No hay que llorar, que la vida es pintura

Convencido de la futilidad y de la tiranía de los conceptualismos de moda, devenidos muchos de ellos en auténticas recetas de estudio, Jorge Santos hace algo que fascina: gozar la pintura. Esto, sin que él lo sepa, nos convierte en igual o, al menos, en sujetos muy parecidos. Yo gozo la escritura; él la pintura, yo gozo la elaboración discursiva; él copula con el lienzo. Al cabo, los dos, somos unos pervertidos, dos dandis que hacemos lo que nos viene en gana.

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Lo trágico de muchos artistas presuntuosos reside en esa fuerza que conduce a la autonegación todo el tiempo. Negarse una cosa para aparentar otra, dejar de ser para parecer. Jorge, en ese sentido, es un tipo soberanamente auténtico. No necesita aparentar nada porque, como bien me dice él a mí, ahora me toca decirle yo a él, es “un animal en lo suyo”. Este hombre, entre otras cosas muy sexy, disfruta de la pintura, ama la pintura, se regodea en ella, la convierte en un espacio de distracción y de expansión. Puede que me equivoque en ello, pero creo acertar si dijera que este artista cubano, residente en Miami, entiende la materia pictórica como una suerte de terapia frente a las adversidades muchas de este mundo. La señala como un espacio de realización y de digresión que le permite estar en forma.

Observo su Instagram y advierto los malabares de alguien que no se está quieto. Su obsesión resulta evidente. Siempre está haciendo algo, algo que tiene que ver con la pintura o el dibujo. El caso es estar, como diría la canción, encima de la bola. Por frágiles que parezcan hoy las definiciones, y al margen de errar en el uso de éstas, me atrevería a definir a esta artista como un pintor sensible y tremendamente fino: un pintor en toda regla. Con esto último quiero decir que no es un hacedor de conceptos, sino un gesticulador, un productor, un vicioso de la pintura y de su espacio de consagración y de uso. Santos vive a través de su obra, la habita en todas sus dimensiones. Y ella, como una dama de los bajos mundos, le posee a él, sin que muchas veces éste se de cuenta.

Su obra, qué duda cabe, es el más elocuente gesto de afirmación de él mismo -especie de radiografía, tal vez- sobre el universo insondable de cada superficie. Quizás por ello, lo dije una vez y lo repito ahora, su obra me seduce, más allá o más acá, de todo razonamiento intelectual y crítico. Allí, donde cierto tipo de arte protagonista y egocéntrico, necesita revelar sus fuentes y hasta amenazar con la “sobriedad” de sus anclajes teóricos, la sensibilidad exponencial de la obra de Santos se convierte, de facto, en el espejo en el que se frustran las erecciones ajenas y la eyaculación precoz de esos que -con un par de cuadros- se llaman a sí mismos pintores.

Su pintura no asume el rol reproductivo de ningún telar ajeno toda vez que ella misma es filigrana de la mejor, acusación de modelos, aceptación -tácita- del legado que le precede y sucede. Ella, en su autonomía, rebosa de espesura y de belleza consumada. Pareciera responder, por encima de cualquier pretensión, al impulso expedito y deliran de perpetuar lo bello. En lugar de la activación trasnochada del canon, en ella, por el contrario, se profesa ese placer avieso que toda embestida soporta en tanto que ritual erótico de lucubración y de lubricación.

Existe algo de alquímico en la obra de este artista, algo, incluso, que la convierte en una suerte de sistema. Jorge ha logrado fundar su propia metodología de trabajo: una praxis que él controla y a la que acude constantemente. La belleza de sus superficies, más que un valor en sí mismo, define, per se, la identidad de un cosmos, de un mundo. La coherencia con la que su obra se articula como texto es poco menos que envidiable, llamando la atención sobre un imaginario personal que se traduce en vocabulario, en manera y en estilo.

Habrá que admitir, ahora y siempre, que la posibilidad de esgrimir cualquier retórica crítica sobre la pintura, resultará, por fuerza, un ejercicio especulativo que firmaremos aquellos que -como yo- no sabemos nada de la misma más allá de presunciones y de imposturas concertadas. Hablar sobre la obra pictórica de un artista, entenderla como un cuerpo significante, como un ámbito textual, no dejará de ser, al término de ese recorrido escritural, una auténtica especulación. La obra de Santos, en este momento, se convierte para mí en un pretexto que me permite (y que admite) el desvío retórico. Está claro que el lenguaje, apenas, alcanza a traducir el espesor una obra pictórica; sin embargo, nosotros, los críticos, no hallamos mayor placer que hablar y hablar, escribir y escribir sobre esas mismas obras.

Esta evidencia, por otra parte, no es excusa para no ensayar sobre la pintura. No resulta un argumento que nos permita abortar la exégesis, tan necesaria como deseable, acerca de los recorridos de ésta y de las maneras (o los modos) en que los artistas, como Santos, la sustantivan y la endiosan. Cuando más se resiste al lenguaje, más nos seduce la idea de sujetar su fuga en el contexto de la palabra escrita, más nos gusta acorralar su escapada en el límite de lo enunciable. De ahí la obsesión por el hallazgo, infortunado muchas veces, de las palabras precisas, de la sintaxis correcta, de la afirmación oportuna.

Llegar a este entendimiento me supone, en la misma medida, una condena y una liberación. Una condena porque, muy a pesar de lo dicho, ansío la maldición de la gramática reveladora de su esencia; una liberación porque, entonces, me puede más el placer de gozar la pintura del otro frente al esfuerzo intelectual que busca comprenderla. La obra de Santos me emplaza en medio de esta morbosa disyuntiva: comprensión o satisfacción, placer o deber, gozar o padecer. Pero yo, como él que disfruta del placer de todas las cosas, me inclino hacia el disfrutar de su paleta. Prefiero la inmersión gozosa en sus superficies ante la urgencia de un impulso intelectual erosionado.

La magnitud y la vehemencia de su entrega al soporte sólo pueden ser comparadas con la gratitud y la pasión con la que yo me entrego al folio en blanco. A ambos nos va la vida en lo que hacemos. Ambos, en lo nuestro, depositamos una confianza ciega en eso que nos provoca, en la misma medida e intensidad, grandes cuotas de bienestar y de desconcierto. Nos tocó vivir la época de las dualidades ideológicas y de la miseria pretextada como un ideal virtuoso. Nos hicieron creer en modelos falsamente emancipatorios, en retóricas políticas esclerotizadas y enfermas, jugaron a confundirnos frente a aquello que es tan simple en la vida: pintar y escribir lo que nos venga en gana. Pero ocurrió que vino a nosotros la madurez de la conciencia. Entonces, y por fortuna, abrazamos el desengaño, pero no como resultado de una operatoria de tristeza, sino como celebración, como posibilidad, como la advertencia de ese escepticismo que siempre será sano.

Él no creer a ciegas en los relatos de los maestros sin someterlos a sospecha; yo no creo, ni por asomo, en las narrativas historiográficas, casi siempre manipuladas, de los signos artísticas. Esa desconfianza, lejos de resultar dañina, nos resguarda de la intolerancia y nos ayuda a comprender lo que realmente importa en esta vida: la práctica del exceso. Él es excesivo en su pintura; yo lo soy en mi escritura ¿y qué pasa con ello? Pasa que somos unos animales en los nuestro. Pasa que él y yo, desde el ejercicio de la admiración mutua, asociada al desparpajo del calor, estamos arriba de la bola.

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