Perú | Artista Multidisciplinar | Eduardo Villanes

Entre la hidalguía y el reclamo

Entre la libertad, la realidad, las formas y los mensajes, la obra de Villanes es un ataque a lo real, a lo crudo de nuestra sociedad; un llamado de atención a los sucesos que pasan desapercibidos.

El discurso de la libertad es tan poderoso en las sociedades contemporáneas que nadie se atreve a ponerlo en crisis. Más aun tratándose del arte. Sin embargo, se vuelve un imperativo semblantear el asunto y desmontar, de una vez, el relato ambiguo y movedizo de la libertad creativa ¿Puede realmente el arte ser autónomo, independiente de la política, del condicionamiento ético, de la arena social? ¿Es factible seguir manejando la idea lineal de una historiografía estética avocada a la independencia absoluta? La respuestas, claro está, son bien complejas. Ellas requerirían de un ensayo enorme, un análisis exhaustivo de los procesos creativos a lo largo de la historia humana, demandarían la revisión de la narrativa sobre la que edificamos nuestro sistema de pensamiento. Me bastará en esta ocasión, no obstante, con decir que hay artistas que se mantienen orbitando alrededor de esa otra realidad que acontece fuera del arte. El aquí y el ahora. Autores para los cuales las esclusas carecen de sentido porque todo, al final, es parte del proceso omnímodo de la existencia del hombre. Uno de esos artistas es el peruano Eduardo Villanes (Lima, 1967).

Cuando aventurara mis primeros acercamientos al quehacer de Villanes la suerte, o alguna Moira traviesa, pondría en mis manos la entrevista que le realizara la plataforma Lima Gris a propósito de un acto de censura realizado por la Fundación Telefónica a uno de sus proyectos expositivos. Las palabras de Villanes para la revista me resultaron de una sinceridad y coherencia tal, que no he podido repasar su trabajo sin asomarme al hombre que le antecede. Esa hidalguía del artista comprometido, que muchos consideran pasada de moda, terminaría siendo sobrecogedora. El inmovilismo dentro de la esfera cultural, atizado por otras tendencias estéticas que miran hacia la sala exhibitiva como el parnaso moderno, no deja de dar pena, sobre todo si nos paramos frente a figuras de la talla de este artista peruano.

Así supe que Villanes desarrollaría durante la década de los 90’ una labor artística de filiación activista –hoy en día a esta comunión se le denomina artivismo, y se demarca del “arte político”, esencialmente, por tomar el espacio de la ciudad como terreno natural de la praxis artística y por su involucramiento enérgico en los reclamos sociopolíticos de la ciudadanía. Las principales series realizadas por aquellos años terribles de dictadura fujimorista fueron Gloria Evaporada y Kerosene, ambas referidas a las múltiples desapariciones por motivos políticos acontecidos en el país. El quehacer de este período estuvo marcado por la persecución y la clandestinidad, las carencias, la censura, el dolor. Estuvo atravesado, asimismo, por la voluntad de denuncia, el arrojo y la firmeza. Este sería el inicio del camino de Eduardo, un camino que ha continuado su curso con paso seguro y tremendamente coherente.

La producción más reciente de Villanes mantiene la sintonía con su quehacer iniciático. Su obra entera se articula como una línea ininterrumpida de más de veinte años de vida. Es llamativo que, tratándose de un artista interesado en problemáticas sociales y políticas de una algidez mayúscula, su quehacer se canalice de modo multidireccional en lo que a géneros refiere. En efecto, trabaja el intervencionismo, la performance, el arte de acción, pero también la pintura, la fotografía y el video. Hay en ese gesto una reafirmación de su apuesta por el arte como plataforma de denuncia y disensión. El arte como mecanismo efectivo para el cambio.

Entre sus trabajos más recientes se encuentra Razor Wire, una serie que se traslada al universo de la obsesión humana por los límites y exclusiones. Esta propuesta parte de una experiencia personal del artista a su regreso a Perú en el año 2011, cuando intentó reencontrase con el mar Pacífico desde La Costa Verde: “Para mi sorpresa descubrí que en el distrito de Barranco, una sección estaba cercenada por una alambrada razor wire. A primera impresión semejaba un parapeto, a su alrededor las características plantas trepadoras de flores lila habían muerto. Se construía ahí un exclusivo edificio ‘con vista al mar’, parte del ‘boom de la construcción’, y consecuente pérdida de espacios públicos, que ocurre actualmente en Lima”, señala el artista.

El cambio radical en el paisaje, otrora abierto y diáfano, y ahora agreste, restrictivo y excluyente, le llevó a reparar en el razor wire como divisa física de las barreras contemporáneas. Baste decir que esta modalidad de alambre de púas fue diseñada de modo exclusivo para impedir el paso humano de un espacio a otro. Por ello se ubica en las áreas fronterizas y las prisiones. Partiendo de este elemento de naturaleza agresiva, metáfora de los límites que se ensanchan entre los hombres de nuestro tiempo, Eduardo decidió convertir el alambre en maíz, cultivo autóctono de la región americana. Así, a través del trabajo escultórico, aquello que es causa de muerte y amputación, hubo de tornarse en alimento y vida. Una vez más el peso de la obra se ubicaría en el gesto. La pieza final será sólo una parte del proceso, lo fundamental, no obstante, será la carga discursiva de la acción.

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