Lo que esconde la belleza/La otra cara de la piel

“La blanda aceptación de la fatalidad que exigía cerrar los ojos

y sentir el cuerpo como una ofrenda”

(Julio Cortázar).

 

En el marco de la exposición “Colección Al Límite, Sin Límites”, con más de 100 obras de 60 artistas extranjeros y chilenos se presenta entre el 10 al 30 de septiembre del 2017, por primera vez en Chile, en La Galería de Arte Posada del Corregidor de Santiago la obra del boliviano Sol Mateo junto a la artista alemana Heide Hatry, entablando un diálogo en torno al cuerpo como un eterno continente inexplorado en la muestra Lo que oculta la belleza. Desacralizando por una parte la condición inmaculada que éste ostenta, pero además cambiando el explícito ocultamiento, por un ferviente objeto de deseo que desgarra la línea de demarcación que lo circunda.

Así como el voyeur comparece ante el cuerpo que lo inculpa, ambos artistas asumen el riesgo. Arrebatándole el espacio al morbo y transfigurando el estigma fatídico en un proyecto creativo llevado hasta el límite de la ofrenda. Ritualidad que trae aparejado el sacrificio, la inmolación y un punzante designio que estremece la fibra sensible del espectador, quien no puede salir indemne. Un sino compartido en la medida que se exponen a la lapidación, pero también a la seducción que todo cuerpo trae consigo, como un irrefrenable objeto de culto y deseo.

Confrontación en la que Sol Mateo hace trizas los prejuicios y ataduras, como afirma Cecilia Bayá Botti – “Sus personajes conspiran cargados de sensualidad, pasión y erotismo”. No obstante, da cuenta de la perversión que atraviesa la humanidad con una obra colmada de evocaciones y cuestionamientos a esa moral, inculcada durante siglos por esta sociedad falaz y que el artista no trepida en desnudar – “He optado más bien por un refinamiento sutil para hurgar y horadar las conciencias. Se detona así el morbo atávico que cada uno lleva camuflado bajo el traje de la buena educación”.

Ropaje que ciertamente es el eslabón que empalma con el temple de Heide Hatry, una controversial artista que utiliza piel, genitales de animales (cerdos, patos y crustáceos), y otras partes que nadie quiere y deshecha como garras, lenguas, orejas, esófagos, párpados y ojos para crear la serie Not a rose, con fotografías que semejan primorosas flores implantadas en un apacible paisaje natural.

Aunque para Heide la piel no es simplemente un recurso técnico. Como ella dice – “La piel es el material más sensual que alguien pueda imaginar. Perfecto para visualizar todo lo relativo a sexo, violencia, placer, dolor y muerte”. Un hecho muy arraigado en ambos autores, pero especialmente en ella, ya que de niña no sólo vivió al lado de granjas que también funcionaban como mataderos, y al sufrir en carne propia su dolor y desesperación, entendió que en ese tortuoso pasado encontraría una inespera posibilidad estética al descubrir que la piel del cerdo es tan parecida a la humana, que al incorporarla a su obra, pareció estar viva, aun estando muerta y como ella señala – “Al verla, quedé absolutamente fascinada y sentí que había realizado un acto casi divino”. Lo trascendente fue, dejar que la piel al separarse del cuerpo que la contiene, alcanzara una independencia tal, que le dio la libertad necesaria para corporizarse en una forma que difiere de su origen, proyectando esta nueva naturaleza. Ejercicio regenerativo recurrente en la obra de Hatry, dado que en la exposición Icons in Ash: Cremation Portaits (2016 – 2017) en Galería Ubu de Nueva York, presentó 24 retratos creados en base a las cenizas de los propios difuntos. Cambiando esa categoría de punto final, por muchos puntos suspensivos donde cada cual proponga.

Por eso, tomando lo dicho por Sol Mateo – “No se trata de complacer, el asunto no está en la obra misma, sino en cómo se mira”. Un prisma donde el artista decide crear una propuesta iconográfica que arremete contra esa visión que históricamente ha violentado el cuerpo femenino marcado por concepciones erróneas asociadas al aureolado candor virginal o por defecto a una desbocada procacidad, confiriendo a la mujer un permanente rol de ofrenda. Desventura de la cual Sol Mateo toma conocimiento para hacer con la desnudez un planteamiento que no toma resguardos, sino muy por el contrario, usa la afrenta como una creativa proclama contra ese pensamiento decimonónico enraizado en Latinoamérica.

Por lo mismo, Lo que oculta la belleza, indica además que las fuentes de las cuales se nutre son tan diversas, que el sólo hecho de entrar en contacto con la piel, plantea todo un flajelo, teniendo como escenario traumáticas referencias y fragmentos que se funden lejos de ese ideario donde el cuerpo es algo impoluto y confinado a una exclusiva forma y condición. Dogma que Heide Hatry, transgrede por el simple hecho de utilizarlo como un extraordinario sustrato que resucita la idea de lo eterno. Reconstrucción a la que también se suma Sol Mateo al romper el estereotipo del cuerpo como santuario y la consiguiente anulación del mismo, creando un juego de significados donde convergen, desde la evangelización al colonialismo, desde controversiales episodios políticos a memorables cuentos infantiles o meros pretextos temáticos, los cuales interviene para crear una serie fotográfica que como asevera Cecilia Bayá Botti – “trascienden la carga histórica”. Enfatizando su conexión con un pasado remoto, si pensamos en la historia del arte, y cercano cuando lo vemos sumergirse en ese banco de imágenes afincadas en su inconsciente como en Jean D’arc, Pater Noster, Las viudas de Mayo o en Belladurmiente, (2017), sólo por citar algunas instancias escenográficas con las que desenmascara a una sociedad ambigua y alimentada siempre de hipocresías históricas.

Por último, si bien ambos giran al unísono en torno al cuerpo, lo que realmente los hermana es su osadía, entendida como un elemento omnímodo que engrifa la epidermis moral, cultural y política develando su cara más oculta.

 

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