Perú | Artista Multidisciplinar | Ana De Orbegoso

La identidad como flujo

Cuando uno habla, y piensa, y construye la historia del mundo o de su nación, está hablando, pensando y construyendo –nadie lo dude– su historia personal. Cuando uno da un paso atrás, un paso que puede ensancharse por dos, tres o cien siglos y vuelve al inicio de los tiempos, al momento genésico en el que resulta un despropósito desligar norte y sur, blanco y negro, bueno y malo, uno está rearmando la historia de su vida.

Pensar al hombre como elemento omnímodo o esclusa, resulta un acto de conciliación. Porque el relato más íntimo sobre nosotros se encuentra allá, afuera, en el primero de los anónimos que habitara nuestra tierra, en el sujeto que saluda desde la vecindad y también en el forastero, el extraño, el desconocido. Así, vamos definiéndonos a partir de contrastes y cercanías, por pertenencias y exclusiones.

Ana De Orbegoso participa de una convicción semejante, de ahí que los entresijos de la identidad le obsesionen. Porque si nos acercamos con detenimiento a su quehacer, un quehacer atravesado por desplazamientos indistintos hacia el “adentro” y el “afuera”, podremos constatar la naturaleza dinámica de su mirada. Es la suya una vocación holística, que posiciona al sujeto en medio de escenarios cambiantes, variables. A la idea de quietismo identitario, ella contrapone fluidez relacional, contextual e histórica. Y este gesto, implementado desde una obra fotográfica, procesual y videográfica nos devuelve al ser humano en su infinita complejidad.

De Orbegoso desmonta las retóricas que articulan nuestra personalidad como un corpus definido y cerrado. También lo hace con las nociones de cultura nacional y pertenencia regional. Toma las múltiples piezas que componen el puzle y ensaya diversas variaciones. Se trata de una estrategia dual, un ardid fundamental para entender al hombre sin mediaciones teleológicas. Con respecto a sus indagaciones en torno a los procesos identitarios, la artista comenta: “Uno de los conceptos recurrentes en mi trabajo es la identidad, personal, social, cultural, histórica. La manera de expresarnos es producto de la imagen que tenemos de nosotros, desde cómo percibimos, nos comunicamos, hasta cómo modificamos nuestro entorno o qué objetos elegimos para construir permanentemente esa imagen. La identidad no es algo acabado sino un proceso dinámico. Cada una de mis obras aborda este concepto a partir de iconografías variadas, que exploran diversas perspectivas de análisis”.

Quizás una de las series fotográficas que mejor recoge esta especie de polivalencia, inherente al fenómeno de la configuración identitaria del hombre, sea Partículas, la cual establece paralelismos simbólicos entre la configuración de los procesos físicos y culturales humanos, y el comportamiento de esos ínfimos segmentos de energía que componen la materia. Las partículas se confabulan, bajo la coartada de una circunstancialidad aleatoria, para construir lo que vemos, tocamos, sentimos. Cada fisonomía puntual está condicionada por sus conexiones con el grupo y sus interacciones con el medio. Una y otra vez las permutaciones propician la vida y, esa vida, se desarrolla y toca fin. Pero siempre hay algo que permanece, una estructura básica que sobrevive a la casualidad. De manera análoga va a constituirse la idea del hombre sobre sí mismo y tomará cuerpo la historicidad humana: la transmutación es la clave en todo caso. La grandeza de esta serie emana de su vastedad discursiva, de la pluralidad de lecturas que se entretejen al interior de las piezas.

El hecho de que el quehacer de De Orbegoso se halle atravesado de un extremo a otro por el tópico de la identidad, hace que la vuelta a los mitos fundacionales y sus protagonistas resulte un acto tremendamente coherente. En efecto, semejantes relatos fungen a modo de espejos en los que se nos permite asistir a nuestro devenir como sujetos culturales. Da igual si se trata de ficciones antiguas o medievales, personajes de aquí o de allá, su función en el ordenamiento de nuestra leyenda identitaria es fundamental.

En este punto el trabajo de Ana se ensancha de modo notable, pues indaga con similar acuciosidad en tradiciones distanciadas geográfica y temporalmente. Ahí tenemos los casos de Ícaro y el mito del ángel caído, Vírgenes urbanas e Himnos. Cada uno de estos proyectos, desde recursos y estrategias diversas, desmonta las lógicas que pautan los mitos y comenta sobre su incidencia en el presente. De nuevo la artista nos posiciona frente a nuestra imagen, ese reflejo velado que, como latencia, se manifiesta en quienes somos, asoma a la superficie y nos aborda. Y muchas veces no sabemos qué responder.

El afán de Ana De Orbegoso por desbrozar los tejidos más íntimos de nuestra identidad, le ha llevado a adentrarse en los múltiples relatos que la constituyen. Para ello asume un modelo rizomático que dispara las búsquedas en sentidos varios, en ocasiones contrapuestos, en ocasiones asociados. La certeza de que somos entes en flujo, condicionados al contexto que nos acoge, la historia que nos precede y las experiencias que construimos, permite trazar un enrevesado mapa sobre nosotros mismos. Este mapa, que cobra corporalidad en sus piezas fotográficas, videos y acciones relacionales, dibujará su morfología en relación con el momento y lugar que habitemos. Eso sí, cada versión resultará diferente, inédita. Una suerte de variación del río heraclitiano que siempre es el mismo y, sin embargo, nunca lo es.

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