En el nombre del Padre | Una serie de relatos

En el nombre del Padre, una serie de relatos, es presentada en el Centro Cultural Gabriela Mistral, perteneciente a la Ilustre Municipalidad de Villa Alemana, y fue exhibida durante el mes de marzo del año 2018.

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En esta exposición participaron 16 artistas unificadas por identificarse con el género femenino y su pertenencia corporal, lo que se traduce en necesidades expresivas experimentales articuladas en una intención performativa, que ritualiza el operativo simbólico de la muestra. Este intención, se presenta como un rezo en la inauguración, en el centro de la galería ubicando en el piso un rosario amplificado, una instalación performativa creada por Isis Ríos Miranda. En este rosario quien pende es el cuerpo arquetípico de la mujer, negado mediante una X de color rojo en la zona uterina. La inauguración de la muestra se presenta así, mediante esta instalación, como una zona ritualizada, en donde las diferentes mujeres expositoras se van ubicando dentro del rosario, en el lugar de “la cuerpa” mientras alrededor aguarda un círculo compuesto por la totalidad de las expositoras, quienes van realizando declaraciones que dan cuenta de abusos patriarcales. Esta obra queda instalada en el mismo sitio a través de toda la exposición como si el ritual prosiguiera ya sin la presencia física del grupo de artistas.

Alrededor de esta instalación se encuentran en los muros, en el recorrido horizontal al interior del espacio y en los muros del segundo piso las obras de quince autoras más. La experimentalidad y el riesgo son elementos que existen transversalmente en la totalidad de la muestra. La figuración, la gestualidad y el hiperrealismo conceptual como recursos que junto con el trabajo con la materia, manifiestan micro-discursos en códigos simbólicos atávicos que van construyendo en su recorrido múltiples relatos susurrados para la contempladora o el espectador.

Otro Captore (seudónimo de Susana Riveros) bordea lo circular del cuerpo femenino en su huella perfomática del existir en las coordenadas de un misterio. La figuración en su obra opera en un mapa transmaterial de la experiencia, el hilo de este bordado va trazando una ruta corporal interior, del desgarro ancestral y contemporáneo. La tragedia de la desacralización de la vida. La materialidad se muestra como un tejido que conforma un cuerpo femenino descarnado, deshecho, deshilado de tonos rojizos tendido en el anonimato del piso. Esta obra es parte de un cuerpo performático mayor, en donde trabaja memorias ritualizadas de cuerpas anónimas.

Carolina Encina, trabaja problematizando la crisis que actualmente atraviesa el concepto de “familia”. Padre, madre e hijo simétricamente divididos en un díptico pictórico convoca también en lo simbólico la posibilidad de revisar la unidad mística de la vida humana representados en estas tres figuras contenidas afuera por que adentro. Esta obra podría verse como el cerebro, donde el cuadro izquierdo relacionado con el yang (masculino) acusa a la figura del padre, la autoridad, el cuadro derecho relacionado con la intuición (femenino), apuntando a la madre, contención, recogimiento. El nido en su totalidad alude “al hijo” a la personalidad de quien somos. El terror a la fragmentación familiar, el abismo ante la pregunta por la auto-fragmentación.

Patricia Lagos, trabaja con la imagen de un personaje conocido como violador y sacerdote (Karadima). Esta imagen quedó espontáneamente abierta a la intervención del espectador, lo que implicó haber sido rayada con diferentes insultos y garabatos. Junto a esta imagen expuso un collage digital de 20 retratos de niños que habían sido violentados o abusados sexualmente. Estas imágenes se exponen bajo una veladura rosada que plantea un filtro estético dramático pero amoroso, de abrazo ante la fatalidad.

Colomba Ceroni, presenta una superposición de papeles, tipo collage automático, que conforman en el viaje compositivo un espiral hacia el centro. En el lado derecho de la obra está oscurecido en escala de grises y en el izquierdo aclarado con colores pasteles. El espectador lo digiere visualmente en su reverso. En ese sentido, este sin fin de papeles y palabras indescifrables pueden figurar como un espejo del mar oculto y confuso ante la infinita información alojada en el inconsciente, articulada en la razón de lo femenino (colores) y lo masculino (escala de grises).

