Cuba | Pintura | Ángel Ricardo

La pintura como salvación

A través de la pintura, de las manchas y de influencias tomadas de artistas como Jackson Pollock quien consideraba a la pintura como algo con vida propia, Angel Ricardo, crea una obra que mezcla los límites como una borrosa silueta difícil de identificar.

Ángel Ricardo Ríos (Holguín, Cuba, 1965) mantiene una relación íntima y gozosa, intensa y bestialmente humana, con su obra. Esta relación, que se distiende en el momento de la implementación y gusta del contacto directo con lo material, se convertirá, en su caso, en una obsesión sensualista e inmoderada. Si bien no es pertinente hablar de un automatismo pictórico como el que se observa en la producción de Jackson Pollock, se vuelve inaplazable destacar la naturaleza gestual del accionar de Ángel Ricardo. El motivo iconográfico central de su trabajo, viene a representar –dentro de ese universo enrevesado y prolijo que son sus telas– una suerte de coartada. Un pretexto para recalar en lo verdaderamente importante: el abandono consciente al arbitrio de lo procesual.

Por otra parte, es imprescindible volver con vistas a un entendimiento más justo de su obra, sobre el vínculo especial que establece con el boceto. Durante mucho tiempo, la pintura y el dibujo funcionaron para él a modo de apoyo bidimensional de proyectos instalativos y objetuales. Esta especie de subordinación inicial de lo pictórico, que incluso en aquellos momentos gozaba de cierta independencia, poco a poco fue reclamando su derecho a la autonomía total. Un impulso irreprimible le obligó a asumir la pintura como nuevo centro de acción. La necesidad de reinterpretar el boceto o, en cualquier caso, de situar la gestualidad que le es propia como escaño fundamental de su quehacer, apunta nuevamente al terreno de la pintura gestual norteamericana. Estamos hablando, pues, de una obra que no reparte jerarquías entre las diferentes etapas de su desarrollo. Cada segmento constituye un evento independiente (e igualmente prioritario) y, como tal, la vivencia experiencial viene a ser lo verdaderamente valioso. Lo que cuenta, diría Rosenberg, “es la revelación contenida en el acto”.

Podríamos afirmar que la labor de Ángel Ricardo posee un frenesí endogámico. En su afán por desdibujar los límites entre los espacios que la articulan, todo termina mezclándose consigo mismo y su vecino cercano. Quizá por esto no acabamos de fijar con exactitud dónde comienza y termina su trabajo; dónde la presencia autoral o la intervención receptiva. Esta explosión incontenible de color, formas, texturas, humedades, se apropia de la tela en su totalidad y se expande más allá de sus límites físicos. Nos salpica. La performatividad contenida en las piezas, y que se ubica en el epicentro mismo del ademán pictórico de Richard, implica al espectador de una manera fruitiva y desprejuiciada. Hay un llamamiento provocativo que sobrepasa los predios de lo representacional, hay juego y divertimento. Placer sensorial. Es tan tremendo su convite a la desmesura, tan efectivo y pulsante, que terminamos participando de ello. Nos dejamos llevar.

En varias oportunidades se ha comentado, no sin razón, que su obra concurre a la metodología barroca . Yo agregaría, además, que se trata de una asunción de nuevo tipo, una que destierra de su agenda pactos y comitentes, trascendentalismos. La única exaltación cierta será la de lo instantáneo –el aquí y el ahora– y su desborde sensible. La panacea contemporánea sin legislación o cota, podríamos decir. Esta reafirmación de lo efímero no se encuentra, pues, atravesada por cuestiones éticas. Para nada. Todo lo que acontece en la superficie libertina de sus lienzos, carece de trasfondos normativos. Vamos, que no existen segundas intenciones. Lo que vemos es precisamente lo que es, amén de la teatralidad que lo envuelve. Sería un absurdo pensar que su obra se construye desde una ética teleológica.

La irracionalidad de su quehacer, marcado por esta huella barroca de matiz postmoderno, hurga en las principales grietas de nuestro tiempo. Echa por tierra, con el desenfado de quien no sabe de regulaciones, cualquier moralismo decadentista. No habrá cordura en esta arena, ni principios rectores, ni reglas. Su universo es anárquico por decreto. La armonía en la obra de Ángel Ricardo (si tal cosa existiera) se enquista en el desequilibrio, en la desproporción. Cuando imaginamos que todo está por terminar, da vuelta al casete y recompone la pista. Una y otra vez, una y otra vez, ad infinitum. Esta insaciabilidad de sus propuestas está condicionada por un apego inaplazable, feroz, cuasi patológico por lo somático. De ahí, que destierre toda mediación con el material. El contacto es directo, sin agentes terciarios. Y no podría ser de otra forma tratándose de un trabajo en el que lo eventual supera en importancia al objeto mismo.

Ricardo necesita tocar el óleo, la tela, los diluentes, empaparse de sus humedades, embarrarse con los pigmentos. Esto hace que emplee sus propias manos como herramienta predilecta, obligándose a preterir otros dispositivos de uso frecuente. El hecho de asumir el proceso pictórico en tanto acontecimiento efímero  conlleva a que el gozo aflore, más que nada, como resultado de una tensión interna en las piezas y no como contenido temático (aunque este se encuentre, lógicamente, implícito en el entramado de la obra).

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