Francia | Pintura | Jeanne Lorioz

La atractiva belleza de lo imperfecto

Voluptuosos retratos de mujeres bien dotadas se toman un encuadre. Se toman la obra de arte y no dejan espacio a nadie que las opaque. Con buena voluntad a veces encuentras una mascota, un marido en segundo plano, pero la verdad es una: la mujer que está de espaldas acapara sonrisas y deleite.

La percepción de lo cómico, dijo Ralph W. Emerson, es un lazo entre los hombres. Quizá por eso intentar desafiar las fronteras del ánimo e inducir reacciones en el interlocutor, provocándolo, sea un objetivo buscado por muchos seres humanos, desde las más diversas áreas del saber.

Sin ir más allá se propone una escena, un acto suspendido. En éste, una mujer robusta en un entorno que propone finalizarlo –al que mira y a su imaginación–, busca descalza y con semblante de dudosa expresión, algo. Bajo ella deja una estela: bien podría ser una alfombra, una mancha en el piso, un líquido derramado, fluido. Gacha, casi encorvada, camina dejando sus manos caer al más puro estilo de la delicadeza monárquica, mientras continúa, simplemente avanza, nadie sabe dónde, nadie sabe por qué.  La composición de la mujer es un asunto: una figura conformada por círculos –unos cuantos– unidos entre sí la revelan ondulada, curvilínea y casi seccionada orfebremente. Eso es todo… y provoca.

Así luce el trabajo de Jeanne Lorioz, abundante. Esculturales y diametrales traseros ganan con merecido talante su espacio prioritario dentro del encuadre. Son damas, todas ellas coqueteando con lo cotidiano, interactuando con ello femeninamente, muy a la antigua, revitalizando lo clásico. Sus curvilíneas figuras parecen haberse dibujado solas, con una soltura y espontaneidad que crea contornos oblicuos de una ondulación, al tiempo, graciosa y dulzona. Así son sus retratos y ella, una artista parisina que gusta de extraer de cada una de sus obras la teatralidad, la visualidad de sus pinturas.

Cuida la estética y enfatiza en las tonalidades oxidadas, algo roídas por el tiempo, para contextualizar escenas que remiten a escenarios que se han venido repitiendo desde el principio de los tiempos.

Y sí, de espaldas mayoritariamente, sin mirar, las protagonistas de estas obras pasean, toman sol, se embellecen en entornos irreconocibles donde predomina el monocromo, como si fuese un montaje con modelos, como si estuviesen en ninguna parte o en cualquiera a la vez.

Así las retrata Jeanne, quien no parece estar particularmente interesada ni en la figura humana ni en el peso. El hecho de exhibir mujeres permea su obra de interrogantes que provienen de distintas corrientes del pensamiento, tanto antiguo, como contemporáneo y todo aquello que le asocia un rol en la sociedad, ya sea expansivo o conservador. “En nuestra sociedad el rol de la mujer no se ha definido, ya que evoluciona en todos los casos y en cualquier lugar. Además, ¿será necesario para la femineidad tener un rol específico?”, comenta Jeanne al ser interrogada respecto del papel que juega la actitud y la femineidad para el género en general al momento de enfrentar la sociedad.

Flirtea con el desnudo. A veces despojado de tela y puesto al natural y otras, sutilmente asomado. Juega y experimenta con una percepción aguda, con la reacción inmediata ante el primer vistazo, lo desafía a evaluar y reaccionar intuitivamente. Sus cuerpos robustos traen consigo una leve sensación hilarante que provoca gracia. Es alegre, pese a no promover la gestualidad como elemento principal en sus piezas, la forma en que distribuye los elementos y deforma la figura humana contribuye a que, de una u otra manera, la imaginación del espectador sea la que termine la obra por ella y le dé un tenor.

Tanto en sus resultados artísticos como en la forma de expresar refleja esa parte alegre que inunda todo, su trabajo y su vida. “El humor es muy importante para mí. Es la parte trascendental en la conformación de mi vida y una necesidad permanente. Es una cura incluso en situaciones difíciles”, explica. Por eso es su pincel y su intención lo que define la totalidad de su trabajo y completa el lienzo. “Nos da una perspectiva abierta, ligera. Es el mejor mecanismo universal para comunicarte contigo y los demás”, continúa ahondando nuevamente en la intención caricaturesca que permita expresar lo que dentro le cosquillea las manos hasta materializarse.

Desde tiempos platónicas se decía que “muchas veces ayudó una broma donde la seriedad solía oponer resistencia” y es de esta forma como la artista contribuye con su espectador y establece un vínculo con él que se le torna amable, agradable y gustoso, algo de ello retoma de libros de cómic y que también funciona al abordar la gracia natural de un cuerpo imperfecto aceptado y bien llevado, oponiéndose jactanciosamente al prototipo contemporáneo de mujeres uniformes.

Un trasero insinuante posa lisonjero y coqueto colgado en la pared de una galería. Pide atención y, aún más, la merece. Su dueña, una mujer de tomo y lomo, con desplante y osadía, sin tapujos ni vergüenza. Ella misma atrae las miradas de los que pasan, no necesita ni mirarlos para saber que están allí, parados frente a ella poniéndole atención. Lo sabe, incluso de espaldas, lo sabe.

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