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La creadora chilena, reconocida por su obra pionera realizada con alfileres y pañolenci, revisita el sentido de Family Life casi veinte años después. Desde la vigencia de sus preguntas sobre lo doméstico hasta los desafíos estructurales del arte en Chile, la artista analiza el impacto del Premio PAM, el lugar de las mujeres creadoras y las nuevas rutas que abre este reconocimiento inesperado.

El Premio PAM 2025 busca visibilizar el aporte de las mujeres en las artes visuales chilenas ¿Qué significa recibir este reconocimiento en este momento de tu carrera y qué lectura hace del lugar de las artistas mujeres hoy en el campo del arte contemporáneo?
Recibir el Premio PAM 2025 tiene para mí un significado muy profundo. Me emociona especialmente que este reconocimiento vuelva a poner en circulación Family Life, una obra que realicé en 2007 y que, pese a su carácter efímero, ha seguido generando nuevas lecturas. En su momento fue una metáfora de la fragilidad existencial y afectiva; hoy, quizás, dialogue con la precariedad habitacional y con la dificultad que tienen tantas personas para acceder a una vivienda digna en Chile. Que una obra tan íntima siga siendo pertinente en distintos contextos sociales me confirma que las preguntas que la originaron mantienen vigencia o incluso se amplían.

Este premio también me ha invitado a pensar mi trayectoria en perspectiva. Desde los años 80 he sostenido una práctica constante que ha sido reconocida en diversas ocasiones —como el Premio Nacional de Grabado del Salón Sur en 1994 o encargos públicos como el mural para el edificio de la nueva Reforma Procesal Penal en Angol en 2002—. Este reconocimiento no solo celebra una obra, sino que también es un reencuentro con mi archivo, mis investigaciones y con el sentido que ha tenido mi trabajo.

En cuanto al lugar de las mujeres en el arte contemporáneo, valoro profundamente que existan premios que busquen visibilizar nuestros aportes. Artistas como Paz Errázuriz o Cecilia Vicuña han alcanzado una visibilidad que abre caminos y genera referentes fundamentales. Sin embargo, mi aspiración es que llegue un momento en que el reconocimiento sea pleno y equitativo, porque lo que debiera posicionarnos es nuestra obra. También veo que la inequidad no afecta solo a las mujeres, sino al ecosistema artístico en general, porque los jóvenes que buscan hacer arte en Chile se enfrentan a un campo laboral muy distinto al de otras profesiones: nadie los espera con un contrato, un ingreso asegurado o un espacio donde insertarse. Faltan instancias concursables, plataformas de visibilidad y una verdadera vinculación con el medio que permita que ellos y ellas desarrollen sus propuestas sin quedar a la deriva. Ese es un desafío estructural que todavía tenemos pendiente como país.

“Que una obra tan íntima siga siendo pertinente en distintos contextos sociales me confirma que las preguntas que la originaron mantienen vigencia o incluso se amplían.”

Este galardón destaca tanto la trayectoria como la innovación. En su caso, Family Life fue considerada una obra pionera por su técnica y su contenido simbólico ¿Qué aspectos cree que fueron decisivos para que el jurado reconociera su trabajo con este premio?
Creo que un aspecto importante para que Family Life fuera reconocida por el jurado tiene que ver con su materialidad y con la forma en que esa materialidad se convierte en lenguaje. La obra nació a partir de pequeñas piezas realizadas con alfileres de cabeza nacarada sobre pañolenci negro. Esas primeras exploraciones las desarrollé para la exposición Piel, realizada en 2006 en el MAC de Valdivia junto a artistas canadienses y chilenos. Allí trabajé por primera vez estos interiores domésticos, entonces en formatos pequeños, con una técnica que remitía al dibujo —por el uso de la línea y la secuencia de puntos— y al grabado, por la repetición y presión sobre la superficie.

