Admiración, sin más | José Manuel Ciria

Me descubro, ahora mismo, en un conflicto de intereses. Cuál es ese conflicto, se preguntarán algunos. Es, a un tiempo, algo simple y muy complejo: tener que escribir sobre la obra de un artista que, por un lado, me seduce todo lo que hace; por otro, le quieres como persona. Siento una profunda admiración y un especial cariño por Ciria y por su obra. Él es, tal vez no lo sepa, mi doble. Ciria es todo aquello que si yo fuera artista terminaría siendo exactamente igual. Apasionado, frontal, sistemático, coherente, oportuno, generoso y brillante. Reconozco en mi, aunque me tilden de sobrado, esas mismas señales. Y es que él y yo, al margen de nuestras clarísimas diferencias, somos muy parecidos, nos aproximamos, en nuestra singularidad, como lo hacen los amantes en la segregación hormonal que justifica la performance de su ritual erótico.

Ciria, como yo, pone el corazón (ahora corregido) en todo lo que hace. Sabe, sabe como nadie, como pocos, cómo atribuir sentido agudo y congruente a cuanto gesto estético aflora de él. Su obra, como mis textos, goza de espontaneidad y de soberbia. Esta última entendida no como alarde de superioridad frente a los otros; sino, antes que nada, como afirmación personal en un mundo en el que la esclerosis del selfi ha conducido, paradójicamente, a un deterioro de la auténtica autoestima. Todos ensayan una figuración rigurosa en las redes escogiendo la mejor de las imágenes, pero nadie se quiere en verdad, nadie se aprecia como es debido. El amor propio pasa por el reconocimiento de lo feo, de lo abyecto, de la lateral y no, como suele pensarse, en la consumación ridícula y estéril de la imagen ideal. Frente a la carencia, frente a la celebración inmediata del disfraz tranquilizador, del disimulo de la fatalidad, Ciria despliega su gran apuesta por la verdad, su verdad, su afirmación retórica del yo. Esa que no necesita, dado que le resulta ajena, la sintomatología del like, la engañosa aprobación colectiva y el aplauso fatuo de envidiosos y de agoreros.

Sobre esto último, es decir, sobre la envidia y la vigilancia del éxito y de los dones ajenos, debo recodar las palabras de cierta artista, gustosa de la abstracción ella, que no dejaba de repetirme ¿No te parece mala la obra reciente de Ciria? Insistía en esta idea una y otra vez porque, en esa repetición cancina, drenaba la frustración de no parecérsele nunca, solventaba su endeblez curricular y se engañaba a sí misma presumiendo un intento ficticio de superioridad que sólo fue real en su cabeza. Los auténticos grandes jamás compiten. La competencia, desde cualquier ángulo o perspectiva, es señal de debilidad. Los genios no compiten, en su lugar producen, aciertan, apuestan. El ruido mediático y la figuración permanente focalizan la agenda de los primeros; el silencio y el trabajo sistemático, se convierten en la razón esencial de los segundos. Existe una distancia rigurosa entre el artista total y el aprendiz, entre lo genuino y lo que se alcanza por medio de un talón.  Ciria es, categóricamente, un puto genio, les guste a unos y les duela a otros.

Pocas veces he tenido la suerte de enfrentarme en diálogos en los que la voz del artista resulta siempre convincente y alentadora. Hablar con Ciria supone un acto de reconocimiento del yo en el otro y viceversa. No, como suele ocurrir con frecuencia, una suerte de monólogo egocentrista y dañino como el que ensayan la mayoría de los artistas con carreras pocos menos que inexistentes. Refiriéndose a mi última publicación, la antología Lenguaje Sucio I y II Narraciones críticas sobre el arte cubano, resuelta en dos monumentales tomos, decía Fernando Castro Flórez en su canal de YouTube La crítica que me interesa “estamos permanente hablando de críticos, de comisarios e intelectuales y resulta que no tienen ningún tipo de obra, que lo único que hacen de tanto en cuanto es escribir sesenta palabras o hacer textos de nada, puro reseñismo en periódicos, cuando de repente él está confiando siempre en ese trabajo de largo alcance y sobre todo en esa necesidad de articular un pensamiento y una masa crítica de rigor…”

