México | Artista Multidisciplinar | Yoshua Okón

Mirándonos en un mundo que mira hacia nosotros…

A través de videos e instalaciones, desde una mirada crítica y reflexiva, Yoshua Okón nos presenta las extrañezas y contradicciones en las que se mueve la sociedad contemporánea.

En la sala de la galería, la enorme pantalla muestra un cuerpo humano desnudo. Quizá una mujer, que postrada sobre una mesa respira pesadamente. Atrás de ella, un cristal con los reconocibles arcos dorados de la cadena de restaurantes más famosa del mundo y un chico delgado y ágil que, con diligencia, los limpia afanosamente. Los pliegues de su piel, desbordados por el exceso de tejido adiposo, ponen en duda el sexo, no vemos su cabeza, ni la parte superior del cuerpo, solo identificamos sus piernas marcadas de venas torturadas por tanto peso, es el brazo el que le permite salvar la horizontal, para permitir que el aire entre. Respiración arrastrada, como si le costara trabajo jalar la vida a esa anatomía sobre exigida.

Los arcos dorados a sus espaldas, como cabecera improvisada, como vigilante inmutable, son fácilmente reconocibles por todos, han dado la vuelta al mundo y se pueden identificar como uno de los emblemas más preciados de la exitosa sociedad capitalista, de consumo, de comida rápida y objetos desechables, de excesos, de abusos y su consecuente insatisfacción. Nunca es suficiente comida, ropa, aparatos, autos, viajes, casas. Nunca es suficiente y por ello siempre es poco.

La pieza consta de otras fotografías y un video escultura con dos sillas y una mesa cuya superficie es una pantalla, que muestra el movimiento lento del aceite con el que se prepara la comida. Aceite que, por recalentado y viejo, ya esta viscoso y se desplaza con dificultad, como evocando el efecto que provocará en el cuerpo de aquel que lo ingiera. Freedom Fries es el nombre de la pieza que evoca la libertad, o eso a lo que llaman libertad y sus consecuencias. 

Yoshua Okón no es nuevo en la escena del arte contemporáneo en México, Estados Unidos, Chile y otros países del mundo. Lo humano de sus mensajes, la cuidadosa factura de sus trabajos y un amplio historial de exposiciones da cuenta de ello.

Su trabajo se ha decantado por la producción de videos, todos ellos concebidos para el espacio de una galería, con características claras que hablan del estilo del artista y sus búsquedas. La idea primigenia surge de las inquietudes o cuestionamientos de Yoshua Okón, pero están realizados, en su mayoría, gracias a “aliados” que él va encontrando en el camino. Esa es quizá una clave en su estilo, pero también es un ingrediente importante en el contenido de su obra.

Una mujer que pasaba por la calle; el policía aburrido que juega con su macana; el representante de una organización comunitaria o el indocumentado que espera a que llegue un nuevo empleador; se prestan para “jugar” ante la cámara de Yoshua Okón. No sabemos cómo, pero los hace participar obteniendo de perfectos extraños, una actuación, que quedará registrada y será exhibida. Sin embargo es cuestión de conocer a Yoshua Okón, de ver su semblante tranquilo, su mirada inteligente pero diáfana, para calcular por qué le tienen confianza y se dejan llevar por su magia.

Así, por ejemplo, en la pieza Salò Island, Yoshua Okón consigue, que en un apacible y lujoso barrio de oficinas de una ciudad de Estados Unidos, un grupo de entusiastas se desnude, se sujeten a correas de perro y caminen en cuatro patas por las calles, todo eso, por supuesto, evadiendo las rondas de patrullas que resguardan la tranquilidad de la noche. La escena, como el título de la pieza, evocan la película de Salo o los 120 días de Sodoma, en la cual se muestran escenas de crudeza y sadismo dramático, realizadas por aquellos considerados “pilares de la sociedad”.

En la pieza Octopus consigue que un grupo de indocumentados guatemaltecos escenifique, en el estacionamiento de un Home Depot de los Ángeles, la guerra civil en la que probablemente participaron, y lo hacen imaginando convoys de tanques, rifles, barricadas y atacantes rodando por el suelo del estacionamiento o subiéndose a vehículos en formación de defensa. Son adultos actuando como niños en escenas reales, históricas y personales.

Según cuenta Yoshua Okón, desde su estudio de la ciudad de México, para él es importante involucrar al espectador, sacarlo del papel de observador y forzarlo a mirarse o a tener una postura frente a las ideas de las que esta siendo testigo. Sus videos son concebidos de forma escultórica para una galería y siempre cuentan con una explicación, un texto que como él dice, ancla las imágenes que se están observando, con la idea primigenia que dio pie a la obra.

Si algo tienen en común las piezas de Yoshua Okón, es su interés por evidenciar los “pliegues” de la naturaleza humana, las desviaciones políticamente correctas que ignoramos y hasta las escandalosamente reales que dejamos pasar, sin embargo, el hecho de que cada vez sea capaz de conseguir a un grupo de entusiastas, que sin ningún interés extra lo secunde, que no teman al ridículo o a la vergüenza de arrastrarse por el piso o desnudarse en plena calle, reír, llorar, actuar como soldados con rifles simulados; es sin duda un símbolo de esperanza. La naturaleza humana tiene sus sombras y convivimos con ellas, pero también tiene la capacidad de mirarse a sí misma desde afuera, develar sus propias miserias y reírse o llorar. Esa capacidad es quizá la semilla de una evolución, esperanza.

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