Cuando surgió la posibilidad de presentar un proyecto de estas características en el Museo Nacional de Bellas Artes, comprendí que el trabajo debía expandirse. Llevé estos interiores al formato casi escala 1:1, construyendo espacios completos con perspectiva, color y dibujo, siempre utilizando alfileres que compraba en el Barrio Rosas, un espacio muy ligado al universo de la costura popular chilena. Fue una elección intencionada, donde buscaba resignificar esas materialidades históricamente asociadas a labores “asignadas” a la mujer. Era, en cierto modo, un caballo de Troya: desde las propias materialidades domésticas, planteaba una reflexión sobre la fragilidad afectiva, la vida cotidiana y la estructura simbólica del hogar.

El montaje en sala fue determinante. No tuve la visión completa de la obra hasta instalarla. La iluminación dirigida desde el piso hacía brillar los alfileres como si fueran luces LED, transformando el espacio y generando una experiencia inmersiva. Family Life era una obra para ser habitada emocionalmente. Muchas personas se sintieron identificadas con esas cocinas, livings o baños construidos con puntos iluminados. Es importante mencionar que esta técnica —construir espacios completos mediante alfileres sobre pañolenci— no tenía precedentes en Chile. Después de Family Life continué trabajando en este lenguaje, pero en ese momento no tuvo una circulación demasiado amplia, de modo que este premio también reconoce una línea de investigación que quedó parcialmente fuera del circuito. La obra se presentó posteriormente (en 2008) en el Palacio Carrasco de Viña del Mar y en el Museo de Arte Moderno de Rosario (Argentina), pero por su carácter desmontable las versiones que presenté allí eran necesariamente distintas a la instalación original.
Creo que Family Life fue distinguida porque logró combinar una técnica no convencional, una escala inmersiva, un simbolismo que valora lo cotidiano y una puesta en escena diseñada para generar una respuesta emocional. Su mérito no radica necesariamente en el artificio, sino en cómo esos sencillos “puntos de luz” activan memoria, afecto y reflexión en quienes la recorren.

La obra ganadora propone una reflexión sobre lo doméstico, la fragilidad y lo efímero ¿Cree que estos temas dialogan con la experiencia femenina en el arte o con una sensibilidad particular desde la perspectiva de género?
Aunque Family Life se ha leído muchas veces desde lo femenino, para mí siempre fue fundamental que su centro estuviera en la vida humana, no solamente en la vida “de las mujeres”. No por casualidad la obra se llama Family Life y no Woman Life. Yo quería hablar de lo doméstico, de la fragilidad y de la vulnerabilidad afectiva y material como experiencias compartidas, no exclusivamente como atributos asignados por género. Es cierto que he trabajado con materiales históricamente etiquetados como “femeninos”: alfileres, pañolenci, costura. Pero esa elección fue deliberadamente crítica. En ese momento —con una sociedad mucho menos deconstruida que hoy— esos objetos cargaban un significado restrictivo. Mi intención era tensionar esa etiqueta, ponerla en cuestión. Por eso me interesaba apropiarme de esas materialidades no para reafirmar su condición “femenina”, sino para mostrar el carácter socialmente construido de esas categorías. Trabajé con esos elementos como un gesto de visibilización y de crítica; es decir, ¿por qué ciertas labores, emociones o estéticas han quedado confinadas a una identidad de género?

Con el tiempo, la obra ha revelado su vocación más amplia: universalizar aquello que en su momento estaba culturalmente fijado. Hoy vemos a hombres que tejen, cosen, bordan o diseñan, y a mujeres que abandonan la antigua obligatoriedad de esas tareas. Las fronteras se han movido, y eso confirma que Family Life ya estaba intentando abrir una conversación sobre cómo se distribuyen, simbolizan y limitan sensibilidades y oficios en función del género. Para mí, el desafío de la obra es justamente tomar lo que culturalmente fue nombrado como “femenino” y convertirlo en un territorio común. Porque las emociones, los cuidados, la memoria íntima, la fragilidad del hogar y la creatividad manual pertenecen a todas las personas. La aspiración —y espero que algún día sea una realidad plena— es que estos temas y oficios no necesiten explicarse desde la diferencia de género: que puedan ser, simplemente, parte de la vida humana.

