La Espera | Una historia de subyugación

El día jueves 26 de junio, la compañía Teatro del Terror, re-estrenó La Espera de Guillermo Blanco en el Teatro Sidarte.

Las relaciones bilaterales no siempre se gestan de la manera correcta; las de pareja muchas veces empiezan de manera errada, se gastan, se desvirtúan; las de poder, se tuercen y confunden; las que involucran a menores de edad, siempre se hacen enfermizas.

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La puesta en escena de La Espera, genera cuestionamientos diversos. La historia en sí, escrita por Guillermo Blanco relata las diferencias de clases tan latentes en el siglo XX -y hasta el día de hoy-, sin embargo, nuestra sociedad ha empezado generar otras problemáticas que de alguna manera se observan en la adaptación que realizó la compañía. Estamos viviendo una revolución feminista y la lectura de la obra lo recuerda a cada instantes, desde lo que son las minorías y el estar subyugado a un patrón, a un esposo. Nos recuerda la forma en que el hombre se ha vinculado a la mujer históricamente, y ¿por qué hacer latente o recordar el desprecio, la agresión, los insultos y la absurda creencia de que solo estamos para procrear? Quizás, porque el feminicidio y las violaciones aún no se detienen en el mundo.

Patrona: ¿y qué harías? Tú no sabes tratar a una mujer, tu solo sabes de odio y de rabia, y de cuchillos y venganzas.

Negro: no se crea más carne de la que este gato de campo puede domar.

Patrona: ¡Es que lo soy!

Negro: usté no sabe despellejar un conejo, no sabe sembrar ni una papa, usté se cree más de lo que es.

Patrona: ¡¿y qué soy?!

Negro: una patrona que no puede parir descendencia.

La obra comienza con la narración -escrita- de la historia de una niña que fue asesinada y cayó al río. Una niña que no fue velada, ni llorada, porque sencillamente su existencia carecía de sentido o de importancia. Acto seguido, se ve al famoso «Negro» encadenado, amarrado como un animal mientras la esposa de su patrón le venda las heridas para que se recupere, y se escucha cómo ella le enrostra el haber violado a una niña.

Y la violencia no para, por algo la compañía se basa en obras que dan miedo, terror, pánico o que, sencillamente, nos enfrentan a dilemas morales de cierta complejidad escondida. El Negro insulta constantemente a la esposa de su patrón, le recuerda que no puede tener hijos y asume que por ello la dejarán, botada. La insulta, en medio de un coqueteo implícito, del sometimiento que podría ejercer si le soltaran las cadenas, de las pulsiones carnales porque la identificación de las minorías es algo inevitable, en este caso ¿quién desea con más fervor la liberación de la historia de vida que le toca?

«Aprendí a desconfiar de los impulsos que hacen que mis rodillas se doblen, porque tu no eres más que uno de los tantos hombres que no quieren a las mujeres»

Lo paradójico es que la violencia parece excitar a la esposa del patrón. Parece provocarla de manera tal que empieza a cuestionarse la realidad misma, ¿es verdad la violación del Negro hacia la niña?, ¿su esposo, habrá cometido los mismos actos? ¿De qué manera la manipulación masculina hace efecto en esta mujer sometida y sumisa, según la describe su co-protagonista? Los valores son algo que cambia entre los adultos, y es así como a medida que la obra avanza, la esposa del patrón incluso considera la posibilidad de soltar al delicuente, de soltarlo de las ataduras para que sea libre.

Hay obras de teatro, hay personajes, hay situaciones que parecen arquetipos de la sociedad. Que se generan en cualquier momento, que nos retraen al inicio de los tiempos. Son estas obras de arte las que se convierten en clásicos, las que se pueden recuperar y jamás dejarán de ser contemporáneas a la realidad.

La Espera, se presenta hasta el 6 de julio en Sidarte, más información en acá.

Dramaturgia/
Iván Fernandez

Dirección/
Javier Ibarra Letelier
Nicolás Pavéz

Elenco/
Soledad Cruz Court
Claudio Riveros
Nicolás Pavéz
Carol Henríquez

Producción/
María Luisa Vergara

Diseño Integral/
Rocío Hernandez

Composición musical/
Juan Carlos Valenzuela

Audiovisual/
Alex Waghorn

Entrenamiento/
​Valentina Bravo

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