Alemania | Escultura | Anke Eilergerhard

En el país de las maravillas

Como una reversión de Lewis Carroll, las obras de esta artista convierten la estética naif del feminismo culinario en un juego conceptual surrealista. Anke revisa la imaginería femenina, para transformarla en un cuento un poco más lejano al de las hadas. Su propuesta desafía el clasicismo romántico, para jugar con una visualidad que mixtura porcelana y silicona en un diálogo de deformidades y texturas.

Adentrarse en las fantasías visuales de Anke significa un permiso a la imaginación crítica, al simbolismo representativo del arte y sus mensajes. Como merengues infinitos y palpables, las esculturas de esta artista amplifican la percepción natural del ojo humano, para brindarle una extensión mayor a la mirada cómoda sobre el universo femenino. Y, aunque la moda actual anti romántica parece nacida en los últimos años, sus primeras obras en esta búsqueda comienzan en los ’90.

Parecen tortas, pero no son. Parecen tiernos montajes, pero tampoco están cerca de serlo. Sin dudas, el trabajo realizado por esta artista alemana, representa una caracterización diferente de la sutileza de lo femenino. Sus esculturas apuntan a dialogar con el estereotipo clásico de la mujer cálida y dulce, para desarmarlo y narrar una nueva historia a través del arte.

La trayectoria de Anke se transforma así en un pequeño dogma, en un aporte social al marketing de lo femenino, a la contemplación de la delicadez desde un lugar más potente y desarrollando nuevas caracterizaciones de la materialidad. Desde el 2004, se encuentra trabajando con silicona, y sus obras pueden tomar varios meses en estar listos, porque como ella misma dice: “La escultura no funciona sin planificarla, al menos no en mi caso. Con los materiales que uso no hay espacio para el ensayo y error”. En gran formato y con un equilibrio desarmado pero con ejes poderosos, sus esculturas forman torres que parecen alfiles en un juego de poder.

Cuando se observan de lejos, las torres parecen duras, extrañas y puntiagudas. Pero al acercarse logran cierta textura esponjosa que tientan a cualquier espectador. Tortas, tortas y más tortas, decorados estrafalarios y exagerados asumen su rol impresionante. Mientras tanto, las instalaciones realizadas con vajilla se cruzan con cuentos infantiles en su narración. Una mezcla entre “La Bella y La Bestia” de Disney y “Alicia en el País de las Maravillas”, aparecen para deslumbrar con su alternancia, su juego de personajes y un relato que no tiene mucho que ver con esas historias.

La porcelana de las tazas se combinan con la tradicional y pomposa decoración de pasteles de cumpleaños, pero sus construcciones se elevan en una ondulante y firme forma. Quien vea sólo tazas apiladas, deberá agudizar y rodear la obra para comprender su totalidad. Rostros y cuerpos se conjugan entre las manijas, las bases y los platos de cada objeto. Como si las tazas se desnudaran, el concepto de la obra atraviesa la materialidad para sacarla hacia en un cuerpo que se puede romper de una caída, pero que manifiesta una seguridad inquebrantable en su recepción directa. Algunas de sus esculturas llevan nombres de mujer, y se hace casi imposible no recordar a las señoras del 1900 tomando té, riéndose a carcajadas, hundidas en los vestidos pomposos de aquella época.

De los cuerpos a la cocina

Los trabajos que Anke realiza fueron expuestos en diversas galerías del mundo. La creatividad de esta artista, que nació en Wuppertal y ahora vive en Berlín, es infinita. No sólo desde la imaginación abocada en sus obras, sino también desde la conceptualización y simbolismo que las atraviesa. Anke quiere comunicar un mensaje más allá de la estética y lo realiza desde el juego absoluto. Ella misma inventó el término kitchenplastics para referirse a las creaciones de sus tortas en silicona y, de esa manera, es como traza una ambivalencia terminológica que desarma los sentidos simples para volver a conectarlos en un nuevo mensaje.

El desarrollo estético por el que pasó la mujer a lo largo de la historia, permitió un análisis de su imagen  y su indumentaria, a tal punto que llegó a revolucionar el juicio sobre los cuerpos. En algunas épocas era bien vista la delgadez extrema, en otras las caderas voluptuosas. Pero en todas existió la moda y el esfuerzo por alcanzar los niveles de belleza que se consideraban en cada momento. Kitchenplastics expresa, de forma casi subliminal, la idea de la plasticidad en la mujer, la asociación inevitable entre el cuerpo y la silicona, entre lo natural y lo artificial y el ambiente más recurrente y estereotipado: la cocina. Desde la terminología hasta la plástica, Anke transforma palabras en guiños y crea una declaración de principios nuevos invitados a tomar el té. La mujer actual de esta artista se ríe de la historia y renace en la sátira para reanudar su camino.

La obra de Anke puede ser confusa si la observamos rápidamente, sin adentrarnos en la profundidad del análisis, pero genera una propuesta innovadora que complace a los espectadores desde una mirada sutil y lúdica. Aun así, se encarga de mover las estructuras uniformes de la pomposidad religiosa del barroco. Sus creaciones simulan una plasticidad a través de la silicona y, entre gotas de dulzura empalagosa, invitan al espectador a desear tocar o saborear la obra como si fuera un verdadero pastel. Y así como juega con una dulce acidez, también modela figuras escabrosas que, en colores no usuales en la vajilla tradicional como el rojo o el negro, impactan de una manera diferente.

Como dos polos intocables, los materiales que utiliza esta artista comportan materialidades opuestas. Pero tanto la silicona como la porcelana, se descubren dialogando a través de una nueva mirada sobre lo femenino, y de reciclar el concepto de belleza para salir a buscar un nuevo desafío estético. Las obras de Anke viajan en diferentes caminos pero llevan una misma esencia. La composición culinaria irregular de sus esculturas, invitan a reinterpretar la observación sobre la delicadeza y el rol del estereotipo social de la cocina. Las tortas y diseños que realiza parecen desorbitantes y emulan el pastel de una boda como representación de aquellos momentos particularmente asignados a la mujer. La asignación sobre qué es lo femenino o qué es lo masculino va mutando de cultura en cultura y a través de los años, pero la información sedimentada en nuestros recuerdos parece inamovible. Es allí donde estas obras cobran sentido y se corren del eje tradicional.

Plástica y estética, cada pieza de las expresiones de Anke Eilergerhard relata un viaje laberíntico, y pasar de una obra a otra es transitar un camino ondulante de novedosas dimensiones y sensaciones. El trabajo de esta artista alemana es, sin lugar a dudas, un nuevo enfoque sobre la materialidad, el tacto, la sensibilidad y el relato histórico que recurre al lugar asignado a la mujer, sobre sus gustos y deseos, sobre sus anhelos y posibilidades. Es una invitación a descontracturar las creencias conservadoras y abrir el juego hacia la flexibilidad sobre los estereotipos.

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