La cultura despertó y hay que levantarla

¿Qué valor tiene para la sociedad chilena los espacios culturales? y ¿qué problemáticas son necesarias resolver para que su valor sea transversal? Desde su aporte al mundo de las artes hasta el encuentro ciudadano, los espacios culturales cumplen funciones esenciales, pero eso no significa que sean prioridad. La reducción del 20% al área cultural presupuestada para el año 2020 fue restituida gracias a la tenaz organización entre espacios y artistas que interpelaron dicha acción, pero ese es solo el comienzo, ¿cómo convertimos el amor por el arte y la cultura en un trabajo digno?  

No es difícil imaginar porque el Centro Cultural Gabriela Mistral, a pesar de haber sido rayado, no fue saqueado como las tiendas de retail, e incluso cómo, al igual que Matucana 100, abrió sus puertas a cabildos ciudadanos. Tanto en redes sociales como en las calles se manifiesta la importancia de estos espacios en el acontecer nacional, pero ¿es realmente su rol? 

Su valor reside en que efectivamente son lugares de intercambio de historias, memoria y vida. Son denominados como “espacios privilegiados para el encuentro y el ejercicio ciudadano” por el propio Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Y en algunos países así funcionan, Sol Díaz de la Fuente, directora ejecutiva de la Fundación Aldea, ejemplifica: “En Inglaterra los centros culturales son verdaderos lugares de encuentro, se llenan de manifestaciones populares. Aquí se debe reformular su función, que no solo se ofrezca la programación hecha por ellos mismos, sino que sea un espacio al servicio de la comunidad”. Es de hecho, según el Ministerio, una de sus funciones «invitar al pensamiento crítico y a la construcción colectiva», y si bien gracias al estallido social nos hemos acercado a esto, sigue siendo tan variable como su financiamiento, y siendo autocríticos, como la misma participación ciudadana.

Extrañamente, en el país no existen estudios cualitativos: “¿Qué opina la ciudadanía en torno a estas iniciativas? Hace falta un feedback de cómo las personas las evalúan”. Comenta Sebastián Zenteno, sociólogo cultural, parte del Consejo de Monumentos Nacionales de Chile y de Oh! Stgo. Un claro ejemplo de esto sucede para el día del patrimonio cultural, del cual existen solo datos de asistencia, cuantitativos, más no un análisis de lo que aprenden las personas respecto al contenido de las actividades. 

Si esta información existiera y se pudiese utilizar en las herramientas de gestión y en la estrategia de formación de audiencias, sería beneficioso tanto para instituciones como participantes, pero la realidad es que el 53,4% de las infraestructuras de la Región Metropolitana declaran no contar con ellas.  

Entonces, ¿creamos cultura para quién? 

El programa nacional Red Cultura, que promueve la participación de la comunidad en iniciativas artístico-culturales, recalca que la accesibilidad no solo debe ser financiera y física, sino también intelectual, esto se refiere a la afinidad entre los participantes y el producto cultural. La apropiación de este, su análisis y comprensión logran que el espectador reinterprete, gracias a su experiencia, la vida y el mundo. 

Si no existen estudios cualitativos y las personas efectivamente no se acercan por barreras simbólicas, como lo es el capital cultural adquirido durante su vida -el cual ya es desigual-, o lo sacro que se perciben los espacios, es necesario incorporar el arte y la cultura en la educación escolar: “A través de un estudio se detectó que si durante la niñez se asistía por lo menos una vez al museo, las posibilidades de ir habitualmente de adulto aumentan significativamente, es decir, que si se logra que los escolares vayan, generamos un futuro importante para los museos.” Señala Bárbara Negrón, directora del Observatorio de Políticas Culturales (OPC). 

La educación es una vía sustancial, mas no la única, porque el arte y la cultura siempre han nacido fuera de lo establecido: “La infraestructura actual es un reflejo de desigualdad y segregación urbana. Desde las villas y poblaciones hay muchas iniciativas, grupos que generan contra cultura, no desde la elite o institucionalidad, y es importante comenzar a apoyar estas culturas subalternas”, añade la directora de Aldea. 

Es claro que existe un problema entre ciudadanos y espacios culturales, ya sea por la carencia de cultura en la educación o por la decadente participación asociada a la falta de herramientas, pero esto es también el resultado de un conflicto económico que deben enfrentar instituciones y artistas: la precariedad laboral. 

Por amor al arte 

Durante las últimas semanas diversas instituciones y trabajadores culturales han participado de cabildos en busca de soluciones. Ignacio Achurra, presidente del Sidarte, comentó en una de estas oportunidades: “Hay una frase que nos ha hecho muy mal a los artistas: trabajar por el amor al arte. Efectivamente, apunta a una convicción y a un amor por nuestro quehacer, pero somos trabajadores y, por lo tanto, tenemos que apuntar a generar las condiciones para poder vivir de nuestro trabajo, porque en la medida que podamos vivir de nuestro trabajo también podremos producir mejor arte y eso es un bien que ayuda al desarrollo del conjunto de la sociedad”.

Con respecto a la producción, Zenteno opina que es necesario ampliar las arcas fiscales o el financiamiento para las iniciativas culturales más allá de los fondos concursables: “Generan competencia entre organizaciones, disgrega la participación de quienes no saben cómo postular ni tienen acceso a esta información y produce que sean siempre las mismas las que se adjudican los fondos”. 

Para las instituciones lo primordial es garantizar estabilidad. La ley de presupuesto nacional cubre menos de 40 instituciones y la mayoría están en Santiago. Los centros culturales municipales dependen de si el o la alcaldesa proporcionan financiamiento y los fondos concursables, como ya se dijo, son riesgosos, dependen de una exigente autogestión y los gastos básicos como agua, luz y sueldos no son contemplados.

 

“Por ejemplo, el Festival de Cine de Valdivia se realiza hace más de 20 años y es un espacio por el cual se hacen políticas públicas y lo amerita: construye públicos y descentraliza la cultura. Entonces, en vez de que el Estado haga sus propias iniciativas, debiese apoyar lo que ya está funcionando”, agrega Bárbara Negrón. 

En el caso de los artistas, las oportunidades son aún más escasas: al 61% de los artistas les cuesta encontrar espacios de desarrollo, lo que explica porque a un 71% le cueste distribuir sus obras (según El trabajador cultural desde las artes visuales de Proyecto Trama). 

La directora del OPC afirma que para los artistas se deben reforzar un conjunto de herramientas: “No se respeta el derecho de autor, sobre todo en el caso de los artistas visuales. Los pagos de honorarios se relativizan. A un gasfiter no le pides que trabaje gratis, pero al artista sí, a todos se les paga menos a él y en eso influye la valorización de la sociedad: se valora poco, se compra poco. El artista chileno está altamente formado, estudia como médico pero gana como temporero y son pocos los artistas que vendiendo al exterior tienen precios inflados, mientras la gran mayoría se regala”. 

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El artista debiese poder desarrollar su trabajo, incluso en condiciones mínimas que hoy no se dan, pero ¿qué beneficios tendría para la comunidad que la cultura y el arte se dejen de ejercer de forma precaria? Es difícil imaginarlo, se tienen que vivir estos cambios, afirma Bárbara: “el arte es como la educación, se disfruta mientras es un vehículo de formación y sentido”.

 

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