La cicatriz

“Al final, la máscara se convierte en rostro”

“El agua repta, se retuerce, se estremece y espejea, y su veneno os hiela el corazón”

Marguerite Yourcenar

 

Alguna vez leí que el orgullo por la cicatriz desarma a los que insisten en recordarnos la herida. Un enunciado depositario de tanta voluntad y de tanta belleza, se convierte, de facto, en una máxima en la vida de quienes nacimos regidos bajo el signo de la diferencia. La debilidad traducida en fortaleza, el valor en bondad, la afirmación en diálogo, el yo en el otro, son, con largueza, las razones que justifican parte -o mucho- de lo que somos. Pertenezco, yo y ambos artistas de este proyecto, a una generación que ha vivido el triunfo de la subjetividad lateral. Esa que, en su hechura y en su oblicuidad, no se ve abocada a la gravidez de las grandes narraciones o de los enunciados teleológicos más altisonantes. No los rechaza, pero tampoco los acoge como propios. Prefiere, en cambio, lo sedicioso del fragmento, la lujuria del carnaval y el goce del escrutinio. Las grandes promesas ceden espacio a la realización plena del yo asumiendo éste la responsabilidad de otras urgencias, de otros legados, más personales, más íntimos, más nuestros. Atrás quedó ese llamado a la barricada y a la lucha de todos contra todos o por el bien de muchos. Hoy, las luchas, se han vuelto más introspectivas, más azarosas, más escurridizas. Hoy, ni siquiera se llaman luchas cuando han pasado a convertirse en terapias. Éstas focalizan más la automirada narcisista ante el reflejo de esa extraña masa que se miraba en un espejo raro y amargo. El yo se centra y se dignifica frente al recuerdo de una colectividad que resultó traumática y traumatizante.

  • Te podría interesar:

¿Quieres ser un conocedor del arte? ¡Descarga Smartify!

Convocatoria Arte Al Límite | Abrimos dos nuevas pasantías, de investigación y escritura

Venus Wounded, no podría ser entonces sino una respuesta a esta máxima, un juego de homenajes y de mascaradas, un laberinto de afirmaciones y de digresiones enfáticas en el que la herida se pretexta como orgullo y no como el objeto del escarnio en mano de los otros. Los tres sujetos de esta puesta en escena, somos, al cabo, tres entidades heridas, escindidas, dolidas. Somos tres hombres que celebramos, en nuestra carne y en nuestro fuego, el valor de esa mujer que nos habita. Los tres, a nuestro modo, rendimos ese homenaje diario a la mujer (o a las mujeres) que nos han hecho hoy lo que somos. Venus Wounded nace de esa necesidad de reconocer en mí la realidad del otro, nace de aceptar mí vulnerabilidad y mi fortaleza, mi corte y mi personal emancipación. No existe cicatriz, en tanto que cura y alivio, sin esa reconciliación entre las bestias y los demonios que nos determinan. Las auténticas liberaciones se discuten en el horizonte oscuro de la noche, en esa línea que repta entre mi imagen y su multiplicación distorsionada en una profusión infinitas de espejos. Si antes se habló de ontologías universales, de hombres específicos o de modelos conductuales tan estériles como ridículos, hoy asistimos a la epifanía de las reformulaciones cartográficas en las que importa más el ser que el deber ser de toda racionalidad infundada y escuálida. Hoy celebramos la praxis consumada de la diferencia, de la desviación, del borde.

Los perfiles, tanto estéticos como axiológicos, ya no se fraguan en ideales y aspiraciones abstractas que rebasan los límites del sujeto, travestido o no. Contrario de ello, el discurso contemporáneo, sus zonas de flexibilidad y sus ámbitos inclusivos, están proponiendo generalizaciones, atomizaciones y expansiones de esas entidades metafísicas que, ahora, se acercan más a la realidad misma que a las proyecciones ficcionales de éstas. Frente a las convenciones nominativas referidas al sujeto, se hacen escuchar -con suerte- los coros de muchas voces que ansían la libertad de toda atadura, de todo corsé, de todo modelo. Hoy no hace falta preconizar la imitación o abdicar ante la regencia de ese “paradigma virtuoso”; hoy, suerte la nuestra, podemos celebra nuestra alteridad, nuestra otredad, nuestro travestimos más rabioso y su desplazamiento per se.

La exposición Venus Wounded, que resulta de la colaboración e intercambio entre el artista visual Maikel Domínguez y el poeta y escritor Eduardo Herrera Baullosa, propone, por tanto, un acercamiento a la figura femenina y a la dimensión de lo femenino, sustantivado como el elemento (o entidad) protagónico dentro del contexto narrativo que se teje entre la obra plástica y el texto literario. Una aproximación que se articula desde el sentimiento de extrañeza que se manifiesta siempre cuando nos enfrentamos a la realidad ontológica de un ser distinto: maravilloso, diferente y ajeno. De tal suerte, la pintura Maikel; lo mismo que los poemas de Eduardo focalizan la mirada sobre los perfiles sinuosos y ambiguos de personajes femeninos cuya densidad y espesura desatiendan cualquier sujeción al canon. Las piezas reunidas en esta muestra refieren, de alguna manera, esa especie de dualidad o de solapamiento de lo femenino y lo masculino como metáfora de la propia condición del artista. Una condición que roza el travestismo e invierte el mapa de nuestro reflejo.

Por la parte de Maikel, la serie establece guiños cómplices en lo relativo a lo que ha sido (y es) su experiencia familiar, marcada, como lo está, por la impronta y el valor de dos figuras femeninas: su madre y su abuela. Dos entidades que, en la vida de todo niño gay, adquieren -casi- el sentido de una galaxia. Mi vida, sin ir más lejos, sería un espacio de convalecencia sin el dominio simbólico que ejerce sobre mí el amor de mi madre. Ella es el todo y el porqué de muchas cosas, ella moviliza una fuerza que no podría describir ahora, pero es esa que me lleva -por ejemplo- a escribir este texto y a defender este proyecto.

En el caso de Eduardo se advierte el mismo nivel de compromiso y de pertenencia, solo que en esta ocasión esa cercanía al tema está marcada por la ausencia, la despedida impuesta y obligatoria. En ambos casos, artista y poeta, prefiguran un mapa enfático y de oblicuidades manifiestas, en el que la ambigüedad de género y el grosor de lo intermedio, determinan las predisposiciones conceptuales de sus respectivas poéticas, haciendo de esta puesta en escena un gesto de reconciliación y un acto de amor.

El sujeto herido, el sujeto que abraza y celebra el corte, el sujeto que exhibe la cicatriz como bofetada más no como derrota, se levante, se proyecta, se mira al espejo y descubre que entre él y Frida, solo existe el prejuicio de los otros. Yo soy Frida, tú eres Olimpia, el otro es Ariadna.

Comentarios

comentarios

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.