España | Escultura | Francisco Leiro

Las esculturas sentidas

Ironía y emoción están siempre presentes en las obras de Francisco Leiro quien en Esculturas Sentidas, nos muestra su lado más comprometido con el dolor y el sufrimiento implícito en muchas realidades que nos rodean. Un artista en plena madurez creativa que nos devuelve su mirada hacia el mundo a través de unas esculturas que, en su fuerza expresiva, nos llegan al corazón.

Calificar una obra de arte con un adjetivo que apela directamente a la sensibilidad y sentimientos de quien la realizó, parece una clara obviedad. Si por algo se caracteriza el trabajo de un creador plástico es, precisamente, por saber transformar en un relato de sensaciones y sentimientos el mundo que le rodea. Y esto que, en principio parece algo simple, es mucho más complejo de lo que aparenta. Buscar el punto de inflexión entre lo que se quiere relatar o sobre lo que se quiere hacer reflexionar y la forma en cómo se transmite, es un equilibrio tan difícil y complejo como para determinar la propia razón de que una obra creativa exista o no.

Es evidente que el calificativo de sentidas bajo el que Francisco Leiro (Cambados, España, 1957), un referente en la renovación escultórica española de finales del siglo XX, aglutinó el trabajo que constituyó su última exposición en A Coruña, España, es una forma de definición mucho más compleja de lo que pueda parecer. Podríamos decir que nos encontramos con un Leiro quizás “menos conocido”, “sorprendente” o incluso “diferente”, pero no por ello de menor complejidad formal y conceptual. Diríamos que estamos ante un artista que suscita una respuesta, o mejor una manera de situarse, sentirse solidario y comprometerse con la realidad casi cotidiana de la catástrofe, el dolor, la contaminación ambiental, la guerra… que se siente impresionado por ello y reflexiona sobre la condición humana.

Leiro, como cualquier espectador atento al torrente de información que nos llega diariamente, se siente conmocionado por las imágenes del dolor y la brutalidad con las que los medios de información nos bombardean, y que no por ser vistas reiteradas veces, dejan de ser iconos del desastre y la destrucción. Imágenes en blanco y negro que en esta exposición han servido como referencias, telones o casi envoltorios de sus esculturas, emocionantes por su fuerza expresiva, pero también por sus complejas relaciones formales y conceptuales.

De ahí el impacto que el espectador sentía ante obras como GOMA (1994), el cuerpo inerte e inmóvil de un hombre muerto sin identidad, dentro del improvisado ataúd de una pala excavadora. Inspirada en duras imágenes como la de la fotógrafa Jacqueline Arzt que la acompaña, donde las palas excavadoras recogían los cadáveres de los muertos del genocidio ruandés arrojados al lago Kivu, junto a la ciudad de Goma, esta obra nos habla con toda crudeza del sinsentido de las matanzas tribales.

También la muerte y la brutalidad de la guerra, esta vez en Bosnia-Herzegovina, son los referentes de MOLIDO (1999). Utilizando como referencia una foto de Peter Andrews, Leiro plantea como una moderna Pietá la figura de una madre llevando al hijo muerto sobre su cabeza, su único medio de transporte. El cuerpo del muerto de una extraordinaria calidad formal, va sobre una almohadilla, o mol o molido en referencia a una corona hecha con trapo, con la que las mujeres en el rural gallego amortiguaban el peso de los fardos o cestas que transportaban en la cabeza. La contundencia y sobriedad en el tratamiento de la materia que Leiro nos muestra en ambas figuras, acrecientan el fuerte impacto emocional que provoca.

Uno de los desastres que no solo conmocionaron sino que cambiaron la percepción de invulnerabilidad de nuestra sociedad fueron los atentados del 11-S. Leiro traslada esa conmoción a su DAVID (2001) realizada en Nueva York, justo después de esta acción terrorista que causó más de 3.000 muertos y la destrucción, entre otros, del emblemático World Trade Center. Leiro reflexiona aquí sobre el absurdo de cualquier acción terrorista. David sentado en la sandalia del gigante Goliat, se muestra absorto y perdido ante el desastre. Las figuras y sus atributos parecen intercambiables. En realidad, asistimos a una disquisición sobre quien es el ganador o el perdedor en esta batalla, a un cuestionamiento de la propia naturaleza del poder, la fuerza y la violencia.

Pero no solo la destrucción producida por la guerra y el terrorismo son elementos de reflexión, también los desastres ecológicos y medioambientales, como fue para Galicia el hundimiento del petrolero Prestige. Una relectura de extraordinario sentido escénico y conceptual la encontramos en AL PASO (2003), un homenaje épico a la solidaridad de los miles de voluntarios que recogieron el chapapote en las costas y playas contaminadas. Concebida como un paso de Semana Santa, la figura masculina que la corona es la de un voluntario, símbolo de ese colectivo heroico, movido en su lento caminar por las botas manchadas de fuel  –realmente empleadas en los trabajos de limpieza– de las miles de personas que mostraron su solidaridad con el pueblo gallego.

En este último proyecto que ha constituido esta exposición de Esculturas Sentidas, todas las piezas dialogan con las imágenes donde se inspiraron, como si esa impactante y desoladora realidad mediática se convirtiese también en creación escultórica. Leiro no ha buscado tanto representar, como crear una escenografía, construyendo un entramado de juegos conceptuales, donde las piezas entrecruzan diferentes niveles de significación, obligando al espectador a ir más allá de lo aparente o superficial. Su figuración expresionista, deudora de múltiples influencias desde el románico, la estatuaria renacentista y egipcia hasta el expresionismo alemán, han confluido en las figuras rotundas y poderosas de esta exposición que en su basta intensidad, en su combinación de crudeza y sutileza, de energía e ironía son las de un Leiro comprometido, un artista de su tiempo que convierte sus obras en un grito ante un mundo convulso.

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