Habitante de un mundo que desaparece

Desde el mítico Cerro Cárcel, Gonzalo Ilabaca eleva su volantín multicolor en una retrospectiva que parte en 1997 hasta El último día del año, muestra que se exhibe la sala de artes visuales del Parque Cultural de Valparaíso.

Por más célebres o desconocidos que seamos El último día del año es un derrotero que a nadie deja indiferente, menos a Gonzalo Ilabaca (1959), quien año a año hace un autorretrato como muestra fehaciente de lo expresado por Martin Kippenberger: “Esta vida no puede servir de excusa para la próxima”.

Ilabaca 1

Polizonte en un interminable viaje, mira de cerca lo que otros ni siquiera ven. No prescinde de nada: ciudades, calles, mujeres y sus bares. Seres que comparecen a diario, no como culpables, sino como víctimas de vivir sus abandonos. Realidades que el artista recrea siendo testigo y hechor de los mundos que experimenta, apropiándose y desdramatizando su entorno. Gonzalo se presenta como un gozador irrenunciable que rehúye del melodrama, ejercicio inconsciente y lastimero tan propio de lugares donde abundan los ensombrecimientos dolorosos y que, en Ilabaca, es un aliciente más para encender el color, causa basal de un trabajo de gran afinidad con una carga expresionista de innegable fuerza y en cuyo carácter gestual pone a prueba la veracidad de diversas realidades.

Valparaíso, La India, Indonesia, Centroamérica o sencillamente parado en el borde de sí mismo: “Desde el año 1992 en adelante, todos los 31 de diciembre hago un autorretrato. No se trata de un acto introspectivo, sino más una celebración por vivir un año más de la pintura. Son 24 autorretratos, cada uno de ellos, rodeados de pinturas de todos estos años”, señalaba el artista.

Ahí surgen los parias, los desterrados, los proscritos y anónimos integrantes de un puerto que sobrevive en la ilusión. Un resquicio que Gonzalo aprovecha con pasmosa lucidez al universalizar la cotidianeidad desde el mítico Roland Bar o el Louisiana, donde prostitutas y tripulantes son habitué de Pinturas del Valparaíso nunca fundado (2008 -2010) o quizás De las cantinas de Real 14 a las flores del lago Atitlán (México y Guatemala 2000), como en las Luces de alcohol, o el Sr. Costillas Bar, donde Ilabaca se introduce a perderse, y como describe con sus propias palabras: “La caja de pintura genera confianza. Gracias a ella pude adentrarme a todos los lugares que me llamaban la atención”.

En esa misma dirección se presentan Los Militantes de la Belleza (2007), que según describe, son “enormes ejércitos invisibles en contra de un mundo grosero y hostil aun más numeroso”. Quienes en un acto involuntario deambulan desprovistos de todo plan. Sin quererlo son parte del paisaje, haciéndose notar con la ingravidez de seres casi espectrales como en El retorno de un ángel (2004 – 2005), que nos hace deliberar en torna a esta copia feliz del Edén, donde a diario te expulsan de un sueño por el simple hecho de ser los amantes que quieren amarse desde Calcuta a Darjeeling, de Bali a Candy Lips, De la India a Indonesia (1998), “ellas son las preciosas esculturas vivientes del museo de la India ¿tienen hambre? no lo sé. Sólo sé que representan una danza en un dintel invisible. Sus caderas son el símbolo del infinito y quienes se adhieran a ellas vivirán eternamente”, señala el artista.

Ilabaca 3

Lo etéreo e inalcanzable se une a la sensualidad de La espléndida apátrida y el camino hacia la flor inexistente (2002 -2004) en cuyos pétalos se percibe la fragancia de un erotismo sustentado en una aparente quietud de mujeres tan desdichadas como inocentes, cándidas, pero ausentes. Imperturbable razón para que Gonzalo decida cubrirlas con un dejo de melancolía. En este escenario es bastante más cauto en cuanto a color, pero que a su vez le otorga una apacible nostalgia, tan necesaria como esa chica de espaldas que desde el cuadro confiesa: “Un día conocí un pintor que se enamoró de mí, pero yo no podía hacer nada”, y que da cuenta de esa imposibilidad donde el amor tantas veces pone sus trampas.

En la otra vereda encontrarnos El rastro de tu rostro (2011) que de algún modo es parte de la genuina introspección expresada en esos rostros acuciantes que te increpan clamando por algo o ex profeso abriendo interrogantes: “En algún lugar adentro nuestro hay músicas, frases, personajes que necesitan un estímulo para salir. ¿Quiénes son estos rostros, de dónde vienen, cuándo entraron?”.

Ya sea desde dentro de sí mismo o deambulando, este perdido tripulante viene a hacernos palpable un mundo que se cimbra como si hiciese slackline sobre un despeñadero insondable, pero que aun así, sabe sorprendernos gratamente, porque como dijo Rodrigo Lira: “No corra: poesía hay en todas partes”, y eso es precisamente lo que logra Gonzalo Ilabaca, cuando nos lleva a La pieza de los Amantes (1987), un lugar donde la dimensionalidad del espacio (una obra de cuatro caras confrontadas, tal cual un espejo) permite que el espectador se sienta partícipe de la intimidad de estos amantes que jamás se enteran que estuviste allí.

Lo interesante en Ilabaca es que por sobre la temática siempre vuelve a lo coloquial, haciendo de la brusquedad de la vida un lenguaje de pujante color que interpela sin miramientos desde el cuadro. No obstante, sabe hacer pausas como en La otra ofrenda o en Mi nombre es Nostalgia y vengo de la Nostalgia, tal como cuando posa su pincel en los alicaídos, apátridas y condenados que al alero de un trago o sumidos en la calidez de un abrazo se sienten recompensados.

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