Brasil | Fotografía | Julio Bittencourt

Sudor fotográfico, impacto latino

Cuando Brasil significa colores traducidos en alegría, pasión y fuerza, el trabajo de este artista genera un territorio que desnuda un nuevo mundo visual, desgaja su sonrisa y nos plasma la realidad corporal de esta sociedad, para combinarla con el espacio en el que todo sucede. Con impronta latina, cambia el foco de diferentes países y, con impensados puntos de vista, nos muestra fotos donde parecía que nada pasaba.

Julio nació en San Pablo, pero como su padre era periodista de un diario financiero lo derivaron como corresponsal a Nueva York. En 2002, comenzó su carrera como fotógrafo, luego de estudiar diseño industrial, rápidamente comprendió que si bien la estaba disfrutando, no era algo que realmente lo apasionara. Mágicamente, y casi de casualidad, apareció la fotografía como un accidente que acomodó los pasos de este artista hacia otro foco. Sin dudas, las dos ciudades que formaron su cultura de vida, son potencias que impulsan desde raíces disímiles. Él logra mezclarlas en un diálogo común y las expone en un negativo revelado que narra y desarma la lógica, para comunicar entre brillos y sombras un mundo más.

Cada una de sus series cuenta un relato diferente, donde la identidad se mantiene a través de cada imagen y se confirma por medio de sus paletas de color, de sus miradas precisas. “Creo que todos tenemos nuestros backgrounds, nuestras historias de familia, de amigos e intereses personales que van modificando nuestras vidas. Como fotógrafo sucede lo mismo, uno va cambiando según las propias experiencias. Siento que ser un fotógrafo siempre será un permanente work in progress, como en la vida misma”, cuenta Julio. Y a la hora de recordar sus experiencias más movilizantes, comparte: “Desde mi primer proyecto, Las ventanas de Prestes Maia, fui fotografiando aquello que me resultaba más familiar: la sociedad y su entorno, los ambientes que rodean a cada persona, el contexto de las ciudades”.

Lo que cuenta, se evidencia en sus imágenes. Quizá, si no supiéramos su país de origen, lo estaríamos intuyendo. La serie de las ventanas a la que hace referencia, es una de las pruebas de todo aquello que hace la personalidad de sus obras: colores tierra, grises en potencia y un manejo de luz, sombra y brillo que parece de otro planeta, pero que inevitablemente hablan de Latinoamérica, de la fuerza desgarradora y sublime de miradas directas, de risas espontáneas y de un zoom que se direcciona casi naturalmente al foco del suceso.

Además de sus ventanas pobladas de vida y de esa cotidianidad infinita que se reinicia en cada prenda colgada para secarse, también existe el mundo silencioso de Kamado. Despoblado y sin risas, toma el lugar de recuperación del espacio y resignifica el vacío rescatando el espíritu de sitios en los que sucedió más de lo que inmediatamente vemos. “Kamado fue realizada en Japón. Es un trabajo que intenta comunicar el paso del tiempo, aquello que llevamos con nosotros para toda la vida, como también lo que dejamos atrás. La idea de retratar fábricas abandonadas también está presente en la serie Some things are lost never to be found again. Me fascina ese contexto de trabajo que tiene un fuerte anclaje en el período industrial y lo vinculo directamente con la ansiedad y la curiosidad que nos lleva a preguntarnos todos los días lo mismo: ¿hacia dónde vamos?”, reflexiona.

En Kamado, además indaga sobre las superpoblaciones, las cuales exceden la presencia de un protagonista en su imagen, y aquí reside la magia de su obra. Aún cuando el espacio parece vacío y desolado, oscuro y apagado, tiene la capacidad de transmitir un sinfín de sensaciones que transportan a un mundo de recuerdos, que invitan a imaginar todas las historias posibles, poniendo en juego un desafío sensorial que, indefectiblemente, moviliza las interpretaciones básicas de cualquier espectador. Lo solitario puede tener un carácter de firmeza, aún cuando el mito de la soledad está rodeado de tristeza.

Las obras de Julio Bittencourt no pasan desapercibidas en el circuito de fotógrafos del mundo, sus trabajos fueron publicados en medios como Time, Le Monde, The Wall Street Journal, The Guardian, Stern y The New Yorker, entre tantos otros que representan la prensa internacional más importante, no sólo del nicho de aficionados, sino también en cultura. Esto solo nos confirma que estamos ante una obra que explora la materialidad de la imagen más allá de lo que puede narrar una situación naturalmente. Julio es un entusiasta, ávido de atravesar las posibilidades de la estética y jugar con la imagen para satirizarla con respeto y cuidado visual. Aunque la fotografía esté expuesta a la naturalidad de lo espontáneo, es muy difícil que algo quede ligado a la desprolijidad del azar o a la desatención al entorno.

Las idiosincrasias de San Pablo y Nueva York son inevitables. La presencia de una multiculturalidad de lenguajes visuales se expresa de manera libre en una comunión de brillos y sombras. Esto se presenta como la mejor manera de cruzar esencias y hacerse cargo de la actualidad de las comunidades. Sin dudas, Bittencourt realiza un trabajo social a través de la fotografía y se compromete con su visión personal: “Capturar el tiempo significa hacer que esa energía siga manteniendo su propia luz”, explica.

La unidad de sentido y paletas de color, son dos condiciones de sus obras completas. Va por más y sigue comprometiendo la esencia de su arte, dejando en claro que su hilo conductor es aquello que nos une más allá de nuestro origen o historia personal. Allí donde exista una imagen de Bittencourt, habrá una expresión de cuerpo y esencia, de materialidad y tiempo. Su obra es la presencia infinita del ser en una fotografía iluminada por la potencia humana.

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