Del periodo social I

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La expresión de que el arte ha muerto no es más que la manifestación del sentimiento de que los buenos viejos tiempos han acabado. Lo que se valoraba del pasado era la seguridad de que había unas normas, que regulaban la existencia, a las que había que atenerse para garantizar el buen desarrollo de la vida, la personal y la colectiva.

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El código en el arte

Esas normas habían demostrado muchas veces su injusticia, una injusticia que nunca se veía como un defecto estructural de la constitución de la sociedad. Los errores se explicaban como exigencias inadmisibles por parte de los perjudicados porque nunca, ninguna sociedad, ha sido igualitaria y toda organización parte del establecimiento de unas jerarquías que persigue facilitar la existencia procediendo a un  reparto de las labores necesarias para ello, pero que, dada la condición humana, acaba por convertirse en la forma por la que los individuos con mayor poder le detenten solamente para buscar su beneficio.

© Scott London, Burning Man 2014
© Scott London, Burning Man 2014

Este defecto de la constitución social acabó por ser reconocido en un tiempo en el que ya se habían superado los principios que permitían establecer aquella determinada estructura y llegaba el imperio de uno nuevo en el que rige la subjetividad y se rechaza la objetividad. Mientras tanto, nada se podía remediar ya que la mentalidad y la acción de cada tiempo venían determinadas por un principio imperante que era insustituible.

Simbólicamente, se puede entender el destronamiento y decapitación de Luis XVI, en 1793 por la revolución francesa, como un cuestionamiento del poder; la guerra de secesión USA (entre 1861 y 1865), como la búsqueda de la independencia individual; la revolución industrial, gestada en Gran Bretaña, paralela a la política, establecía nuevas condiciones laborales. En el ámbito espiritual, la muerte de Dios, anunciada por Nietzsche, en Alemania, suponía la renuncia a los valores morales ya que, como decía aquel pensador, el hombre religioso prefería creer en la nada antes que no creer en nada. Pero esa era la cuestión.

© Antonella Arismendi, de la serie Akelarre
© Antonella Arismendi, de la serie Akelarre

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Se sorprenden los sabios de la semejanza  existente entre las primeras manifestaciones artísticas de la humanidad en todas partes, sin percatarse de que, antes de aquellas realizaciones, no había “nada” por lo que el hombre, una cosa igual cualquiera que fuera el lugar de su ubicación, acabaría por empezar a realizar las mismas acciones a partir de las evidencias: su existencia, la de otros seres y la de aquel mundo superior del cielo y de las estrellas en el que tenían que residir las fuerzas inexplicables que generaban el mundo visible, pues, sin la existencia de una cierta voluntad independiente y suprema, no podría entenderse la diferencia entre un ser vivo y uno muerto; la noche y el día; el viento y las tormentas; y el frío y el calor…

Sin la existencia de conceptos, no era posible desarrollar una lógica, la cual, por otra parte, nunca podría concebirse sin un conocimiento previo y preciso de los acontecimientos que debiera estudiar. Así, el pensamiento humano era ilógico y mágico o espiritual.

© Tanveer Hassan Rohan, Rakher Upobash
© Tanveer Hassan Rohan, Rakher Upobash

A partir de sus primeras manifestaciones e ideas (que no conceptos), el hombre ya poseía evidencias de dos tipos, naturales y artificiales, para desarrollar nuevas acciones e ideas, razón por la que, con el tiempo, fueron diferenciándose las culturas del planeta.

Y, de la misma forma, se fueron diferenciando las ideas acerca del mundo real, un mundo explicado mediante la religión, en un período de nuestra historia en el que no era posible el recurso a formas absolutamente objetivas, un asunto que  los sabios racionales no han sido capaces de entender debido a su concepto de ser seres superiores con respecto a los hombres religiosos.

05 house of the skyaal
05 house of the skyaal

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A falta de esa supuesta superioridad de la verdad objetiva, nuestros antepasados explicaron la existencia de la única forma en la que podían hacerlo, mediante “ideas”. Estas no solo hablaban de la necesidad de un dios, pues se ocupaban de diversas cuestiones, algunas, muy mundanas; recuérdese, por ejemplo, que, en gran medida, las religiones orientales consistían en la creación de normas sociales; que, en general, todas ellas trataban sobre cuestiones de derecho que, expresadas mediante ideas, conformaban lo que llamamos moral; y que fomentaban un respeto entre los hombres que, nunca alcanzado, no buscaba sino la paz social y la sumisión a la autoridad.

La religión no fue creada a partir de una creencia en un ser sobrenatural, lo que ocurrió fue que la búsqueda de la verdad, con las armas intelectuales de las que disponía el hombre de las cavernas, se realizó comprendiendo que el mundo material poseía una trascendencia. La forma de explicarlo abarca, a lo largo de la historia, desde una fuerza de la naturaleza, como hace el budismo, pasando por una representación de cada una de esas fuerzas mediante una figura, como hacen Grecia y Roma, hasta la concepción antropomórfica de la divinidad, como en el cristianismo. Al final, el hombre racional, negando a Dios, busca explicar el mundo mediante una fuerza mecánica o ahora, cuántica, que resulta de la confusión entre materia y energía.

© Daniel Cascone, Meditation
© Daniel Cascone, Meditation

Resulta sorprendente que el orgulloso hombre objetivo, ese que goza del optimismo científico,  rechace la fe en Dios, alegando que la ciencia no ha podido demostrar su existencia, y que venga a decirnos que los sabios creen en los extraterrestres aun cuando ellos no hayan demostrado su existencia. Esta incoherencia supone un desprestigio de sus consideraciones,  llevándonos a probar la semejanza entre los hombres cualquiera que sea su tiempo y el punto de vista elegido para buscar su verdad. Y, por cierto, y para mayor abundancia de todo esto, digamos que no poder demostrar una cosa no supone haber demostrado la contraria, eso es una falacia impropia de un honesto pensador.

