La denuncia expresionista del gesto, en la obra de Jorge Martínez

La obra de Jorge Martínez es emergencia de una pulsión inevitable: escudriñar las contradicciones del mundo psíquico y social. Por distintas razones, su vida y su trabajo han estado vinculados a una estrecha relación con otras personas, cuyos rostros siempre ha observado con curiosidad artística.

“He aprendido a leer entre líneas la emocionalidad que muchas veces está detrás de las palabras, lo que no queremos demostrar. El cansancio, la rabia contenida, la indiferencia, el orgullo, el sarcasmo, el miedo, la alegría, la melancolía y la pena. Todo lo que el otro expresa me conecta con mis propias emociones”, dice Martínez.

“En una mirada se filtra una esperanza que tiñe el entorno de color violeta; la pena de un rostro lo desdibuja en grises; la alegría irrumpe como la primavera, dinámica, colorida, fragante y fresca; la rabia es como la caldera de un tren desenfrenado, rojizo y encendido; la indiferencia es como un relámpago fugaz que se aleja; el cansancio del otro se arrastra junto al mío; el dolor contenido persiste y el desagrado permanece. La persona frunce la risa y alarga las miradas, contrae el ceño y la boca de jaguar prevalece”.

Su obra reinterpreta muchos rostros donde lo que importa no es la precisión de los rasgos, ni menos la proporción, tampoco la verosimilitud del fisonomista. Es el gesto. Son gestos que transitan por una amplísima gama de emociones humanas. Pero más que eso: son cabezas que constituyen verdaderos mundos psíquicos y emocionales, proponiendo salidas libertarias al encierro mental.

En las imágenes de Martínez el plano de representación se fragmenta, señalando la distancia de su propuesta respecto del realismo y afirmando una decidida adhesión a la subjetividad. Subjetividad que es la suya propia, cuando escudriña los gestos humanos desde su personal experiencia, identificándose con ciertas señales, reconociéndose en ellas. Pero también subjetividad del otro, que percibe como un misterio imposible de definir en un solo concepto unitario. Lo humano se percibe y se expresa visualmente como fragmentado, contradictorio, suspendido en la tensión entre la carencia y el deseo. El gesto entonces aparece como un significante complejo, donde se cruza lo intangible de la emoción con lo visual de la expresión. Es ese significante lo que Martínez reelabora en su obra.

El trazo es arrojado, suelto, ya sea en sus pinturas como en los dibujos. Los colores contrastantes, a ratos en franca pugna: toda la obra de Martínez deja de manifiesto la potencia expresiva de la contradicción. “Me interesa expresar con fuerza la emoción contenida en los rostros, quiero que cuando alguien se acerque a una de mis obras no quede indiferente. Que descubra una vinculación emocional consigo mismo y con lo creativo”, dice. Se trata de un asunto personal, pero también colectivo. Un mensaje emancipatorio y, por ello, político. De ahí su admiración por artistas como Guayasamín, que es un referente de su obra por el uso de colores asociados con la identidad americana y las reivindicaciones de autonomía. También Picasso, de quien admira la libertad expresiva e irreverente del trazo, especialmente en su monumental obra Guernica. “Ahí las líneas del dibujo predominan y la emocionalidad desborda el cuadro. Es una obra de denuncia que se hace cargo de los dolores de su tiempo. Eso para mí es fundamental”, dice Martínez.

De manera intuitiva e independiente, su obra comulga con el Expresionismo, tanto en su visualidad como en el ánimo que la atraviesa. Siempre se trata de una mirada humanista, que renuncia a la descripción objetiva para que emerja lo que no está a simple vista. El Expresionismo, que apareció en Alemania ad portas de la Primera Guerra Mundial y se desarrolló con fuerza hasta la Segunda Guerra, era irreverente en su gestualidad: quería abordar críticamente el clima de desencanto y cansancio de uno de los períodos más críticos en la historia de la humanidad, el que muchos comparan con la situación actual. Defendía la libertad y se interesaba en temas poco tocados por la pintura –lo sexual, lo demoníaco, la violencia–en una actitud de irreverencia frente a los imperativos de la razón supuestamente utilitaria, que con su lógica económica había llevado al caos y la destrucción de Europa. Es un momento en el que surge la necesidad de reponer el valor de lo psíquico, lo emocional y lo espiritual, espacios que estaban siendo arrasados. La obra se planteó como una pregunta existencialista.

El período de las guerras –como sucede con toda crisis cultural de alcance mayor–empujó también las fronteras de lo que hasta entonces se entendía como Arte, provocando la emergencia de las Vanguardias Históricas. Fueron movimientos artísticos que cuestionaron los principios y las reglas establecidas, explorando otras dismensiones del pensamiento y haciendo estallar los géneros tradicionales en múltiples posibilidades de lenguaje. Quizás no hay otro momento en la historia del arte donde hayan convivido simultáneamente tantas propuestas que siendo distintas en sus estrategias teóricas y formales, aspiraran a lo mismo: inaugurar una nueva concepción del arte que superara los cánones de la estética complaciente para abordar problemas complejos. Esa fue también la vocación expresionista.

Más que un estilo, el Expresionismo fue una actitud que tuvo muchas variantes: hay un expresionismo modernista (Munch), surrealista (Klee), abstracto (Kandinsky). También se adivinan rasgos expresionistas en otros artistas europeos, como Chagall o Picasso, y en Latinoamérica se califica de expresionistas a varios de los muralistas mexicanos, como Orozco, Rivera y Siqueiros, pero también al mismo Guayasamín. Más tarde, vuelve a hablarse de expresionismo en los 80, con el resurgimiento de la pintura, de la mano de la Transvanguardia Italiana. En Chile, con cierto atraso, el Expresionismo llegó por los años 30, con pintores como Venturelli (influído por el muralismo), peró cobró un carácter más local hacia finales de los 80, con artistas que reinvindican la manualidad y el gesto pictórico, como Bororo y Benmayor, que a su vez han seguido transmitiendo su ánimo a nuevos cultores. Hoy, mirado con cierta distancia, se comprende que las vanguardias del siglo XX, incluído el Expresionismo, no sólo fueron movimientos artísticos supeditados a su contexto específico, sino que fueron portavoces de una sensibilidad amplia. Más allá del momento de emergencia, obligaron al Arte a recordar su propia pregunta por el sentido de lo humano. Escribieron manifiestos y formularon, de distintas maneras, lo que subyace a toda producción simbólica.

La obra de Jorge Martínez vuelve a reponer esa pregunta por el sentido abriendo vías para que podamos descrubirlo en los rostros que hoy despliega.

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Catalina Mena
Catalina Mena