Francia | Fotografía | Anthony Mirial

El neón o la luz rechazada

Apropiarse de la imagen para crear otra composición diferente, jugar con los colores, los detalles y proyectarlos en un lienzo curvilíneo, en la desnudez de sus modelos que posan durante la noche en estacionamientos abandonados bajo una luz de neón, la luz olvidada por todos, inútil para la fotografía. El cuerpo, el soporte elegido por Mirial, absorbe esa luz y brilla cada noche que sale a fotografiar esas ideas que lo obsesionan.

El camino que toma Mirial para componer sus obras tiene varias etapas, como un ritual. Siempre con la cámara en la mano, retrata desnudos sin saber qué hará con ellos. Es su gusto por el cuerpo, lo que representa y por mostrar conceptos a través de una fotografía subterránea y diferente. Luego, va a los museos, galerías, y busca sin cansancio aquel detalle, un color, un objeto o un rostro que le llame la atención para hacer nuevamente click y coleccionar restos de imágenes que luego superpondrá en esos cuerpos retratados en un estacionamiento. Cientos de capas de imágenes para dar a conocer una mirada crítica, emotiva y compleja de la realidad.

Antony Mirial (26) es un artista francés que descubrió la fotografía cuando tenía 20 años, y fue toda una revelación. Pero, como odia los estudios, decidió convertir los estacionamientos de su universidad en uno y junto a un amigo comenzaron a ir noche tras noche a sacar fotografías y posar, practicar y crear. El juego con la luz sobre el cuerpo hizo que Mirial comenzara a experimentar en la oscuridad de los estacionamientos abandonados de Nice, Francia. Fueron esas noches dedicadas a la fotografía en que se dio cuenta que la luz de neón era diferente, rechazada, olvidada por el resto de los fotógrafos, por ser muy pálida y fuerte, pero que sobre el cuerpo –exclusivamente sobre el cuerpo y no sobre la tela– quedaba estampada de una manera particular: “La paradoja es crear cuerpos brillantes en la oscuridad”, explica Mirial, y alejarse, a su vez, de la fotografía de moda y el mundo pop.

Para él su trabajo es crucial, es más, asegura que su vida gira en torno a su trabajo, lo que le parece fascinante a pesar del tiempo que le ocupa, en sus palabras: “Muchas de las cosas que no puedo hacer en mi vida las hago a través del arte. Todas las cosas que denuncio con mis obras son cosas que tienen relación con mi vida, como la infancia, la identidad, la mujer”.

El primer fruto de esta experimentación fue la serie Nus Sacrés –algo así como Desnudez Sagrada-, que surgió dos años después de tener la idea de componer con el cuerpo y las imágenes. En ella muestra el cuerpo femenino en todo su esplendor, cubierto por vitrales de antiguas iglesias, con sus colores, motivos e historias, que se plasman en esa piel que ha sido objeto de críticas por parte de las religiones. “Esta serie, en un comienzo, fue hecha para hablar de lo sagrado, y el cuerpo de la mujer perdió su condición sagrada con la pornografía y la moda. Esta visión del cuerpo desnudo pero vestido con un vidrio de color es una paradoja y una crítica a la religión. Es mi forma de hablar de la libertad de expresión: un cuerpo desnudo que no es libre, vestido por la religión, el humano encarcelado por sus propios dioses”, explica el artista.

Componiendo con luces

El instinto y una idea que comunicar son lo necesario para dar vida a estas obras, las cuales van tomando forma gracias a la magia de la superposición de cincuenta, o incluso cien, imágenes para formar una sola composición. Pero a pesar de que la mayor parte de su trabajo es digital, también hay elementos hechos a mano, como la ceniza con que pinta los cuerpos antes de retratarlos. Un escenario y un disfraz perfecto para que la imagen quede fija en su objetivo.

La ausencia de rostros en sus capturas habla también de una obsesión por la identidad, por mostrar sólo humanos en medio de otros humanos. “Puedo ser más íntimo cuando no pongo rostros, porque puedo esconderme a mí mismo y al espectador detrás del personaje de la imagen”, afirma Mirial para hablar de algo que va más allá de un sujeto individual, sino un problema, un tema, una idea, una denuncia o una inquietud que afecta a todos por igual, al ser humano en general, y que con sus fotografías logra transmitir.

Mirial va más allá y reflexiona: “El arte para mí es algo que te da una cachetada. Algo que te ayuda a abrir tus ojos a un nuevo horizonte, que te hace reflexionar. Pero hoy el arte más famoso en el mundo es realmente comercial, con un mensaje fácil de comprender: es grande, es brillante, es la cultura pop”. Y esta cultura pop es la que nos invade constantemente, la que se aparece ante nosotros como un televisor de plasma mientras conduces, mostrando diversas imágenes llamativas, pomposas, o cuerpos alejados de su naturalidad y de lo sagrado; una versión del ser o del individuo que se llena de comercio y mercancía, de vidas superfluas que se barajan en tan solo unos minutos de publicidad. Pero en la obra de Mirial hay más, y es por eso utiliza esa luz renegada, y convierte en estudio lugares abandonados en medio de la noche: para alejarse de ese mundo que brilla falsamente sobre ropas y cuerpos modificados, sin respetar la naturaleza y el sentido de un cuerpo, que no se puede medir en términos de belleza o fealdad, pero que sí se puede mostrar en su totalidad gracias al neón y unas cuantas capas de imágenes que dan sentido y significado al arte subterráneo de Mirial.

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