Felipe Alarcón | Sueños de un niño frente a “Guernica”

Imágenes cortesia del artista.

El artista hispano-cubano Felipe Alarcón propone unas pinturas llevadas a cabo con técnica mixta que, a través de unas visiones semi-oníricas, intentan relatar aquella multiplicidad de historias en superposición constante que acaban formando La Historia misma. Una búsqueda de lo universal entonces que, inevitablemente, pasa a través de lo personal y de la denuncia.

«A pesar que tenga el tema que quiero abordar, la forma de representarlo es un proceso libre. Un gran boceto. Mi obra es una crónica de la sociedad donde vivo”

Se podría pensar en dos imágenes ejemplificativas. Dos imágenes diferentes. Casi opuestas. Una se inspira en lo vivido y en lo recordado. En la otra, se le suma lo imaginado. Ambas, no hay duda, ocurrieron en algún momento. Pero lo que más importa es que, tanto en la vida como en la obra del pintor hispano-cubano Felipe Alarcón Echenique, las dos siguen sobreponiéndose simbólicamente pese a la lejanía que hay entre ellas.

La primera muestra un niño abriendo una ventana. Afuera se despliega la bahía de la Habana donde una nave ingresa silenciosa. El niño ha logrado almacenar un buen numero de pinceles y temperas; regalos de un artista naif que también vive por ahí, en la villa marina de Casablanca. Porque, más que la guitarra, le encanta pintar las resplandecientes aguas caribeñas que fluyen impetuosas en sus venas. La ventana la abre por eso. Sin embargo, con tan solo subir hacia el colosal Cristo de mármol blanco que, una mano sobre el corazón, se yergue detrás del barrio, el niño deja correr libre su imaginación mucho más allá de aquel horizonte.

“El niño que aún soy y que pretendía desde mi pequeño barrio contar sus experiencias y vivencias…”

La sala del Museo Reina Sofía de Madrid, donde cuelga Guernica, es enorme. Blanca las paredes y blanca la bóveda. Blanco el suelo de mármol. La segunda imagen pertenece a un hombre que ha caminado por aquel lugar ya varias veces desde cuando, hace años, llegó a la capital española apretando en la mano una carpeta con un centenar de dibujos y miles de sueños. A pesar de eso, el hombre sigue deteniéndose frente a la gran obra de Picasso aunque, tal vez, acuda ahí con el único intento de parársele delante. ¿Estará solo, ahora? ¿O, en cambio, el museo desbordará de visitantes? Está. Frente al manifiesto y no pronunciado grito de denuncia de la masacre: “¡Ustedes lo hicieron!” parece abroncar Guernica. Y con tan solo percatar el mensaje, la imaginación del hombre vuelve a rebosarse mucho más allá de aquel horizonte.

© Felipe Alarcón
© Felipe Alarcón

“A pesar que tenga el tema que quiero abordar, la forma de representarlo es un proceso libre. Un gran boceto. Mi obra es una crónica de la sociedad donde vivo”

Entonces, para Felipe Alarcón, aquel horizonte se ha ido configurando a lo largo de su trayectoria creativa como una peculiar frontera “histórica” que el artista tiene la obligación de franquear: pues su misión es alcanzar, a partir de la propia y personal experiencia (de cubano, de emigrante, de niño, de amigo, de estudiante, de artista) algún relato que, en su carácter de “universalidad”, pertenezca a todo ser humano. Haya este ocurrido ayer, esté aconteciendo hoy o llegue a pasar mañana. Y es que, a menudo, dar este complicado paso en vilo entre una realidad atemporal y una imaginación onírica, significa lidiar estrictamente con la denuncia de lo injusto que se presencia. Y, de reflejo, con el dramatismo que esto conlleva.

“¿Quién soy? y ¿de dónde vengo? – se pregunta Felipe -Trato de ser yo mismo, reflejar mis sentimientos y los de lo más, sin perder mis raíces. Ser el mismo niño que soñaba en aquel barrio con llegar lejos, no conformarse y seguir luchando. Así –continua- mi alma cubana siempre me acompaña y desde Europa, comprometiéndome como artista denunciando lo injusto y lo cruel de las sociedades y del ser humano, me empeño en buscar lo universal. Que es lo que hace que un artista transmita algo. Sea de donde sea”.

© Felipe Alarcón
© Felipe Alarcón

Así, en los trabajos de Felipe Alarcón –se trate de las primeras series como Poesía en Tinta (cuando aún en Cuba se “refugiaba en reflexiones poéticas para evadir la realidad”) o de las más recientes y monotemáticas Crónica del Terror, Fábulas Milenarias o Crónicas en Blanco y Negro, entre otras– el común denominador siempre es ese, al parecer, inagotable enredo de imágenes, símbolos, historias, momentos, lugares, instantes, personas. Los cuerpos y los rostros de “los explotados, de los débiles, de los deformados, de los desamparados, de los emigrantes, de los que no tienen tierra y transportan la carga de la historia”. En fin, se podría afirmar que el eje creativo en las telas de Felipe Alarcón es un aglomerado –ahora cubista, ahora, surrealista, ahora naif– de vidas en superposición temporal, geográfica y emocional. Vidas, al fin y al cabo, ocupadas principalmente en el acto de vivir. Absortas, mejor dicho, en un tanto difícil como inevitable enfrentamiento a la vida misma.

“En mi obra –afirma el pintor– me interesa plasmar los acontecimientos que se suceden en un mismo instante. En este instante suceden muchos hechos, nace un niño, muere otro, desborda un rio, cae la noche… y para lograr este efecto, creo una superposición de formas que se entrelazan en laberintos que se muestran en un plano bidimensional. Son pequeños micro-mundos que conviven entre sí, más allá de un horizonte de un espacio limitado, que –concluye– fluye una y otra vez y que establece un diálogo con el espectador.”

Es interesante, por último, subrayar cómo Felipe Alarcón elije esta extraña palabra, “micro-mundo”, a la hora de definir su producción actual; al igual que la ocupa cuando recuerda el barrio de Casablanca donde se crió. Pues aquel lugar que admiraba desde una ventana hacia la bahía, que fue su primer sujeto pictórico, y que ha llevado en los ojos y en la memoria hasta el día de hoy –para volcarlo directa, simbólica o emocionalmente en sus pinturas– parece entonces simbolizar la primera “experiencia” propia y personal dentro de la cual, sin embargo, ya estaba intrínseco el poderoso valor de la universalidad. Una superposición de experiencias pasadas, presentes y porvenir. Las suyas y las de los demás.

Un niño acostado debajo de un colosal Cristo marmóreo y caribeño soñando con pararse frente a Guernica.

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