Hace 70 años el Instituto de Extensión de Artes Plásticas de la Universidad de Chile, fundó el Museo de Arte Contemporáneo (MAC). Primero en su tipo en Latinoamérica, ahora nos complace con la muestra Colección MAC: Fundacional. Un viaje con más de 130 artistas chilenos y 11 extranjeros, que parte con el siglo XX y culmina alrededor de los años 50, dando cuenta de la pujanza de profesores y artistas que lucharon por ser parte de una iniciativa que hoy hace historia a través de esta imperdible retrospectiva.

Más allá de que fuesen vistos como excéntricos, era imperioso tener un lugar donde pudiesen expresarse no sólo los partidarios de emergentes vanguardias, sino quienes de algún modo tenían un reducido espacio en el espectro artístico nacional. La generación del Trece, es un buen ejemplo de ello porque muchos de los artistas no provenían de la oligarquía artística imperante, ni tampoco del selecto grupo Montparnasse. Aleación que no debe verse como un antagonismo a ultranza, sino más bien como una tácita complicidad al poder asimilar en gran magnitud lo europeo y lo criollo, componentes que se observan en el Nacimiento de Venus (1944), de Héctor Banderas, quien asume el fenómeno de la hibridación con entereza al crear una versión llena de chilenidad. Concepto que se recalca fuertemente en La zamacueca, de Arturo Gordon, como parte de nuestro acervo más arraigado y al que se suman, además, Las mujeres de pescadores de Isaías Cabezón, En espera del paso de la procesión (1933) de Eduardo Donoso, Maternidad de Dora Puelma, La novena del niño Dios (1930) y La quema de Judas (la venganza- 1952) de Marco Bontá, quien en 1971 declaró al Mercurio: “Impulsados por la voz de la conciencia, por la admiración que profesamos al sueño que nos vio nacer, los artistas genuinos queremos incorporarnos al esfuerzo común para contribuir, con nuestro específico aporte, hacer de nuestro territorio un hogar no más grande en extensión, pero sí digno para los chilenos”.
Sobre la base de este escenario fue tomando cuerpo el naciente Museo de Arte Contemporáneo, enfrentando por una parte a los críticos devotos de lo clásico, con aquellos que veían en otras vertientes promisorios rumbos, como lo visto en Paisaje innumerable (1941) de Luis Vargas Rosas, Visiones abstractas de Susana Mardones y en La princesa que se convirtió en pez (1952) de Fernando Marcos, junto a la escultura La Familia de José Perotti, que muestran cómo afloran ciertos toques indo-americanos las cuales, en mayor o menor escala, traen consigo elementos multireferenciales abriendo la posibilidad a un sinnúmero de formas de expresión que hasta ese momento no habían sido abordadas y que se constata en La novia del viento (1938) de Samuel Román y en la magnífica Gabriela Mistral (1945) de Abelardo Araya, tallada en madera y a la que se agregan Silvia (1942) de Marta Colvin, Torzo del alemán Franz Metzner y el estilizado Himno (1923) de Tótila Albert, proponiendo una visión fresca y transgresora en una sociedad que, a poco andar, se despercudía de su añoso anquilosamiento.

Desde luego la creación del MAC, no sólo puede entenderse como una ineludible utopía, un asunto de intermediación entre artistas y enfoques o incluso entre generaciones, sino como un refugio plural y liberador de nuestra identidad, en la que además se da cita un número significativo de creadores provenientes de otras latitudes que validan este eslabón fundamental para el desarrollo artístico, que queda demostrado en esta Colección MAC: Fundacional, que de por sí seguirá siendo un imprescindible atrevimiento.