Arpeggione | El eco de la risa

Arpeggione tiene dos actores en escena y una sencilla escenografía. La historia es de una humanidad conmovedora, donde las dificultades para entablar relaciones afectivas en espacios de trabajo se hace presente de manera constante. El otro motivo principal de la obra es la autenticación de los artistas, el contraste entre artistas “de segunda” y la gente connotada. Hay, también, un ataque de risa que cambia todo.

“Rosa se esmera, quiere impresionarlo para conectar con él y tener una conversación auténtica, pero se equivoca en una nota”

Rosa (Claudia Cabezas) es contratada por Lorenzo (Nicolás Zárate) para ensayar Arpeggione. Ella no es profesional, él preparaba una gira con su acompañante, pero lo abandonaron y necesita ensayar. Ella lo admira, Lorenzo sabe que Rosa es hija de un buen músico pero no tiene formación académica. Tocan. Rosa se esmera, quiere impresionarlo para conectar con él y tener una conversación auténtica, pero se equivoca en una nota.

“¿Por qué mejor no encierra altiro todos los sostenidos en un círculo?” es la seca respuesta de Lorenzo ante el segundo error de la pianista. Él es tosco, distante. Ella tiene propensión a conversar, a entablar dialogo, a hablar de su padre, famoso, connotado. Para Rosa este es un buen pituto, una oportunidad de tocar con un profesional de renombre, mejor que ella, más que ella. Ella que es tan común. Rosa es como la pianista que está en la “banca” de la orquesta municipal, o la amiga que sabe tocar guitarra y canta en algún matrimonio o lanzamiento de libro. O como las intérpretes profesionales que ejercen otra cosa.

Y, aparte de toda la admiración que le causa Lorenzo, Rosa quiere probarse. Quiere valer por hacer bien un arte. Ella es fruto de una realidad determinista donde el padre decidió que sus hijas no recibieran educación profesional. De enseñarles música, pero a medias. Porque sin diploma no hay trabajo. Como el padre ha muerto, ella busca la salida a esa imposición, la pregunta es ¿Obtiene su liberación?

En medio de una conversación rutinaria se ponen de pie de golpe, se saludan y vuelven a sentarse. Es otro día de ensayo, otra escena. La escenografía sigue siendo dos sillas, dos paneles de luces, un par de micrófonos y al fondo un televisor que permanece apagado. El minimalista diseño escénico de Tamara Figueroa funciona en muchos ámbitos. Y la internalización de lo plausible de la situación en el público se refuerza en este tipo de cosas: tienen conversaciones comunes y corrientes, hay varios diálogos que no tienen grandes aires dramáticos para reforzar que esta historia le pasa a cualquier hijo de vecino.

“Rompe la cuarta pared y la incertidumbre genera movimientos en los asientos, miradas de preocupación”

Tocan. Interpretan la Sonata en La menor para violonchelo y piano, de Schubert, más conocida como Arpeggione. A Rosa le da risa esa palabra, arpeggione. A Lorenzo le da risa el otro nombre de la obra “sonata de amor”. Pero todavía no es el momento de las carcajadas.

Ensayan. Lorenzo no sabe si su pianista acompañante (¿amante?) volverá para emprender la gira. Está herido por el abandono. Desconfía de la constancia de Rosa, no quiere establecer vínculos con nuevas personas que puedan dejarlo. “¿Toquemos?” le dice, pero ella se empecina en hablar. “Veamos la partitura”, insiste Lorenzo. “Si le es más fácil piense que es como adentrarse en un bosque”, le aconseja. Tocan. Rosa comienza a imaginarse el bosque, su piano y el violonchelo de Lorenzo comienzan a sonar bien juntos. Ella, aparte, comienza a cantar, a narrar cuando era niña y salía con su perro y su padre a recorrer el bosque. Al fondo la televisión se enciende y muestra el guion de Arpeggione, de la escena que sucede frente a la audiencia de la “micro sala” del Centro Cultural Matucana 100. El efecto es inquietante, la tensión sube. La pantalla rompe la cuarta pared y la incertidumbre genera movimientos en los asientos, miradas de preocupación.

“Buenaventura” dice Rosa. Es el nombre de la trilogía de Luis Alberto Heiremans que cierra Arpeggione, la cual fue estrenada hace casi 50 años. “Buenaventura” llama Rosa. Lorenzo comienza a expresar su preocupación sobre la ausencia de eco en los bosques.

Luces fuera. Silencio.

“Empatizamos con una persona que no existe porque vemos su fragilidad en el escenario”

“Quiere venir a tomar once a mi casa” dice Rosa con una voz como tendiendo una mano a alguien en necesidad, que bien puede ser su propia necesidad de vincularse con el cellista. “Ehh… mmm… nnn… nno” dice Lorenzo acompañando todo con gestos de que en verdad lo está considerando.

La interpretación de los gestos y ademanes que logran Cabezas y Zárate es muy apropiada. Los roles son muy cotidianos y alcanzan una actuación muy creíble. Cuando más se nota esto es en el ataque de risa, que dura unos cinco minutos y no hay quien en el público no se suba a esta oleada incontrolable de risa. Esa es la imagen: toda la audiencia riéndose desde el estómago.

“¿Qué se siente ser un artista de verdad?” le pregunta Rosa a Lorenzo. Ella se siente persona común y corriente, sus luchas son pequeñas, sus intereses limitados: lo admira. Pero son estos momentos en la vida real los que cambian una vida. Y Rosa, Rosina como le gusta que la llamen, en el nerviosismo de la primera escena ya dijo “es cada vez más difícil llegar a los lugares”. Sabemos que cuando llegue la carta que pone fin a la obra puede sufrir, queremos ahorrarle eso, queremos que la relación entre ellos perdure en esos momentos de alegría. Empatizamos con una persona que no existe porque vemos su fragilidad en el escenario. No queremos que se deje de escuchar el eco de la risa.

Es decir, vale la pena dejarse conmover por Arpeggione. Si no alcanzan entrada este fin de semana, presten atención a la programación de Teatro a Mil porque vuelve a las salas de M100 en enero de 2019.

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