Un paralelismo a esta interpretación expuesta acerca de la concepción histórica de la divinidad le encontramos en el teatro griego. Allí, el dios Dionisos era, inicialmente, intuido; luego, representado; más tarde, razonaba con otro actor; hasta que el teatro, tal y como le habían conocido en sus buenos tiempos los más celebrados dramaturgos, murió de lógico y a falta de su espíritu,  la música. Así que nuestros lógicos acaban con todas las cosas sensibles de la vida y nos devuelven, con sus creencias, a esa nada.

© Darren Holmes, de la serie Deitis to be, Ms. Z Forth On To Destiny

© Darren Holmes, de la serie Deitis to be, Ms. Z Forth On To Destiny

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Del vacío prehistórico del período paleolítico, que se empezó a llenar, y, mediante un paso por el materialismo del neolítico, llegamos a la era racional de la cultura griega, en la que las estructuras sociales, desarrolladas a partir de las creadas tiempo atrás por aquellos a quienes se tiene por ignorantes y hasta por necios –sin comprender que nosotros poseemos su misma naturaleza y capacidad intelectual–,  han experimentado todas las formas concebibles de organización o de control de seres humanos, y que se han ido sucediendo debido a sus imperfecciones, por lo que, hoy en día, ninguna forma de control o de poder religioso, político o lógico nos resulta admisible.

El ser humano, entonces, busca otro punto de vista para dar sentido y orden a su vida, pero no queda ningún otro que el subjetivo.

© Darren Holmes, de la serie Deitis to be, Warmed By My Belief System1
© Darren Holmes, de la serie Deitis to be, Warmed By My Belief System1

Lawrence Kohlberg al estudiar la evolución de la moralidad del ser humano, encuentra, en algunos hombres, al final de su vida, una etapa que confunde con un período espiritual. El sentido de la etapa que alcanza ese hombre maduro es la de defender una conciencia del yo individual, una etapa subjetiva, en la que la afirmación de su yo y de sus intereses nada tienen que ver con la defensa de valores universales. Se trata de un sano egoísmo ‒sano solo para el individuo que evita la imposición externa, pero que establece la propia‒, no fundado, por lo tanto, en valores universales sino en intereses personales. Toda interpretación humana suele ser parcial, luego falsa, es decir, cada hombre elige un punto de vista y niega los valores que defienden otras posturas. De ahí proviene el enfrentamiento entre las personas, pues, cada uno, con una consideración parcial de un caso, se cree en posesión de la verdad absoluta, cuando un justo análisis podría determinar en qué se equivoca, al menos, una de esas posturas.

© Darren Holmes, Reclining on Ikea Carpet While Chrissy Contemplates Superherodom
© Darren Holmes, Reclining on Ikea Carpet While Chrissy Contemplates Superherodom

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Esa subjetividad del hombre actual la vemos en la admiración que ha suscitado la restauración del Ecce Homo de Borja. El hecho supone la elevación del hombre corriente a la altura de los grandes maestros del arte. Si el fin de los valores no le permite al hombre ocupar la silla de San Pedro, la presidencia del Gobierno o un cargo en una institución pública, puede, al menos, identificarse con figuras que supongan un cambio respecto de la condición de los dirigentes anteriores. Aquí ya tenemos al Papa Francisco socavando los valores tradicionales del cristianismo que representa; a los populistas de todos los colores irrumpiendo en política;  y al pueblo concediendo privilegios sin límite a todo aquel que vela por su bienestar.

© Rita Lino, S/T
© Rita Lino, S/T

El defecto de la mencionada restauración artística es muestra inequívoca del pensamiento actual, y el valor cultural que posee es el de ser capaz de expresar el deseo de un tiempo de ser manifestación del hombre corriente, ese que ni es poderoso ni le dejarán serlo, aunque esa sea su aspiración.

La falta de técnica no es impedimento para resultar artístico. La técnica artística era necesaria para expresar el mundo de las ideas mediante una forma. Pero ya hemos visto, desde que Hegel anunció la muerte del arte, que lo que se había tenido por esencia de la pintura  no era ni la belleza, ni la técnica, ni la forma, ni siquiera el principio bueno=bello=verdad, se ha podido mantener. La esencia del arte es, entonces, el contenido, y la forma debe resultar acorde a este, siendo esta una segunda condición esencial de la obra artística.

© karen Jerzyk, Portraits 39
© karen Jerzyk, Portraits 39

Si nuestro hombre reniega de las estructuras, de los principios y de los valores, su arte se manifiesta sin ellos, evidenciando el sentido que le motiva. Esa disolución de la forma clásica ya se había visto de forma innegable con el cubismo. El arte abstracto, hizo otro tanto, pero su sentido resultaba más incomprensible por carecer de toda referencia natural; pero, ya en el siglo XIX, de forma no tan notoria, se había venido anticipando, según pronosticó Hegel, un desarrollo del arte hacia su propia destrucción.

La falta de forma perfecta actual es reflejo de la pérdida de valores. Si, en el mundo social, no hay respeto ni defensa de leyes legales ni morales universales, si solo hay legislación que satisface a las mentes corrientes, en arte, la consecuencia es la negación y renuncia a la técnica. La imagen artística es el reflejo del individuo no ilustrado puesto que la ilustración, como, anteriormente, el poder del césar o del papa, no decían la verdad, o, por lo menos, no nos decían toda la verdad.

Imagen de portada: © karen Jerzyk, Colors. Imágenes con derechos reservados, prohibida su reproducción.

 

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