Sud África | Pintura | Ryan Hewett

Retratos entre lo personal y lo universal

El pintor sudafricano Ryan Hewett desafía el género del retrato con unas representaciones que, a partir de su experiencia personal, estallan en un poderoso cromatismo matérico desestructurando los rostros, para volverlos ejemplos universales de la condición del ser humano.

Observando los retratos de Ryan Hewett súbitamente se manifiesta el eje creativo del trabajo del artista: jamás su gesto pictórico va en busca de una componente puramente estético, ni mucho menos intenta alcanzar una representación comprometida, aunque sea de lejos, con la realidad. En cambio, debajo de la superficie siempre quedan por revelarse múltiples y recónditos aspectos.

“No estoy tratando de pintar una persona como es visualmente –afirma Ryan–. Siempre se trata de mirar debajo de la cara, en busca de la psicología, de la historia. Mirar hacia el ser profundo. Mis retratos son una representación de mí: yo me derramo encima del lienzo”. Es por esta razón que, quizás, se podría aquí pensar en algún tipo de investigación fisiognómica. Es decir: un intento de exploración psíquico del sujeto reproducido a raíz del análisis de sus rasgos físicos. Sin embargo, la primera y evidente sensación, al ver sus obras, es la de enfrentarse a un estímulo visual más relacionado con un componente profundamente íntimo y espiritual antes que vagamente científico. Una especie de neo-expresionismo que, como se verá, intenta investigar al ser humano de una amalgama entre lo personal y lo colectivo.

“La pintura del retrato siempre me ha cautivado. Es que me conecto sujetos humanos de una manera que no me resulta de otra forma: el rostro humano y la psique humana, guían mi mano y dictan la pintura. El retrato humano es vulnerable –continúa Ryan–. Cada marca que hago en el lienzo es tan importante como la siguiente y cada una cuenta una historia, explora y explica a la persona que estoy pintando”. Parece, entonces, moldearse una condición creativa que quiebra la separación entre analista y paciente, observador y observado, retratista y retrato, artista y espectador, derritiendo la apariencia en una plástica implosión cromática donde cabe cualquier historia, cualquier memoria y cualquier experiencia. Y, en primera instancia, las de Ryan mismo. Una poderosa osmosis anímica, en el fondo, entre las vivencias del autor y la interioridad oculta del sujeto pintado que se sublima, tras un acto pictórico llevado a cabo casi en estado de trance en el lienzo que el artista ataca.

Ahí, y solamente ahí –pues como él dice: “todo ocurre sobre el lienzo”– los rostros se vuelven el portal para una honda y complicada exploración personal que, a menudo, desvela unos rasgos existenciales duros y crudos. “Transmitir mis emociones, las emociones crudas, no es fácil –admite el artista–. A menudo, por ejemplo, he pintado autorretratos mirando hacia atrás, a un período de mi vida en el que tuve problemas de adicción. Así que ahora que tengo tres hijos, estoy casado, el progreso de mi trabajo refleja el progreso en mi vida: es como hojear hacia atrás en mi pasado y viendo mi evolución”.

Untitled: de-construyendo a los iconos

Así, en su última serie Untitled (que sigue a Genesis y Enlighten, gracias a la cuales expuso entre Ciudad del Cabo y Londres), Ryan conecta, esta dramática dimensión fronteriza entre lo experiencial, lo privado y lo espiritual con un significado universal. Lo hace desafiando estos mismos conceptos a través de la representación, aparentemente contradictoria, de figuras políticas y religiosas claves para la historia moderna. Y aparentemente contradictoria, se ha dicho, porque si bien los sujetos podrían fácilmente ser etiquetados como “íconos” (y consecuentemente tomar distancia de aquella dimensión profunda que Ryan busca), pero el estilo, lejos de configurarse como una arenga política, anhela finalmente a de-construye estas figuras ultra-conocidas para volverlas, muy sencillamente, simples personas. Rostros como cualquier otro. Caras que, una vez más, se perfilan como contendores de recuerdos, experiencias, historias. En fin retratos que, nuevamente, actúan como umbrales hacia aquella compleja exploración personal que caracteriza la poética de este artista.

“Empecé a pensar en retratar a los líderes religiosos, líderes políticos y los dictadores –relata el pintor– y sentí que era mi deber reunir a todos estos personajes en una sola habitación. Así están humanizados, porque al descontextualizarlos, todos son iguales. Ojo, yo no estuve tratando de hacer algo de político: Untitled fue, sobre todo, quitarles los títulos a estas figuras a través de la naturaleza deconstructiva de mi trabajo. Por lo que se ve de las personas antes que el ícono y –concluye– cualquier juicio se deja al espectador”. Pues Barack Obama, Vladimir Putin, Adolf Hitler, Mahatma Gandhi, Osama Bin Laden (entre muchos otros), son osadamente arrimados a partir de esta concepción espiritual de la existencia, que desde el ámbito personal se traslada al universal. Esta lectura permite al pintor presentarlos igualitariamente como seres que padecen, todos, el aparente dramatismo de la condición humana. Condición que, en su ser evasiva y pasajera, asemeja aquí a toda clase de personas en una explosiva y casi irreconocible fragmentación representativa. “Me acuerdo haber iniciado el retrato de Hitler pensando ‘¿qué estoy haciendo pintando Hitler?’ Luego trate de acordarme que era necesaria para la exposición: nadie aquí se queda afuera. Y en retrospectiva, las piezas no eran tan difíciles de pintar una vez que las veía desde esta perspectiva”.

Materia, textura, memoria, ausencia, vida.

Una perspectiva entonces que logra poner estos personajes al mismo nivel, exactamente porque los reduce, tanto a los positivos como a los depravados, a la pura médula. Al simple ser. A aquella ineluctable condición que los empuja hacia la aniquilación. Mejor dicho: al simple recuerdo; en un sentido más ancestral que histórico. A la aparición de una experiencia que se desvanece y que, a la vez, reaparece tras la experiencia del otro (el pintor, el espectador).

Pues es justamente la textura matérica que siempre caracteriza las pinturas de Ryan –alcanzada con los óleos capa tras capa–, lo que más deja manifiesta esta intención. Los rostros se transforman en una fotografía aguada que se va borrando, en un mural rayado y rayado por otros dibujos y grietas, en una roca que se licúa, en un coágulo de sangre, en carne seca que inevitablemente terminará pudriéndose, en recuerdos que luchan con el tiempo. Es el ser humano frente al paso de la existencia. El ser humano contra su misma e inapelable muerte.

En conclusión, Ryan Hewett, al enfrentarse al lienzo blanco y a los rostros que ahí aparecerán, por un lado se empuja hacia el descubrimiento (o re-descubrimiento) de su propia interioridad, de su propia experiencia y de su propia memoria; mientras que –tras ese íntimo hallazgo–, logra perfilar un camino que no solo le pertenece a él, sino que a todo ser humano. Es, al fin y al cabo, el camino de la vida misma en su imagen más universal, accidentado por cada una de las marcas que se originan al transitarlo. Hasta el ineludible final.

Comentarios

comentarios

No Comments Yet

Comments are closed