Argentina | Artista Multidisciplinar | Rafael González Moreno

El juego del color

La obra de Rafael Gonzalez Moreno transporta a la mecánica de la infancia. A la incapacidad de la forma exacta, resultando así una mirada lúdica sobre el escenario de la cotidianeidad. La sorpresa de la plasticidad, la imprevisibilidad de la forma y el exceso de color son parte de un mundo de multiplicidad y escapismos a la rutina. Tan excéntrico como popular, Rafael atraviesa cualquier frontera para llegar a todo el público.

Adentrarse en la plástica de este artista argentino, implica un juego todo o nada como hacen los niños. Combinar un juguete de la infancia con un horno, linda entre la oscuridad de la melancolía y la capacidad de flexibilizar la mirada sobre los colores e idolatrías de otro momento de nuestra historia. Como chupetines que se desarman en un bastidor, las obras de Rafael inspiran al tacto y al desorden.

Palpitando el arte desde la adolescencia, Rafael trabajó para una empresa de diseño en Santa Mónica y desde ese entonces supo lo que era vivir del arte, sin imaginar en ese entonces que llegaría a tener éxito tanto en Miami como en LA Art Show durante el 2015, junto a Art Unified Gallery. Uno de sus grandes insumos culturales para enriquecer su mirada integral del mundo fue la posibilidad de viajar y vivir en diferentes países con diversas culturas. “Me brindó una gran apertura y visión más amplia de todo lo que me rodeaba. Siempre me sentí libre y, cuando sentía lo contrario, hacia lo necesario para liberarme. No tener un apego tan grande a lugares y personas me permitió profundizar en un mundo propio y, si bien a veces me encontré un poco solo, me concentré en emociones e inquietudes que se materializaron en algún dibujo, pintura u objeto. Con los años, eso se fue convirtiendo en una forma de meditación propia”, cuenta el artista.

En esa manifestación de libertad encontramos un universo de expresión que no da lugar a encierros ni censuras. La necesidad de respirar un aire diferente cada día para renovar el espíritu es parte del mundo de González Moreno. Es así que sus trabajos son una mixtura de materialidades, texturas y sensibilidades infinitas que se van amoldando sin demasiado arraigo. Su mirada sobre el juego y la reanudación diaria de las horas se apoya en los juguetes como símbolo: “El juguete está relacionado a un estereotipo de la alegría, y mi interés es destruir esa idea superficial que se tiene sobre ellos para transformarla en una creación que irradie energía espiritual”, señala. De esta forma el material con el que trabaja se convierte en un objeto exploratorio de la saturación total del color en los materiales industriales, en sus palabras: “El plástico inyectado en forma de juguetes hace que el color provenga directamente del material para actuar como un recurso más de la paleta y crear una relación de formas y colores a los que adaptarse”. Rafael agudiza su enfoque y desgaja su obra para explicar el más allá de lo lúdico, dialoga entre lo oscuro y lo luminoso para rescatar un observador crítico en busca de una armonía introspectiva.

Así como narran y trascienden, los trabajos de Rafael inspiran una intriga sobre cómo trabajar el plástico, qué procesos se atraviesan y en qué puede terminar un juguete luego de viajar por un horno. Desde la selección del objeto hasta la temperatura para derretirlo, la manufactura de estas obras emanan calor y recuerdos en el mismo humo: “En algunas obras, dibujo lo que voy a crear y luego lo unifico naturalmente en la cocción. Manipulo los fondos con diferentes herramientas y voy creando imágenes psicodélicas o geométricas. Cuando tengo todas las piezas, armo el cuadro como un mosaico”, explica Rafael sobre su camino creativo. La cuestión es que hace casi 10 años su trabajo artístico consta de derretir juguetes y, como quien prueba todas las combinaciones de acrílicos o acuarelas posibles, su experiencia sobre paletas y manejos de color se amplió de una manera incalculable.

Y es con estos trabajos que ayuda a los niños de barrios pobres con la idea de lograr un sueño que va más allá del arte visual, construir un museo para niños. Al respecto, González trabajó en Suecia con niños entre 12 y 21 años, los cuales tenían comportamientos criminales; en Argentina, con niños con depresión haciendo obras de arte que se venden para costear su educación y alimentación. De este modo, igual ha logrado abrir un centro cultural con el apoyo de Autopistas de Buenos Aires, quienes le entregaron un lugar para el centro.

“Magia es transformar un producto y demostrar que todo puede ser una ilusión gigante al llegar a las manos del arte”, expresa Rafael. Así habla de juego y espiritualidad desde un horno y con juguetes de plástico. La sinceridad de cada artista se transmite en la materialidad de su obra y no queda espacio para la duda. Decir plástico derretido es decir colores psicodélicos, juegos críticos que ponen en cuestionamiento la firmeza del pensamiento y dan una nueva mirada, tal como ocurre con los niños que se enfrentan a estas piezas sin un decorado multicolor que satura la vista confundiendo la obra con una pintura abstracta, que al mirar de cerca nos deja atónitos por los miles de recovecos que deja cada objeto, cada juguete.

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