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La obra de la artista colombiana María Eugenia Trujillo se ha distinguido por su exploración de la memoria íntima, el cuerpo femenino y la transmisión silenciosa de aquello que persiste en las biografías de las mujeres. En su exposición “Me adhiero, persisto, resisto”, la artista despliega un conjunto de piezas que operan como un mapa emotivo y físico, donde la costura, el bordado y el objeto doméstico adquieren un peso simbólico decisivo.

La muestra se articula en torno a una obra central basada en un recuerdo que ha acompañado a Trujillo desde la muerte de su madre, ocurrida hace cincuenta años. En ese lecho final, su madre le dijo: “Siento que suben ramificaciones por las paredes, siento que se llenan de corazones”. Ese testimonio, al mismo tiempo poético y desgarrador, se convirtió en detonante de esta serie.

Lo que en aquel momento era una visión final y privada se transforma aquí en un sistema expandido: ramificaciones, corazones de terciopelo, tejidos y estructuras que se adhieren a muros, muebles y superficies, como si la vida siguiera insistiendo entre espacios cotidianos. Trujillo describe la obra como un homenaje a las mujeres y, especialmente, a las madres: “Habla no solamente de mi mamá, ni de mí, sino de todas las mujeres que habitamos esos espacios”.

Entre las piezas destacan “La ofrenda”, donde un corazón suspendido se expande por el espacio en gesto devocional; “La madre de sus hijos”, conformada por un tambor central y tambores menores que representan a los hijos; y elementos domésticos como cama, vestido y nochero, que completan una atmósfera que la artista llama “cartografías íntimas”. La materialidad —bordado, costura, tejidos y terciopelo— reafirma la dimensión manual e histórica de las labores femeninas, cuestionando su relegación tradicional a espacios privados mientras las eleva a dispositivos de memoria y resistencia.

La exposición abre un tránsito hacia su próximo proyecto, “Auto de fe”, que será presentado en el Museo de Arte Moderno de Cartagena. Allí, María Eugenia profundiza en una dimensión más biográfica en la primera sala, con autorretratos y una cama de 7,20 metros cuyo cubrelecho —titulado “Red de niebla”— borda su autobiografía en croché. Las salas siguientes aumentan el pulso crítico: dechados bordados, delantales, un vestido de novia y prendas infantiles inscriben palabras que enfrentan micro-machismos, silencios sociales y estructuras patriarcales. Finalmente, la tercera sala aborda la Iglesia Católica, con hábitos religiosos —entre ellos el de Sor Juana Inés de la Cruz, “Yo, la peor de todas”, y el de Santa Teresa de Jesús, “Nada te turbe, nada te espante”— junto a cuatro confesionarios que indagan en el “pecado de la solicitación”.

Sin dramatismo ni estridencia, María Eugenia Trujillo construye una poética de la memoria y del cuerpo político de las mujeres.