Cuando Gaudí se enfrentó a su propio alter ego, oponiendo la fuerza de la fe que corría en sus creencias con vertiginosa veracidad, al mundo de la fantasía que crearon sus ideas, hoy proclamadas por el mundo dentro de las grandes obras maestras de la contemporaneidad, no pensó exactamente con ortodoxia.

La altura de mira de Antoni Gaudí lo elevó a la ficción. En tiempos en que lo surreal no estaba permitido como motivo en la tierra, sus ondas surtieron un efecto evocador en las masas. De ellas, rápidamente emanaron colores, vínculos de intuición entre lo empírico y lo que conserva la memoria, aquello que manda a actuar a la episteme.
Por eso para muchos no tiene sentido. Quizá el arquitecto más iluso y desprolijo de todos los tiempos, evadió los pilares rectos, hasta y mientras pudo. Hizo máscaras, olas, miradas en una edificación de balcones, suprimió la literalidad, curvó los cimientos e impuso con vehemente intención la idea por sobre la realidad.
Así, hoy se conserva muy bien su estilo, y más que ello, su estampa. En la Casa Batló, el Parque Güell, la Sagrada Familia y tanto más. Gran parte de su legado está en la ciudad de Barcelona, costa española. Y en su trabajo se extrae con facilidad esa idea, de manera que se emprende un viaje, sin necesidad de volar o subir aun avión.

Pero entonces se sumergió en la utopía, en los personajes, los escenarios que dan vida a una creación más incentivada surrealista y desapegada a los cánones de 1800. Y visitar el Parque Güell es eso, dar un paseo por otro mundo, por un mundo que tiene muy impregnada la marca registrada de Gaudí. Donde los colores se toman su espacio con autoridad y autonomía y las formas se deforman, lo perecible se deshace, lo impensado se camina y los sueños se tocan.
Recomendaciones:
- Visita el Parque Güell
- Casa Batló
- Sagrada Familia
- Fahonadas Barcelona