Marcela Vega, muestra su obra trasfondo compuesta por tres cuadros, uno central que en su pintura es dividido sutilmente en tres espacios horizontales, uno inferior, más oscuro, subterra el inconsciente en donde habita un rectángulo de luz , la segunda franja horizontal es de un matiz anaranjado, como la materia, cual desenvolvimiento (velado) del existir, y en la parte superior una franja roja intensa, donde se ubica en el borde inferior derecho (como si quisiera bajar) una especie de sol que en su diagonalidad, está en relación con el rectángulo del infra mundo (que parece elevarse). Estos tres planos son atravesados por una estaca de madera. Esta laceración simbólica resulta apuntar a una práctica ritual bastante antigua que consistía en clavar una estaca de madera en todo el cráneo, lo que obviamente desembocaba en la muerte física de la persona. Los otros dos cuadros más pequeños son retratos de estados síquicos confusos, de delirio. Estos en su conjunto parecen ser un rito estético de algún asesinato síquico.

Esther Allende presenta cinco imágenes que componen una sola obra: Empoderamiento, Auténtica, Real, Leda y Cisne 1 y Leda y Cisne 2. Estas imágenes son auto-retratos que abarcan diferentes aspectos de la personalidad, cuyo referente iconográfico (Frida Kahlo) pulsa el sentido autobiográfico de la obra. Los personajes que aparecen verbalizan mediante la línea aguada sus propias suturas y delimitaciones verbalizadas (el decir evidencia el ocultamiento). Lo fugaz de las pinceladas portan el deseo apremiante del sí mismo. Cada retrato de boca cerrada, manifiesta, en el gesto expresivo de la mirada, pensamientos que van intensificados mediante el color del fondo. La cita mitológica en “Leda y el cisne” transportan hacia preguntas por la identidad, en donde el relato directo de la leyenda orienta hacia una interiorización sobre el propio encantamiento y el propio nacimiento.

Edith Cortez realiza una instalación con diferentes cueros (o carnes deshidratadas) demarcados con broches metálicos. Sobre este mapa epidérmico hay diferentes elementos relacionados con la imagen de una escena criminalística: vainas de balas, una soga, documentos impresos sobre cuero. Lo que la artista plantea es una estética necrológica de mujeres ocultas en el anonimato del femicidio. Cuerpos de mujeres asesinadas son traídos simbólicamente a la escena mediante la articulación de estos cueros- carnes, como remanentes obituarios, que en sus broches metálicos dan figuración a lo imposible de figurar.

Natalie Ortiz, expone cinco dibujos pintados en pequeño formato que relatan visualmente escenas de un cotidiano de un estereotipo hiper-sexualizado de mujer en un contexto público. Su trazo porta lo lúdico de un gesto naif, determinados por la gruesa línea negra que va definiendo el recorrido de los relatos demarcados por el cuerpo, la sexualidad y el vacío, recorrido que es subrayado por la dureza de la línea que define la forma en que se observan las identidad de estos personajes retratados.

Eliana Escobar presenta tres cuadros que se conforman unitariamente, son pintados con técnica mixta sobre tela. Se titulan Nacer para vivir muriendo, Los padres y Edipo, esta triada centra la atención en la imagen de la muerte. En el primero la autora realiza el relato de un humano vivo que se preocupa de las carnes humanas vaciadas de vida. Los colores del fondo varían en escalas de rojos asociados a la tierra, en cuyo centro se ubica un triángulo (el triángulo actúa como cita a la trascendencia). En la siguiente obra traza múltiples cuerpos tirados en el piso, ordenados en tres hileras y envueltos en telas, como si no importara su identidad. En primer plano acompaña la imagen de una cruz. La tercera pintura gesticula la agonía de una identidad ausente, un arrebato edípico como tensión ante la imagen paterna.

Ana Hans presenta Ciborg: la deconstrucción de los cuerpos, en donde apunta a la constricción ante las imágenes identitarias de los cuerpos. Este trabajo lo realiza a partir del manifiesto Cyborg de Donna Haraway, cuestionando la noción de identidad y naturaleza de los cuerpos bilógicos, proponiendo una deconstrucción del género desde los dispositivos fálicos y las tecnologías contemporáneas, capaces de cuestionar lo que hasta el momento hemos conocido como “natural”. Dos imágenes fotográficas intervenidas e impresas sobre papel magnético e instaladas sobre planchas metálicas, son cuadriculadas en cortes simétricos que invitan a cambiarlas de lugar, generando una especie de “desorden” que desde los códigos Ciborg, funcionan como una deconstrucción de la figuración tradicional. La autora instaló dentro de una pequeña vitrina frente a estas imágenes un dildo, que completaba el trabajo conceptual, sin embargo fue retirado por las personas a cargo de la galería por la posible visita de menores al espacio.

