La dimensión Björk en la Usina del Arte de Buenos Aires

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Por Consuelo Arévalo

 

Bjork Digital Buenos Aires es la muestra inmersiva de realidad virtual más grande actualmente expuesta en el mundo, anuncia la guía en el espacio introductorio de la exposición que hasta el 30 de diciembre se presenta en la Usina del Arte en el barrio de La Boca.

Desde la producción sonora de los álbumes de la artista islandesa hasta su manifestación en otros lenguajes artísticos, hay un recorrido plagado de sentidos. Sentidos en términos conceptuales, que se remarcan durante el trayecto intuitivo por este laberinto experimental y sentidos en términos literales, que son estimulados hasta el límite en una muestra llena de interruptores sensoriales y de reacciones orquestadas, donde si bien no hay imágenes en muros, a ratos domina la contemplación.

Björk Digital repasa los rincones del disco Vulnicura (2015). Se trata de una exposición de imágenes digitales y realidad aumentada en la que el discurso se agota en el despliegue efectista de la forma, pero donde la experiencia de espectador comparte roles con la experiencia de usuario porque eminentemente hay que tocar -o tratar de tocar-, forzar, abrir, descoser, entrar y salir, avanzar y bucear en la tercera dimensión.

Pese a que lo magnético de la forma presentada en visores de realidad virtual propone una suerte de catarsis al grupo de doce usuarios que participa de cada recorrido, la experiencia no es colectiva por el hecho de ser simultánea. Al contrario, es estrictamente íntima hasta el hermetismo absoluto en la carpa digital de un “circo privado” como la misma Björk presenta la muestra.

La primera fase de la exposición que llega a Buenos Aires tras presentarse en Tokio, Sidney, Londres y Barcelona, consiste en una presentación de Biophillia app, recurso educativo desarrollado a partir del disco homónimo de la artista (2011) que explora la música, la tecnología y la naturaleza como herramienta pedagógica en la educación escolar escandinava. El uso de la aplicación en las limitadas condiciones de funcionamiento de una tablet es uno de los momentos más interactivos de la muestra.

El trayecto continúa entonces con el paso sucesivo de una sala a otra donde se repite el patrón de observación: un espacio con doce sillas sobre las que esperan packs de audífonos más lentes de realidad virtual. Los usuarios se ubican, se colocan el equipo y comienza la experiencia en tercera dimensión. Este proceso más bien contemplativo opera como una nueva posibilidad de observar los videos de Black Lake y Stonemilker en salas específicas para cada contenido, sin embargo no supera precisamente eso; un nuevo formato para percibir material audiovisual. A estas dos experiencias se suma Mouthmantra, en la que el objeto de contemplación 3D es el aparato fonador de la artista.

Ya en la penúltima etapa del trayecto, la interacción vuelve a tomar parte en un espacio dividido en pequeñas celdas negras donde el usuario, esta vez solo y de pie, interviene la representación digital con su propio movimiento, que desprende hilos luminosos y otros materiales virtuales para escurrirse por el universo björkiano.

Tras casi una hora de escenas cifradas en código binario, la muestra cierra con la proyección de videos musicales remasterizados en calidad cinematográfica. Un final insípido que no plantea ni la imagen como material instalativo ni el espacio como elemento compositivo, y que definitivamente no detona más que un aviso de retorno a la versión cotidiana de las cosas después de un intenso pasaje por una muestra literalmente mareadora, estridente, conmovedora y frágil al mismo tiempo.

 

Imágenes: Carolina Gazzaneo, Pablo Cornejo y Consuelo Arévalo

 

 

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