ODISEAS HUMANAS/ Un éxodo por la vida.

“Luego de subir una alta montaña,

uno sólo descubre que hay muchas más por subir”

(Nelson Mandela).

Sumidos en la congoja, muchos de los refugiados no sólo deben luchar contra el agotamiento y el hambre, sino además contra la pérdida progresiva del ánimo, cuando el cobijo se hace escaso, las fuerzas empiezan a flaquear, y todo parece irremontable. No obstante, la determinación los impulsa a hacer de la adversidad su estandarte contra la indiferencia de quienes ven sólo cifras y no personas en los 16.5 millones de seres humanos contabilizados por ACNUR (Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados) a mediados del año 2016 que se han visto forzados a emigrar, motivando a la Agencia de noticias France-Presse, a exhibir por primera vez en Chile y en Espacio Fundación Telefónica, la exposición Odiseas Humanas, muestra que evidencia la crisis migratoria a través de 50 fotografías y más de 24 fotógrafos que han registrado este perpetuo éxodo.

Problemática que se expande de manera vertiginosa por un mundo cada vez más global, pero también más despersonalizado con el dolor ajeno. Un padecer ampliamente ilustrado por Bulent Kilic, quien a través de esa niña alzada por sobre las cercas de Akcakale en la frontera con Siria, demuestra que las vallas no son impedimento para que el amor se manifieste. Al igual que en otra de sus fotos tomada en la frontera de Irak y Kuridistán, donde un grupo de desplazados iraquíes que huye desde Mosul, logra besarse entremedio de las alambradas al reencontrarse con sus familiares. En paralelo Luis Acosta, capta el reencuentro de una pareja mexicana separada por un muro fronterizo en la Playa de Tijuana, en Baja California. Acto cotidiano para los más de 11 millones de indocumentados en los Estados Unidos, que además deben lidiar con la banalización del dolor.

Pero Odiseas Humanas, no va sólo tras la desgarradura, sino más bien pone el foco en aquellos que olvidan su condición más primigenia: la humana. Esa que nos permite ver al otro como un espejo en el cual reflejarnos. Ese es el mérito de esta espléndida muestra, el de reconocernos en las cerca de 6500 personas que habitan el improvisado campamento “La Jungla de Calais” al noreste de Francia, registradas por Philippe Huguen (2015), ser ese hombre que se inmola durante una protesta en un improvisado campo de refugiados cerca de Domeni en la frontera greco– macedonia–, captados por Armed Nimani el 2016, o tal vez ser aquel migrante que hace fila bajo la nieve para recibir comida afuera de unos almacenes abandonados en Belgrado, vistos por Andrej Isakovic, en Serbia, o quizás uno más de los habitantes del campamento “Los Arenales”, levantado en un basural de Antofagasta, registrados por Martin Bernetti en este Chile actual, que de algún modo se suma a los 65 millones de refugiados que exponencialmente, constituyen la cifra más alta registrada por las refugiados que exponencialmente, constituyen la cifra más alta registrada por las Naciones Unidas, desde la Segunda Guerra Mundial

Cómo olvidar a Aylan Kurdi el niño sirio de tres años, muerto junto a su hermano y su madre en la turística playa turca de Bodrum, erigido como un lamentable símbolo de esta cruenta itinerancia, continuada hoy por otros niños que esperan ser rescatados por miembros de la ONG Brazos Abiertos Proactivos en el mar mediterráneo y registrados por Aris Messinis el 2016 al norte de Libia y que concuerdan con lo dicho por Bulent Kilic,– “Los momentos más duros son cuando ves morir niños sin ninguna razón”–. Actuar inexplicable que también se palpa en el temor de ese hombre y su hijo avanzando por un gélido sendero al cruzar la frontera entre Macedonia y Serbia, fotografía captada por Dimitar Dilkoff el 2016. Turbación que incluso se distingue en un pequeño gatito llamado Lulú registrado por Odd Andersen, al momento de emprender un largo viaje aferrado a la burka de su dueña, quien huye con su familia de los yihadistas del Estado Islámico ese mismo año en el Kuridistán iraquí.

Por eso, abrir una llave para tomar agua potable puede parecernos tan trivial  como despertar. Sin embargo, para un grupo de migrantes rohinyás, de las minorías étnicas más perseguidas del mundo, fotografiados por Ye Aung Thu, tras ser rescatados de un barco a la deriva desde alta mar en Maungdaw, Birmania, recoger agua de lluvia significa la vida, y por cierto un demoledor grito de auxilio, que inevitablemente tropieza con la intransigencia de quienes se creen dueños de este planeta, forzando a otros a recorrerlo no por placer, sino por el desesperado anhelo por sobrevivir, como sucede con esos refugiados que arropados esperan en una playa al norte de la isla de Lesbos, luego de cruzar el mar Egeo. Lo mismo esa interminable columna de migrantes captados por Jure Makovec mientras esperan que la policía que los escolta, finalmente los deje pasar la frontera entre Croacia y Eslovenia, o el solitario migrante que espera remo en mano, la embarcación que lo llevará desde Turquía a la isla griega de Kos.

Así las agencias de prensa como France-Presse, al ser testigos de primera mano, nos hacen ver el mundo desde un ángulo distinto y valorar la encomiable labor de los fotoperiodistas, cuyo proceder muchas veces es incomprendido. Pues ser el ojo de los demás implica sobrellevar la zozobra de estas Odiseas Humanas, y a la vez remecer la zona cordial – la zona más próxima al corazón – haciéndonos sentir que cada vida vale una odisea, y no desde el dolor, sino desde la esperanza de no tener más abusados, perseguidos, ni refugiados. Sí seres más humanos, justos y solidarios en un mundo que no es sólo tuyo ni mío, sino de todos.

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