Estas palabras, dichas sobre Ciria, tendrían el mismo sentido, responderían por igual al signo de su obra, de su generosidad y de su posición frente el hecho estético en sí. Cuando una gran parte de la zoología artística se preocupa hoy por hacer una carrera en Instagram, sujeta a la rentabilidad más o menos convincente de una imagen; él, a diferencia de ello, apuesta por el trabajo de fondo, por la obra mayúscula, por la articulación oportuna de una masa crítica en la producción y porque toda esa generación exponencial de obras -también- alcance siempre su correlato en la voz de la crítica y su permanencia (y trascendencia) en cuerpos editoriales contundentes que bien merecen espacio en cualquier estantería de arte contemporáneo que se respete. No sólo gestiona la publicación y edición de un impecable catálogo de cada muestra suya; sino que es de los poquísimos artistas, me temo, que ha editado sendas antologías críticas sobre su trabajo, confiriendo orden al mar de páginas que se ciernen en torno suyo e imponiendo el rigor de la memoria ante los impulsos amnésicos y las figuraciones escuálidas arriba mencionadas por Fernando Castro. Hablamos, en puridad, de un artista total, de una subjetividad que ha asumido su propia vulnerabilidad no sin saber que es la historia la que dispensa las jerarquías necesarias y resguarda el valor de lo auténtico.

Creo que es precisamente en esa voluntad suya por perpetuar cada gesto, cada hecho, cada muestra, donde reside una de sus más elevadas virtudes y donde hallo, casi sin pretenderlo, la razón sofista que me lleva a especular los rostros bipolares de su grandeza y de su culpa. Ciria sabe que, para cierto sector de la crítica, hoy en posesión de los medios que otorgan poder cultural, la abstracción no reviste mayor importancia que la de un arte al que se le considera decorativo. Ese hecho, esa necesidad por resguardar, por fortalecer y por perpetuar un legado, advierte de una tremenda vocación humanista y de una sensibilidad ciertamente extinta en el mundo contemporáneo. Ciria es un obseso de la conservación del pensamiento y de sus estructuras discursivas. Si existe un artista que lee crítica, que estudia, que desmonta en detalles el discurso ajeno y que sabe maniobrar la pasión del ejercicio del otro, ese es, sin duda, él.

Ahora mismo observo con atención desmedida (y también, por qué no, con sospecha y cautela) su obra última. Siempre es un reto, para un crítico vehemente y desbordado, cualquier tipo de aproximación a la obra de un amigo. Máxime si este amigo (sé de antemano que esta confesión tendrá sus consecuencias), ejerce cierto efecto de persuasión, seducción y coacción sobre ti. No necesito estar frente a él en este preciso instante de la lectura para saberle sonreír o soltar al aire una de esas verbalizaciones suyas que destilan testosterona a raudales. Si otra virtud habita en él y que se traduce en su obra, es la capacidad para reír en un mundo atravesado por la mueca y el gesto estéril. Esa condición, lo siento así, la presiento en estas piezas suyas. Hay en ellas algo de festivo y de expansivo, de explosión y de límites colapsados, sobresaturados.

Se insiste muy a menudo sobre la conflictiva relación entre el amor y el resentimieno, entre la verdad y la mentira, entre la pasión y los bajíos del infierno. Todo ello sin advertir muchas veces que la auténtica conflictividad se localiza en otro tipo de escenario afectivo, ese que se dirime entre: la admiración y el odio. Es ahí, en verdad, donde reside el gesto virulento y la sagacidad de la obra para señalarlo. Situación que se da, lo mismo en el contexto dialógico del artista con su obra, que en el del crítico con sus textos. La mayoría de los críticos que conozco, así como muchos artistas, no dejan de maldecir la escritura (o la obra) al concebirla como una responsabilidad o una obligación, a falta de entenderla como el objeto de una gran pasión, como el pretexto y el argumento que justifica la existencia misma. Yo, debo decirlo, la siento, por mis venas abiertas, como esto último.

No concibo la escritura sobre el arte sin esas cuotas de pasión condensada y florida. De igual manera que me cuesta aceptar la obra del otro cuando descubro en ella la acción muscular del oficio exenta de gracilidad y de espesura emocional. Esto que bien señalo resulta imposible hablando de Ciria. Esa bestia parda entra al estudio poseído por esos demonios que le empujan y hacen abdicar los principios de la razón instrumental ante las prerrogativas del pensamiento libre y oportuno. Claro que, en esa liberación, también, interviene el placer de la obra en su caso; el vino tinto en el mío. Ambos somos adictos en el mejor de los sentidos: no de la adicción mediocre y literalmente ridícula; sino de esa otra que habla del consumo de los instantes plenos de amor y de fruición creativa. Este momento del texto, sin ir más lejos, refrenda en mi el placer de esa deliberada y maldita adicción.

