Ka kiñe, ka kiñe, asamblea a lo mapuche

Antes de la función se reúne al público en un punto de espera, luego se lo hace avanzar hacia la sala. En el camino 3 mapuches interceptan al grupo y explican lo mucho que ha costado conseguir la autorización para que asistan al trawun (asamblea/conversatorio), donde se expondrán las condiciones en que cumplen presidio los dos jóvenes de la comunidad acusados bajo la Ley antiterrorista. Al entrar solo se habla mapudungún. Bienvenidos al wallmapu.

«El peñi cuestiona el origen mapuche de Alicia y Antonio se pone de pie para defenderla, pero ella le hace un gesto, da un paso adelante y dice “Yo también tengo palabra”»

Ka kiñe, ka kiñe (otra vez, otra vez) introduce a los espectadores en una asamblea en una comunidad mapuche. Son 4 los actores que visitan y 3 los dueños de casa. En las visitas están la abogada que lleva la causa de los acusados, el werkén (portavoz) de la comunidad vecina, el padre de uno de los acusados y un joven llegado de Santiago con ánimos de apoyar la causa mapuche. Los dueños de casa son un matrimonio, padres del otro joven apresado, y la abuela. No hay butacas como en el normal de las obras, sino sillas dispuestas como en cualquier junta de vecinos o asamblea de universidad. La disposición ayuda a la inmersión en la realidad de la obra, haciendo honor a la frase del cartel de la obra que dice “teatro hiper realista a lo mapuche”.

Pasados unos minutos desde el ingreso el werken pide permiso al dueño de casa para hablar en winkazugun (español) para que sea del entendimiento de todos. Pero ya lograron que la audiencia se sintiera extranjera en su propio país. Luego viene cuestionar la justicia del estado que contrae convenios internacionales de defensa de los pueblos indígenas y por otra parte aplica la Ley antiterrorista solo si el imputado es mapuche. “No tenían rastros de pólvora en las manos” dice la abogada al explicar la causa a los presentes. Sin embargo, cuando allanan las casas de los familiares, se constata en las pruebas la presencia de salitre y otros elementos para el cultivo de la tierra, que se usarán para probar que los implicados fabricaban pólvora casera.

«Eso sería una victoria para ellos, no podemos postergar nuestras tradiciones»

Otro de los elementos que rompe la cuarta pared y nos hace cuestionar la ficcionalidad de la obra, es cuando llega el momento de interrumpir la asamblea para comer un aperitivo. Los vasos con consomé se reparten a los actores y al público por igual. Afuera la lluvia, los ladridos, las sirenas de los carros policiales. Dentro poco a poco nos hacen sentir parte de la gente que está organizando para protestar contra una ley sin justicia. Antonio y Alicia, el matrimonio, irán a acampar fuera del recinto penitenciario. Ella tiene acento argentino. No los dejan ver a su hijo, a duras penas la abogada defensora ha podido tener audiencia privada con el joven detenido. Ellos cargan su carreta y anuncian el viaje. Pregunta el werken si en vista de su futura ausencia corresponde aplazar el nguillatún que organizaba su comunidad. “No”, responde Antonio, “eso sería una victoria para ellos, no podemos postergar nuestras tradiciones”.

Con dignidad insisten. Otra vez. Y otra vez. De ahí el título de la obra, de la necesidad de hacer frente a adversidades. De exigir que aquello que se ostenta internacionalmente se cumpla dentro del país. Retroceden, buscan en la memoria otros enfrentamientos. Michimalonco quemando Santiago. Caupolicán robando los caballos de los españoles. Matías Catrileo. Las memorias de las abuelas conectan todas las luchas, uniéndolas en una sola historia de resistencia. El üllkantun (canto) que pasa de generación en generación mantiene la tradición y la consciencia. Escuchamos entonces cuando entonan la palabra antigua.

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Se pregunta Antonio a qué se debe la mala suerte que los persigue. El peñi que también tiene un hijo apresado le responde medio en broma que a lo mejor es porque Alicia no es enteramente mapuche. Antonio, ofendido en su propia casa, se levanta. Pero Alicia lo contiene y da un paso adelante “Yo también tengo palabra”, dice para iniciar su defensa. No es primera vez que la cuestionan por ser los mapuches del otro lado de la cordillera. Luego narra la historia del amor que la unió a Antonio, del romance del que nació el hijo que ahora les quita el estado de Chile.

Cuando, tras una urgente reflexión del werken, termina la función, comienza la asamblea que incluye a los espectadores. Un diálogo honesto surge de este nuevo trawun. Es otro de los factores que hacen de Ka kiñe, ka kiñe más que una obra de teatro, una experiencia.

Ka kiñe, ka kiñe, tienen funciones el 24, 25 y 26 de enero en sala Gonzalo Rojas del Centro Cultural Estación Mapocho.

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