Hugo Ángel | El oscuro esplendor de una secreta asociación

Vez que oímos el término Asociación Ilícita inmediatamente, pensamos en crimen organizado o algo que está fuera de la ley, una concepción muy distinta al proyecto editorial acerca de la identidad, la diversidad y el poder propuesto por el fotógrafo Hugo Ángel (Chile, 1971), en el libro homónimo que comenzó a incubarse a partir del 2020, coincidiendo con el inicio del covid, casi como un acto de expiación, que luego culminó en una publicación bajo el sello de Fluq ediciones, cuyo libro fue lanzado inicialmente en la Perrera Arte y ahora recientemente en la Biblioteca pública de Castro (Chiloé, 2022), lugar en el cual reconoce una proscrita alianza entre él y quienes la categorización social y el estereotipo caratula como marginales.

Quienes hacen que el entrecejo de la sociedad se frunza, al punto de generar una resistencia que a medida que el proyecto de libro avanzaba, en medio de la pandemia y de los consabidos permisos sanitarios, se fue convirtiendo en un aprender a verse, lo que propició un intenso diálogo entre el lente y el sujeto observado, estableciendo una “secreta asociación”, fundada en la legitimidad, porque como afirmara Pedro Lemebel: “No necesito disfraz/ aquí está mi cara/ hablo por mí diferencia”.

Un desacato al orden establecido que acrecienta el valor de esta apuesta no exenta de tensión, ya que la sociedad nos enseña a poner barreras.

Diferencia que trae consigo un dejo de aversión donde predomina la desconfianza y quizás, en un principio, cierta incomodidad, pero que en esta alianza se sustenta en base al respeto por ese otro excluido por su color de piel, nacionalidad, condición social o sexual diferentes. Un desacato al orden establecido que acrecienta el valor de esta apuesta no exenta de tensión, ya que la sociedad nos enseña a poner barreras. Un deslinde entre lo que vemos y lo que es, pero que en esta transitoria convivencia acaba siendo un desafiar el resquemor existente, dado que el autor se hace cargo de lo controversial al exhibir a través de 40 retratos análogos, un film B&W medio formato y 35 mm. Y una serie de collages pre-fotográficos, desarrollados por él, para evidenciar los quiebres de una sociedad exitista, que desconoce y no acepta a estos paupérrimos personajes que deambulan como una muestra fehaciente de la discriminación y de lo maloliente que puede ser un sistema montado para ignorarlos y establecer la verdadera asociación ilícita entre quienes ostentan el poder y quienes profitan de él, a costa de invisibilizarlos.


A mi entender, ese es el mayor mérito de Hugo Ángel, que si bien sabe que este no es un tema de sobremesa, asume lo que significa sacar de su escenario a cada retratado, so pena de perder la espontaneidad. Sin embargo, estoy claro que La Perrera Arte con su singular atmósfera les otorga un dramático encuadre que analógicamente los envuelve de un halo que, a la luz de ese oscuro esplendor, deja de parecer maqueteado y se ve verosímil, cuando alcanza esa etérea luminosidad, la que se fortalece al hacer un mapeo referencial del proyecto, descubrimos que no sólo toca la mortificación, sino que además hace constantes guiños al arte universal, con alusiones a Picasso, Lucian Freud, Graciela Iturbide, Odd Nerdrum, entre otros. Un entrecruce que termina siendo un acierto que lo aleja de esa urgente necesidad de hacerlos posar o de hacerlos pasar por sucedáneos. Algo tan propio de esta época cada vez más acicalada de eufemismos. Además, que no están ni ahí con que los llamen personas en situación de calle, trabajadoras sexuales, o seres disfuncionales, como parte de una terminología aceptada por la prensa, líneas editoriales o la estadística, porque ellos sufren en carne propia los prejuicios, la marginalidad e incluso lo que es sentirse parte de la insignificancia.

Hecho muy revelador, ya que no me deja de hacer ruido, es el que cualquiera de nosotros pueda terminar viviendo así. Una muestra de ello es que el 19 de enero del 2022, el aclamado fotógrafo suizo René Robert falleció de hipotermia al caer en una calle de París, sin que nadie pese al frío lo auxiliara. Algo similar a lo ocurrido con el célebre arquitecto Antoni Gaudí, al ser confundido con un indigente, tras ser atropellado por un tranvía en 1928. Un gesto inmisericorde, más que recurrente en estos días colmados de irreconciliable decidía. Por lo mismo, celebro esta asociación, incluso, más allá del natural rédito, que otorga el dolor. Pues, es imposible negar que ese es un eje inescrupulosamente tentador, del cual grandes fotógrafos se benefician. Sin embargo, aquí no percibo oportunismo, sino un mutuo reconocimiento y una correspondencia que se plasma en una alegoría construida mediante una metáfora visual que nos da la posibilidad de desentrañar, no solo al paria olvidado tras esa desconocida mácula, sino al ser humano que sobrevive o subvive dentro de él.


Convengamos entonces que por crear un espacio dialogante que no se sitúa bajo la premisa de amparar peripatéticas dolencias, consigue construir una poética que sin perder su esencia desvía la mirada, repasando y repensando cada historia desde lo fraternal, pero a su vez resaltando la precariedad como parte de la ilegalidad. Antecedente no menor desde el momento en que cada retrato trasluce una existencia marcada por el anacrónico conservadurismo imperante que te indica quien o quienes son aceptados, e incluso qué debemos cargar o pagar para no ser objetados. Porque cual más, cual menos, se construye un personaje y según eso sigue adelante, lícita o ilícitamente.

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