La última sesión de Freud | La magia de un buen diálogo

Probablemente al escuchar el título La última sesión de Freud, nos imaginemos una obra  donde el psicoanlista atiende a un paciente de manera unidireccional, donde ciertos clichés de esta corriente psicológica salen a la luz de manera constante. Sin embargo, esta obra dirigida por Marcelo Alonso, resulta asombrar al espectador a través de un inteligente diálogo entre Sigmund Freud (Héctor Noguera) y C.S. Lewis (Cristián Campos), donde se demuestra -a su vez- una profunda investigación sobre la corriente psicológica y la complejidad de ambos personajes.

Lewis.—Entonces, ¿por qué estoy aquí?

Freud.—Por una razón. Quiero aprender por qué un hombre de su intelecto, que ha compartido mis convicciones, ha podido de repente abandonar la verdad y abrazar una mentira insidiosa.

El diálogo gira en torno a la existencia de Dios, la vida, la muerte, las creencias del padre del psicoanálisis frente al escritor y filósofo inglés. La gran duda de Freud: cómo un hombre de tal intelecto como Lewis, es capaz de convertirse en creyente luego de haber seguido el ateísmo durante tantos años. Y el gran cuestionamiento del escritor: por qué el psicoanalista se esmera tanto en demostrar que aquél Dios no existe. ¿Y las respuestas? Carecen de importancia frente a la argumentación lógica de ambos que se basa en estructuras mentales que se pueden interpretar a partir de sus textos, en este diálogo eterno y bien fundamentado. No hay respuestas, no hay finales, no hay más que un desborde interminable de verdades y preguntas entre ambos que reflejan un cuestionamiento propio del momento filosófico que estaban viviendo, o que estaba por venir ¿es posible, frente al contexto del nazismo, seguir creyendo en finales felices, o la caída de los metarrelatos es algo inminente?.

  • Te podría interesar:

Teatro | La piedra oscura, el último amor de García Lorca

Luz Donoso | La inquieta Luciérnaga que ilumina el pasado para el presente

Uno de los grandes aciertos de la obra es, sin lugar a dudas, el contexto en que se sitúa el diálogo. En 1938, luego de la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi, Freud, judío y fundador del psicoanálisis -considerado enemigo acérrimo del nazismo- se trasladó a Londres, Inglaterra. A esto se suma el vínculo entre los intelectuales de la época a través de la constante mención de J.R.R. Tolkien, lo que sitúa a ambos pensadores del siglo XX dentro de un contexto intelectualmente complejo, de gran trascendencia para la humanidad y entra a explicar la intensidad del libreto.

La investigación que se realizó para el guión se refleja también en el guión. Preguntas, respuestas inteligentes, con absoluta seguridad y soltura sobre la temática abordada, cuestionamientos intrincados que ponen en jaque al oponente, se hacen entre ambos de manera constante. La atención del público es obligada y así también ciertas nociones básicas sobre psicología, religión y literatura. Sin embargo, más allá de profundizar en la teoría psicoanalítica, hay atisbos y comentarios certeros sobre ella, polémicas que realmente podrían hacerse a Freud o a Lewis.

Freud.—La sexualidad es la fuente de toda felicidad.

Lewis.— La felicidad es más que eso. El sexo no es más que uno de los muchos placeres que Dios nos ha dado, y no el más duradero.

Freud.—Es extraordinario. (Consulta su reloj.) Hemos estado  hablando sobre sexo durante menos de un minuto y ya metió Dios en la conversación. Acérquese por favor, siéntese.

Y cómo no podría estar la base del psicoanálisis dentro de la obra. Y se hace a través de lo explícito, del cuestionamiento de ambos sobre las relaciones disfuncionales que entablan con sus pares cercanos, la dependencia, la protección y los miedos de ambos. Todo, mientras el teléfono suena, las alarmas de bombardeos, las presiones de los discursos y la realidad siguiendo su curso.

Más información en Teatro UC

Fotos: Prensa UC.

Comentarios

comentarios

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.