No es sino bajo la tentación no moderada que acontece el acto trascendental de la ejecución artística y la prefiguración estética, tanto de la obra como del texto. Un artista de esta en-verga-dura terminaría por ser la caricatura de sí mismo si no fuera por esa pulsión focalizada en la obra como excusa de vida. Estas piezas resuman espontaneidad, versatilidad, algo de cólera (tal vez) y no poco de vanidad. En ellas se aprecia un deliberado uso y abuso de la gestualidad performática y puede que, incluso, se registre cierta trabazón cromática que, cabría señalar, me seduce mucho. No puedo pensar en Ciria si antes no logro discernir la naturaleza -estructural y enfática- de la idea de mancha. Una mancha, dicho pronto y claro, es una suerte de eyaculación abrupta, una bofetada sobre una superficie especular que devuelve, entretanto, la radiografía emotiva de esa infracción del gesto. Ese poderío de la mancha, presumida como acción afirmativa y distraccional, es, por sobre muchas otras señales, uno de los signos identitarios más recurrentes en la narrativa pictórica de este artista. En el locus hermenéutico de esa eyaculación se registra, sin temor alguno, el afluente de las misteriosas afinidades entre todo el repertorio actual y la obra anterior. La mancha conecta, en un mismo horizonte referencial, todo el universo-Ciria.

La austeridad luterana no fue ni será nunca un reclamo dentro de la obra de este artista. Por el contrario, es la demanda de lo extremo, de lo lateral, de lo dionisíaco, lo que resulta la razón de ser de la obra, la necesidad de vital de esta, la voluntad nutritiva del pensamiento que se hace valer a través de ella. Combatir contra nuestros signos será siempre una lucha perdida, ellos floran más allá, incluso, de nuestra voluntad y de nuestro deseo. Basta una mirada incisiva sobre estas piezas para corroborar el grado de obsesión de este artista por el dominio y el control sobre la materia pictórica.  Un control que, me temo, será siempre parcial, aproximativo, no del todo consumado. Esa misma falta augura el florecer de las virtudes barracos y de los manierismos muchos que perfila el espacio visual en la obra de Ciria.

No se advierte en ella, nunca, el empeño reproductor, la iniciativa testimonial, la abdicación frente a los hechos venidos de fuera. Estas premisas jamás formaron parte de las intenciones de este artista. Muy lejos de ello las obras se ubican en una encrucijada epistémica más compleja y que apunta a esa necesidad de desterrar del campo de la abstracción la burda ideología que comulga en señalar a la pintura abstracta como un espacio de baja significación. Ciria es un tipo, lo dije antes y lo reitero ahora, tremendamente culto y agudo, lo que obliga a no gestionar la gramática pictórica como un gesto emocional per se. Ese arrebato está en la obra, amasa su cuerpo, pero más allá de él, se localiza un recurso de pensamiento y de conocimiento especulativo que tiende a comprender las funciones y malabares del significante en virtud de la estimada jerarquización de los significados. La obra de Ciria no soporta, en modo alguno, o no únicamente, lo abstracto como gesto enfático per se. Sería demasiado simple y fácil leerle así. Su obra, en tan dilatada y prolija trayectoria, no es sino un ensayo de interpelación y de conciencia acerca del lugar de la abstracción en el contexto lingüístico de los discursos del arte.

¿Qué es la abstracción? ¿hacia dónde apunta ésta? ¿cuáles son sus grados de significación y sus embestidas? ¿Cómo y de qué manera deja de ser un acto de digresión para convertirse en el espacio de fruición del giro retórico? Todas estas preguntas y otras que no alcanzo a discernir ahora, constituyen materia arquitectónica y estructura muscular en la obra de Ciria. Su obra promueve e incita la discusión permanente sobre las dimensiones del lenguaje, el posicionamiento de los signos pictóricos y la propia voluntad crítica que sí que habita en el horizonte sintomático de muchas abstracciones. Digo muchas y subrayo ese plural necesario porque ocurre que no es posible hablar, en términos de rigor analítico, de una sola abstracción o de único contexto narrativo y de prefiguración de ésta. La obra de Ciria, precisamente, desarticula ese tipo de lecturas y sus índices de rentabilidad en manos de crítico o exégetas asalariados que no ven más allá del contexto inmediato, del texto de referencia que justificará sus múltiples citas y de su propia miopía que les condena a la interpretación arquetípica y carente de todo vuelo.

Disfruto ahora de mi copa de vino, escucho una música instrumental que me eleva y especulo, en silencio, acerca de las virtudes y torpezas de estas líneas, si le gustará o no este texto. Me percato que es ya mi tercer texto sobre Ciria. Entonces pienso, me interrogo y me respondo a mí mismo: no me importa, basta, tan solo, con la profunda admiración que siento por su obra.

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