Cuatro fotógrafos y muchos pintores en un dialogo creativo para enunciar la vida.

Ante la pérdida de pelo producto del tratamiento de un cáncer mamario, la profesora de arte María Teresa Claro decidió poner su cabeza a disposición de quienes quisieran pintarla. Es decir, que su cabeza fuera soporte de un trabajo artístico y así transformar el dolor en algo positivo. Tanto pintores consagrados como emergentes y personas de su entorno, acogieron el llamado y participaron en este inédito proyecto.

Dr. Gonzalo Leiva Quijada

Esta exposición fotográfica se realiza sin simulaciones, se trata más bien de una operación creativa de un tinglado de emociones. En efecto,  no hay estridencias percibidas, sino un acompasado despliegue visual que disecciona simbólicamente una cabeza. Un evidente ejercicio de la Academia de Bellas Artes que asume renovados ribetes con el dispositivo fotográfico. Tras la presentación original se muestra un sensitivo ejercicio que organiza desde el plan iconográfico un gabinete reformulado. En efecto, se van superponiendo múltiples perspectivas que plasman poéticas expresivas en cada autor.

Julia Lafee certifica con sus equivalencias fotográficas la objetividad, donde los contrastes formales incrementan una reinstalación analítica depurada en el blanco y negro. La delicada ternura de la mirada artística señala un momento minimalista vitalmente retenido.

De un modo explícito, Teodoro Schmidt, juega desde el contrapunto con el color diseñando intertextualidades entre la cabeza y las pinturas realizadas por destacados  creadores nacionales. La mancha, el color, el contraste, son sus escenarios de perfiles revelados.

Por su parte, Samuel Shats, se detiene  en la levedad espiritual de la representación dentro de una tradición icónica circular con raigambre modernista. Así también las centradas fotografías citan la tradición bizantina donde el círculo encarna el espacio de epifanía espiritual.

Finalmente Javier Moreta, indaga utilizando la estrategia del primer plano y del reportaje, buscando lo subjetivo del momento preciso, y también del “fuera de campo” de toda representación que nos permite comprender el contexto representacional.

El trabajo fotográfico emprendido por los  cuatro creadores involucra el reconocimiento del retrato y del género autoral como  cortes de ampliación  y desplazamiento de la mirada. Cada autor incursiona de una manera distinguible con un cuidado trabajo de edición u orden visual.

Destacan en todas las imágenes la luz propia de la modelo, quién es motor de búsqueda, gracia divina y mandato de cantar las esperanzas. Las fotografías muestran los espacios y sus diálogos con “la cabeza” como escenario de la representación. Pues en las postrimerías dicha cámara luminosa, dicha cabeza, formula ejercicios de poses y acciones corporales que exploran la multiplicidad y dinamismo vivencial de una plenitud. Una cabeza así como las fotografías que la exploran traslucen las emociones invitándonos a tener esta apertura de sensibilidad, para tener los ojos, el corazón abierto a tanta luz que brota por doquier y nos hace sin duda más lúcidos y mejores.

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Al respecto, el conductismo plantea que nuestra cabeza asemeja a una “cámara negra”, metáfora para designar aquel elemento estructural que la distingue como el lugar donde se guardan emociones, recuerdos, decisiones de vida, en fin cotidianidad. Un repertoriado universo de significaciones que reposa en esta parte del cuerpo. Por su parte, Mario Bunge habla de “caja traslúcida” como pretexto representacional de teorías científicas. En medio de dichas propuestas, nos encontramos en esta exposición una luz instaurada. En efecto, una cabeza sirve de motivo reflexivo y creativo.  La indagación fotográfica de los cuatro autores construye con luz exterior, pero también formula la posibilidad de  reconocer esbozos de luz interior de la modelo y su testimonio. Por esto, antes del olvido, tras la fatiga de vivir, esta exposición nos devela el misterio desde lo fotográfico: hoy sabemos que “por una cabeza”: ¡nada está perdido!

Así, el proyecto expositivo se despliega desde el alma luminosa que se encarna en “la cabeza” hacia la exterioridad, quedando como verdad vulnerable y escenario traslucido, pues se transforma en un símbolo desplegado del misterio y la desgarradora utopía de lucha por la vida.

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