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Gloria Matarazzo en la edición 110  de Arte Al Límite realiza una operación poética sobre la imagen: la transforma, la reinventa, la libera de sus ataduras representacionales. Sus fotografías, intervenidas digitalmente, ejercen una atracción hipnótica que suspende el tiempo. No se recorren con ligereza: exigen permanecer. Frente a ellas, la mirada se detiene, se vuelve atenta, consciente de que algo —apenas perceptible— está a punto de desestabilizar lo visible.

Ese elemento inesperado no provoca desconcierto, sino un goce estético. El espectador ya no es un observador pasivo, sino un explorador que reconstruye el sentido a partir de la pausa. Matarazzo cultiva así una estética de la lentitud. En un mundo saturado de imágenes instantáneas y consumo visual acelerado, su obra propone una contemplación activa, un intervalo donde la belleza emerge de lo que no se dice y de lo que no se muestra del todo. Contemplar, aquí, es resistir.

Este modo de ver despliega capas simbólicas y poéticas. El horizonte aparece de manera recurrente, no como simple referencia geográfica, sino como una metáfora de la tensión entre opuestos: lo celestial y lo terrenal, lo sagrado y lo profano. Es una línea que no clausura, sino que abre, permitiendo imaginar más allá de lo visible.

En El suave viento (2024), el paisaje se expande hacia el infinito. El cielo domina la escena con una potencia que evoca trascendencia, mientras la tierra se ofrece como matriz fecunda y originaria. No se enfrentan: dialogan, se fecundan mutuamente. En el centro, un jarrón —objeto íntimo, doméstico— introduce el misterio. Contenedor y refugio, remite al útero, al alma, a aquello que guarda y protege lo esencial.

Estos desplazamientos simbólicos atraviesan toda su obra. Paisajes que se pliegan sobre sí mismos, espacios que contienen otros espacios. En Una imagen concreta (2025), la arquitectura se vuelve signo. Un gran salón de diseño racionalista, marcado por puertas, ventanas y muros de precisión industrial, sugiere una lógica de control y cálculo. El uso del CNC se integra a la imagen como huella de lo técnico. Pero esa racionalidad se quiebra cuando una ventana se abre y deja entrar otra temporalidad: una estampa japonesa irrumpe como un recuerdo suspendido.

No se trata de un contraste simple, sino de una conversación. Lo tecnológico y lo ancestral conviven en un mismo plano. La imagen del periodo Edo, con su nieve detenida y sus figuras diminutas frente a la inmensidad del paisaje, introduce una grieta por donde se filtra otro