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Lo efímero transformado en eterno

Bajo el seudónimo de Caiozzama, Claudio Caiozzi crea una cronología sociocultural de sus obras a través de la técnica del paste-up, una mixtura entre la producción de capturas y el afiche callejero. En la fotografía y el Street art descubrió su pasión por lo inmediato, por el despliegue de lo cotidiano, y comprendió que la calle es el lugar perfecto.

Más de una vez nos hemos preguntado si los artistas callejeros esmerados sufren cuando les pintan un trabajo realizado, cuando alguien les raya, o rompe el muro sobre el que tanto se han esforzado. La realidad es que no siempre podemos alcanzar esa información.

El trabajo de Caiozzama, tiene una minuciosidad y compromiso más que interesante. La técnica que utiliza se llama Paste-Up y consiste en realizar la imagen que desee en un papel, para luego pegarla en la pared como si fuera un dibujo pintado a mano. Según cuenta, esta técnica se origina en París en la época en que no estaban permitidos los grafitis pero sí se podían pegar afiches.

Ahora bien, su obra tiene una conceptualización bastante particular y personal de lo efímero, y sorprende ver su reencuentro permanente con sus obras, a las cuales sigue de cerca para poder ver los cambios o permanencias respecto de su estado inicial. Fanático de los procesos, de las expresiones espontáneas y las respuestas contestatarias, disfruta de volver a ver sus trabajos luego de un tiempo transcurrido. “De dos a tres veces por semana voy a chequear y llevar el registro del estado de mis trabajos. Me interesa saber qué fue pasando, si le escriben un mensaje encima o continúan intactos. Hay obras que directamente veo rotas y otras que quizá ya ni siquiera están. Me gusta seguir el proceso de mis obras, saber todo. No hay ninguna que haya abandonado o que me dé lo mismo si la pintan o no. Necesito saber qué les paso, cómo están. En mi Tumblr posteo cuánto duraron o si todavía se pueden ir a ver”, cuenta el artista.

El proceso de producción de Caiozzama se eleva a un nivel de precisión y detalle que excede nuestra imaginación al momento de ver alguno de sus trabajos; sobretodo porque sabe de antemano si una pared no es adecuada para pegar su obra, dado que conoce las texturas como la palma de su mano. Ahora bien, su jornada laboral es también mucho más que un par de horas pegando papeles: “Las ideas pueden venir a mi mente en cualquier momento, lugar y horario. Suelo estar siempre con mi libreta para anotar todo en el ítem de ‘Ideas’. Cuando comienzo a desarrollarla, me fijo si tengo fotos que haya tomado que me puedan servir y si no encuentro ninguna, me organizo para hacer la foto. Consigo el modelo que necesito, busco la locación y hago la foto. Ya en Photoshop voy viendo qué deseo retocar y juego hasta que ya me doy por satisfecho. Luego lo dimensiono y siempre hago todo lo posible para que sea en tamaño original. Imprimo, recorto, enumero y me voy a la calle. A veces elijo la pared con tiempo y otras las decido en el momento. Una vez que la decido, voy a la noche a pegarla y a la madrugada voy nuevamente para fotografiar la obra y tener un registro de cómo la dejé yo. Si después lo rompen, pintan o rayan es parte de la evolución de la obra”, explica sobre su proceso.

Caiozzama solía hacer trabajos con superhéroes, hasta que un día comenzó a manifestar su manera de ver el sistema capitalista con una capa artística satírica, ácida y de mensaje directo. Dejó de avocarse al fanatismo adolescente rebelde, para convertirse un comunicador en diálogo directo con el minuto a minuto del mundo y el compromiso social a través del arte. Él es un convencido de que en la calle sucede la vida, que es el lugar en el que todo puede suceder. “La calle da para todo, es pública. Si te encuentras con un billete en el piso, es tuyo a partir del momento en que lo encontraste. Si ves algo que no te gusta en una pared, lo sacas. La gente se apropia del espacio público y hace lo que quiere. Mi obra del monje Louis Vuitton, por ejemplo, está hace un año y aunque el edificio fue pintado nuevamente, el monje quedo intacto a pedido del administrador”, cuenta. Sobre el giro conceptual de su obra explica: “fue un día en que usé la imagen de una china con una bandeja llena de frutas, típica de la propaganda de la abundancia de Mao. Llegué y reemplacé la fruta por un Big Mac. Ahí pensé en porqué no darle mi punto de vista a los problemas que tenemos a nivel mundial. Así empecé a combinar el humor con sentido, con la crítica y el intelecto, con la capacidad de reflexión”.

Desde su trabajo social, Caiozzama, se permite jugar en los dos lados de la cancha. Del lado del productor de sentido crítico, a través del arte y la provocación, como también desde la mirada del transeúnte, al que permite completar su obra para integrarlo en su transcurso y maduración. Si bien se toma el trabajo de visitar sus obras para realizar un seguimiento de su evolución, no lo hace desde un lugar de control sino de registro, de estudio y hasta de análisis de recepción. Le divierte, enriquece su obra y le permite aprender a desprenderse de una manera diferente. Su obra no se vende, se regala, se comparte.

Aun desde el paste-up, las paredes absorben sus trabajos en la recepción popular. Por afinidad o rechazo, integran el circuito del día a día y son una invitación al pensamiento, la identificación y el diálogo. La obra de Caiozzama comienza en la fotografía para mezclarla con el arte callejero, pero no hay dudas de que su trabajo clasifica en la categoría de arte comunitario, dado que concluye en las manos de quien decide darle su toque final.

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