Bolivia | Artista Multidisciplinar | Erika Ewel

Una suma de historias

Erika Ewel lleva una trayectoria creativa de más de veinte años, a través de los cuales ha experimentado todo tipo de técnica e investigado numerosas temáticas. Del collage al bordado pasando por la instalación, del rol social de la mujer hasta la nostalgia por la venta de la casa paterna. Y es así como todos sus trabajos, finalmente, esbozan el recorrido de su propia vida.

De vuelta a Bolivia, Erika, quiso un lugar completamente suyo. Algún rincón en el mundo donde cupiera todo. Donde, en el fondo, entrara ella misma con sus recuerdos, proyectos, deseos, creatividad, trabajo, familia. “A finales de los ‘80 fui a estudiar a Brasil con 17 años de edad –empieza la artista–. Entonces, en mi afán de encontrar un destino fuera de mi país, se abrieron las puertas de México: y gané una beca completa para hacer la maestría en Artes Visuales. Luego, a finales de los ’90, retorne a Bolivia con la idea de asentarme: tener todos mis objetos en un solo lugar, un espacio propio para trabajar, formar un hogar en fin….”.

A 3500 metros de altitud entre las cumbres cordilleranas, ahí donde las montañas engastan alrededor de ochocientas mil almas, Erika Ewel –boliviana, mujer, nieta, hija y por entonces futura madre– halló lo que buscaba. Y de hecho, actualmente, se encuentra en su “segundo” taller paceño (porque a los trece años, entró al del artista conceptual Roberto Valcárcel y así todo empezó), donde puede gozar de una hermosa vista hacia la ciudad y, sobre todo, de un precioso silencio.

Pues habría que preguntarse si desde allá, tras el multifacético gesto creativo que califica los trabajos de Erika, aquella misma metrópoli en la cumbre del planeta podría convertirse en uno de los “mundos” que la artista desvela imaginando, recordando, fotografiando, pintando o cosiendo. Habría que averiguar si también las alturas andinas que la rodean podrían ser fruto de la misma aguja y del mismo hilo que ahora describen, puntada tras puntada, las reiteradas circunferencias que construyen simbólicamente aquellos “mundos”, caracterizando los paisajes textiles de su última serie.

Y es que siempre –en La Paz como en Belo Horizonte y en México DF– se trata finalmente de que Erika explore una encrucijada de historias: las suyas, las de otros y las de todos: “…el contar historias, el crear historias, el compararme con íconos de la historia, de localizar geográficamente mi historia, de sanar mi historia, de reflejar la historia de mi país, de ser parte de la historia”, afirma.

Entre puntadas (2015) parece arrimarse justamente a aquella intención, ya expresada en trabajos anteriores tales como Cartografías (1997), o las más recientes Lugar propio (2010) y Paisajes personales (2013), de saciar el deseo de “situarse geográficamente” o, mejor dicho, de investigar e intervenir el peculiar entorno vivido tras un impulso osmótico entre el ayer, el hoy y el mañana. Entre el “yo” y “los demás”. De hecho, en estas obras indudablemente definidas por las costuras y los bordados (ya ocupados, aunque con papeles menos protagónicos, en otras series), de pronto re-aparecen muchos de los rasgos poéticos claves de la carrera artística de Erika Ewel. Es decir, se mezclan aquí “lo cotidiano, lo femenino, el diseño de patrones y lo íntimo” en unos paisajes –más bien se podría afirmar en unos “mapas paisajísticos”– que parecen pedir simplemente ser descifrados, leídos, explorados, conocidos. Ser, por último, profundizados e íntimamente compartidos. “Entre puntadas es una recopilación de toda mi producción –subraya Erika– es una serie de collages hechos con retazos de telas de diferentes grosores y calidades. Sobre todo telas de tapices con patrones y encajes. Las tiño, corto y luego las uno con máquina de coser y posteriormente bordo, dibujo con el hilo. El paisaje sigue presente, creo pequeños mundos. Es una continuación de la última serie de collages”.

El asunto es que, hoy en día, aguja e hilo remontan un recorrido multidisciplinario que cruza veinte largos y variados años de producción artística (sea a través del collage, del óleo, de la fotografía, de la instalación o del material textil), aunque finalmente pinchan y enlazan la complejidad misma de la experiencia de Erika: algo amarrado por todos los lugares caminados, las palabras pronunciadas y los estudios cursados. Construidas gracias a las pérdidas sufridas y a los cambios aceptados. Redactado, en fin, tras las diferencias compartidas, las identidades adoptdadas y los amores disfrutados. “Es cierto eso de multidisciplinaria, pero en el fondo vengo haciendo lo mismo de hace 24 años –contesta– Y si uno lee con atención el recorrido de mi producción artística descifra perfectamente mi vida personal. No es que mi obra sea exclusivamente mi vida íntima, uno como creador se puede dar el lujo de inventar, pero las series marcan sucesos personales importantes. Existen –explica– tres grandes vertientes en mi producción: la pintura, la fotografía y los libros objeto”.

Entonces, desde complejos asuntos sociales como la investigación del papel de la mujer (La mujer rota, Doll Papers, 2007) o de la identidad boliviana, hasta eventos absolutamente personales como –por ejemplo– la búsqueda de un hogar (Cartografías, 1997), el casamiento (Retrato de pareja, 2000) o el nacimiento de los hijos (Papeles Privados); desde los primeros collages “brasileros” de aire “pop”, hasta los actuales más íntimos (Wallpapers, 2015) pasando por instalaciones sobre la migración, una cita de la “Ofelia” de Millet (El agua de la Muerte, 2007) y nostálgicas intervenciones fotográficas acerca del anhelo al mar (Antofagasta, 2004); desde los desnudos que investigan los cambios debidos al embarazo (La Virgen de la leche) y los óleos que registran los recuerdos de la casa paterna (Registro del olvido, 2013), hasta los paisajes que en su pacífico taller paceño, actualmente, Erika borda tras el ancestral gesto femenino del coser.

Todos sus trabajos son de considerar, nada más ni nada menos, que la mismísima representación de la senda de la existencia. O por lo menos parte de ella. Mejor dicho: partes de ella. La de Erika sin duda; pero también la de todos. Una senda que, como se ha mencionado, la artista boliviana viene reflejando desde hace ya una veintena de años en cada uno de sus trabajos, pese a la técnica o temática escogida, para acabar definiendo una multiforme suma de sus historias.

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