Isabel Carvajal, aborda en su obra el maltrato físico, psíquico y emocional prolongado e invisibilizado que viven las mujeres en forma cotidiana, asunto ya normalizado en nuestra sociedad. “Desolación atemporal” es el título de su obra, graficada mediante la figura de un corsé de estilo victoriano. Lo que trae a la vista la cantidad de generaciones en que las mujeres han vivido bajo la opresión y la violencia. Los materiales que usó grafican en su tosquedad y agresividad simbólica la violencia doméstica, mostrando las prácticas opresivas como una tortura estéticamente bella y armoniosa, que envuelve por su aparente docilidad a quien es oprimida. Esta envoltura sería tan sutil y subliminal que pasaría inadvertida hasta llegar al absoluto ahogo, deslizándose en esta aparente suavidad por las capas síquicas de la mujer hasta llegar a generar en su interior roturas profundas e invisibles, evidenciadas en el hilo rojo de sangre hecho un nudo de rosa.

Pamela Peirano presenta una escultura instalativa, compuesta por la representación directa de dos brazos fuertes de hombre que sostienen un libro abierto. La materialidad de la obra es yeso, fierro y un libro. Esta composición, como relato externo, fue realizada a partir de la lectura lacaniana de la función de la figura paterna en la infancia de una persona, la de lanzar al mundo al infante. Sin embargo, la fragilidad del material y su presentación como corte de un cuerpo articulan un discurso subliminal que acusan al libro y a la mano que le sostiene. Recordando la obra de Goya: La letra con sangre entra, dejando explícita la disciplina del padre, para ser alguien en el mundo.

Virginia Maluk, presenta No te rindas cual espacio plástico que muestra una cierta topográfica del destierro interno vivido por muchos a partir de la migración obligada. Trabaja este registro dramático con retratos xilográficos que penden de hilos rojos, como si fueran hilos de sangre desde las cuales van goteando humanidades violentadas que se levantan persistiendo en medio de la dificultad y de la guerra. Simultáneamente con la misma obra se desprende un relato íntimo, en donde, la artista realiza un homenaje a su padre, que había a atravesado esta experiencia del abandono involuntario de la patria. Muestra en estas gesticulaciones estéticas la resiliencia como base de la conservación y evolución humana. Toma la imagen paterna como un referente protector, invocando en este espacio la activación de esa energía auto-protectora como elemento central para la mujer.

Myriam Olguin expone su obra múltiples procesos. Consiste en la ubicación de un lienzo rojo horizontal de amplia dimensión que abarca una parte importante de un muro de la sala. Esta tela es producto de la costura de varios trozos verticales. Las telas fueron marcadas con tinta negra, con la impresión directa de neumáticos, generando el gesto estético minimalista como metáfora de huellas biográficas paternas. En simbología cromática el color rojo alude a la vida en el plano material y el negro a la neutralidad de la pre-existencia. Las suturas verticales de la tela pueden ir demarcando una serialidad de vida material, atravesada por huellas que van más allá de cada una, o sea, que podrían trascender a la metáfora de cada cuadro de vida, en la perspectiva de (pre)figurar el registro de un recorrido de múltiples procesos.

Paula Araya presenta tres grabados, cuya imagen central está compuesta por la representación de una escena de cuerpos, cuerpos rasgados, capas de cuerpos, cuerpos en serie, cuerpos cortados, cuerpos rotos, siempre protagonizados por la misma figura representada, como si el mismo personaje se desdoblara para aparecer simultáneamente en todos los personajes de la escena. Como en un efecto de espejo, trabaja la proyección simétrica, pero interrumpida por la rotura, develando simbólicamente capas y roturas de lo real.

Esta muestra es la segunda realizada por este grupo de mujeres, y fue organizada colectivamente desde las coordenadas lacanianas para problematizar la figura del padre. El título de la exposición coincide con el título de la sección de obras articuladas curatorialmente en la exposición realizada en el año 2017 en el MNBA llamada Desacatos: prácticas artísticas femenina 1835- 1938. La curadora Gloria Cortés llama así a esta primera sección aludiendo a la constante tachadura del nombre de autora, reemplazado en forma continua por el padrinazgo o la paternidad intelectual, pasando a ser conocidas por ser la musa de, la alumna de, la hija de, la amante de, etc. Esta coincidencia titular, da cuenta de la persistencia de la problemática, velada con las fragmentaciones de lo contemporáneo. La organización de mujeres en el arte posee un matiz político que sigue teniendo un poder significativo, planteándose a esta altura de nuestra civilización humana, como una urgencia.

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