del muro?

Se podría responder que lo mismo que ocurre en los campamentos sociales de este país, sin embargo, aquellos refugiados ni siquiera son capaces de hablar el idioma del país donde están, o de cruzar las barreras que existen en sus campamentos. No son bienvenidos en el lugar del que huyeron y mucho menos en el lugar al que llegaron. Lo peor, 25 años es también un mito, porque la realidad está muy distante de las estadísticas. Según indica el documental, 22 millones de personas fueron registradas como refugiadas en 2016, año en que se filmó el documental. La mayor parte de ellas, arriesgaron sus vidas (y la de sus familias) al cruzar las fronteras, sin saber a dónde ir, qué hacer, cómo vivir. Muchos no lograron llegar al lugar que esperaban, a su meta final, porque las fronteras europeas se cerraron frente a la cantidad de inmigrantes, porque hicieron tratos con Turquía para enviarlos hacia allá “voluntariamente” (de lo contrario eran apresados). El documental, que inicia con Lesbos, se mueve al rededor de 23 países, combinando cámaras profesionales y el celular personal del artista, quien aparece constantemente en los campamentos, quien interactúa, entrevista y comparte con los refugiados, personal de la ONU, de la Unicef y especialistas en el área. Todo para demostrar que la crisis de los refugiados es, como él mismo ha declarado: “una crisis mundial y humanitaria”.

“Como artista, creo en la humanidad y veo esta crisis como mi propia crisis. Veo a todas esas personas bajándose de las balsas como mi familia. Ellos podrían ser mis hijos, podrían ser mis padres, podrían ser mis hermanos. No me considero nada diferente a ellos. Podemos hablar idiomas completamente distintos y tener diferentes creencias, pero los entiendo. Como yo, ellos también temen del frío y no les gusta estar bajo la lluvia o sentir hambre. Como yo, ellos necesitan una sensación de seguridad”, explica Ai Wei Wei.

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El documental se estrena el día de hoy, con motivo de la próxima exposición Inoculación, de Ai Wei Wei, en CorpArtes, del 27 de abril al 26 de agosto.

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