“Mi intención nunca fue reafirmar lo ‘femenino’, sino mostrar que esas categorías son construcciones culturales que podemos tensionar y transformar.”

¿Cómo percibe el impacto del Premio PAM dentro del ecosistema del arte chileno? ¿Cree que este tipo de reconocimientos contribuyen a generar un relato más equitativo sobre las mujeres creadoras?

El Premio PAM es valioso porque visibiliza trayectorias y obras de mentes y manos femeninas. En ese sentido, creo que este reconocimiento tiene un impacto social y simbólico importante dentro del ecosistema artístico: ayuda a instalar un relato más amplio y equitativo sobre quiénes construyen nuestra historia del arte.

Sin embargo, también pienso que este tipo de premios debe entenderse como un primer paso, no como un punto de llegada, porque el problema de fondo es sistémico. En Chile faltan mecanismos estables para que los artistas —hombres y mujeres— puedan desarrollarse una vez que egresan de la universidad. No existen suficientes becas de inserción, residencias, espacios municipales o programas que acompañen ese tránsito inicial. Una persona que se forma profesionalmente en arte no encuentra, a diferencia de otras áreas, un campo laboral preparado para recibirla.

Lo mismo ocurre con la circulación de la obra. Hubo un tiempo en que bancos, empresas y coleccionistas privados adquirían arte chileno con continuidad; hoy ese ecosistema está debilitado. Las galerías abren y cierran con frecuencia, las colecciones públicas crecen muy poco y la vinculación entre artistas y audiencias es todavía frágil. En ese contexto, un premio como el PAM es significativo, pero no puede cargar sobre sí todo el peso de un sistema que necesita fortalecerse desde la base. Si este premio ayuda a abrir esa conversación y a generar mayor sensibilidad pública respecto del rol de las creadoras, entonces ya cumple una función valiosa. Pero el desafío es más amplio: construir un espacio donde el trabajo artístico —de mujeres y de hombres— pueda desarrollarse con dignidad, continuidad y verdadero impacto cultural.

Tras recibir el Premio PAM y ver revalorada Family Life casi dos décadas después de su creación, ¿cómo se proyecta hacia el futuro? ¿Hay nuevos proyectos o líneas de investigación que le gustaría explorar a partir de esta experiencia?
La verdad es que este premio me encontró trabajando. He seguido participando en diversas exposiciones y hoy estoy concentrada en una investigación sobre color y xilografía. Es un proceso que me tiene muy involucrada y que abre caminos que aún no sé dónde me llevarán. Lo que sí sé es que mi práctica es continua, porque creo que, para un artista, el estudio es cotidiano, silencioso y persistente. Los premios y reconocimientos son valiosos y muy estimulantes —por supuesto—, pero son la punta de un iceberg del esfuerzo y la vida que hay detrás. A veces una espera que el reconocimiento llegue por un lado y aparece, sorpresivamente, por otro.

En ese sentido, este premio ha sido muy inesperado. Family Life fue una obra intensa, pero efímera: se desmontó, dejó huellas materiales y simbólicas, y por mucho tiempo pensé que su impacto había sido pasajero. Intenté desarrollar otras obras con alfileres después, incluso llegué a enmarcarlas en acrílicos, pero no tuvieron circulación en galerías y nunca se vendieron; terminaron viviendo conmigo, en mi taller, como parte de mi propia historia material. Por eso este reconocimiento, casi dos décadas después, ha sido una sorpresa hermosa. Me hace comprender que las obras tienen vidas propias, que no siempre se ajustan a los tiempos del mercado ni a las expectativas personales. A veces, una obra vuelve porque encuentra su momento, porque el contexto cambia o porque las preguntas que planteó se vuelven necesarias otra vez.

Hacia el futuro, mi proyección es seguir trabajando: seguir investigando, seguir produciendo, seguir buscando formas nuevas de expresar ideas. El premio no marca un cierre, sino una continuidad; la confirmación de que el oficio del arte es largo, silencioso y, a veces, impredecible, pero profundamente vital.