Claudio Bertoni | Reincidente obsesivo

Bertoni apuesta por el imprevisto y se refunda como eterno aprendiz en una pesquisa permanente, colindando con  la urgencia y porque no decirlo, con la inocencia del fotógrafo y el poeta que sin proponérselo te descoloca.

Imágenes cortesía de EKHO Gallery

Como un trapecista que desafía el vacío sin malla alguna que lo cobije, Claudio Bertoni yerra, vaga, merodea con una bolsa de erizos y una botella de pisco, lucha por hacerse espacio entre zapatos huachos devueltos por la marea, palitos húmedos y varias piedrecitas multicolores. Todos tesoros que salen a su encuentro.

La enclenque luminosidad de la mañana poco a poco enciende sus primores y el fotógrafo amanece otra vez frente a la misma mesa con los mismos restos de cena, once o almuerzo. Hasta llegar –simplemente– a un desayuno que nunca acaba, pues queda suspendido en su cámara, muestra fehaciente de que ahí está la diminuta e irrestricta existencia. La que cuando le da la gana te hace cosquillas, te da vuelta la espalda o te pone de rodillas. Da lo mismo, con Bertoni no hay diferencia entre Playa la Boca, Charlie Parker o una piel tan suave con la que perfectamente se puede forrar un libro.

La poesía es un ángel engendrado por muchos demonios y Bertoni lo intuye y va minucioso recolectando pluma por pluma hasta palpar el cielo. Crea senderos de hojitas amarillas o cafés al igual que Hansel y Gretel, para no extraviarse de sí mismo. En un indómito patchwork donde –en la medida de lo posible– arma las partes faltantes. Cual arqueólogo recolecta trocito a trocito en un intrabajable oficio fragmentario, entre centenares de cuadernos, cassettes, libros y discos que suenan por instinto. Patti Labelle le sale al paso. Él se ovilla en un choapino cual gato citadino, remiso del mundanal ruido.

Deja Filosofía, el conservatorio de música, la Tribu No, Londres, el stay bread, el damish food, el Bagahavad Gita, el vino argelino Sidi Brahin bebido en Saint Michel. Regresa a Chile y compra un boleto de ida a Concón. Total, Berta ya no está. Su madre sale del paisaje como una flor arrancada del jardín familiar.

“…Doy gracias a Dios/ por estar en la casa viendo las noticias/ y no en la posta/ con un tubito/saliéndome del brazo/esperando que algún Claudio Bertoni/ venga y me dé sangre.”

Se sabe quebradizo, voluble y lee las señales dejadas por Gustavo Cerati: “La poesía es la única verdad”. Certeza al constatar en el Rodoviario, viendo un gol desde la ventanilla del bus, en una hoja de papel amuñada en el suelo, en el sostén que cuelga del travesaño de una silla, en la insulsa soledad matutina, en un nuevo cuaderno multiuso. Un espejo retrovisor que rastrea obsesivo el correlato íntimo de esos labios entreabiertos, en el vino descorchado, en el acto sublime de captarla desnuda sobre un rojo sofá. No como la vería Helmut Newton, Ellen von Unwerth o Eric Kroll’s. Sino más próximo a Bettina Rheims y de Garry Winogrand en las exequias del día, donde lo cotidiano entrega sus más postreros resplandores. La luz se hace poesía y la sensibilidad de quien ve, hace de lo simple un monumento.

Desnudo en sofá rojo, 1984
Desnudo en sofá rojo, 1984

La esquiva telita de la hermosura es tan ingrata que se ve en la obligación de deambular por las calles declamando: “Para mí lo más fuerte han sido las mujeres y la música. Puedo ir por la calle y si veo a un ser de esos que me conmueven sinceramente, siento que pierdo toda la sangre y me caigo al suelo como un abrigo”.

En esa condición de desmamados que afirma Vásquez Montalbán, Bertoni va desangrándose, porque mujer que no da vida mata. Sin embargo, él asume los riesgos, agachadito tras su cámara. En absoluto recogimiento. Aunque muchas crucen impávidas, forradas en sus infranqueables prendas.

“Tu/ropa interior/es mi vida/ interior” –declara.

Hojita cafés con resto de hahulla, 1977
Hojita cafés con resto de hahulla, 1977

No teme a la burla por recoger, rescatar y acumular instantes que el mismísimo trajín ha ido desechando. Un sigiloso cumplido a los objetos arrumbados en la UCI del fotógrafo.Esculturas efímeras donde, fuera del fundamentalismo estético, resucita un minúsculo canastito sobre una modesta batea y un mullido triángulo se transforma en ese anhelado bosquecillo, desde dónde surgimos todos y que él orbita casi con la desfachatez de un niño. Aguardando absorto el intervalo exacto. De lo contrario, nada es igual o al revés es lo mismo y nada justifica esta porfía por registrar hasta lo más exiguo.

Lejos del posteo desmedido se refugia en los ingredientes justos para una cita con el mar. Mariscal a la vista, un par de hallullas y un vinito. En su cabaña lo espera la utilería necesaria para dejar atrás cualquier atisbo de solemnidad. Ínfimos escarceos con los que comulga. Afanes y delirios con los cuales su lente insaciable no ceja –reincidente obsesivo– perturbador insolente busca otra nueva fierecilla citadina –“hay mujeres/ tan hermosas/ que su cuerpo/ las soporta a duras penas.”

De una u otra manera el encuadre de la soledad lo atrapa y no sabe qué hacer con tanto contoneo de tantas chilenas bellas, buenas mozas que desafían su cámara siempre dispuesta. No pasa por alto ese inexcusable placebo que a la postre lo mantiene atado a este necesario respirador.

Alevosamente personal detenta la cualidad de mutar la hosca realidad, incluso contra toda lógica. Un manojo de hilachas, unas ramitas, hojas que el otoño le regala, unas corontas resecas o la percudida colcha que se desliza cual pantera por el entramado del parquet, son la receta primordial para saltarse del virtuosismo pretencioso y solemne. Bertoni encara la realidad premunido de una cámara y un cuaderno de notas. Con ambos libra una antagónica batalla entre la verosimilitud más explícita y el misterio que pende de cada cosa. Arma su mundo lejos del refinamiento con lo que tiene a la mano; la amada de turno y un sinfín de objetos olvidados en los que se cobija y toma distancia.

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