Alemania | Artista Multidisciplinar | Isabell Beyel

Espejismos develados

A simple vista los rostros femeninos son lo más evidente, sin embargo en la observación detenida, un mundo de fragmentos ubicados ordenadamente nos habla de la posibilidad de un espejismo en el que, de repente, esa imagen que veíamos se ha vuelto ilusoria.

Nacida en Mönchengladbach, Alemania, Beyell se forma académicamente en derecho y recursos humanos, hasta que en 2003 se vuelca de lleno de manera autodidacta al mundo del arte. Sus primeros pasos los realiza de la mano de la pintura al óleo y en acrílico, hoy la técnica mixta, junto al collage y la pintura sobre plexiglás, la definen en un estilo propio y particular, consolidándose como una de los exponentes  del arte contemporáneo alemán.

Si bien muchos textos la definen como una artista realista y esteta, es preferible destacar su mirada más allá de las apariencias de una imagen cerrada y delimitada. El punto de la partida de su proceso creativo guarda estrecha relación con la fotografía, y es solamente eso, un punto de partida de algo que trasciende la figura retratada de la primera impresión. Esto genera que la observación de su obra sea necesariamente detallada y detenida, no apta para apresurados o alienados urbanos que viven en plena ligereza de la vida. Invita al espectador a detenerse y observar, es allí en donde lo que aparentemente sugiere un rostro femenino –que enfrenta con su mirada al espectador– de repente se transforma en un sinfín de fragmentos de objetos.

Sin muchos indicios de lo que nos pueda brindar la artista, se puede comenzar a descubrir su obra a través de la herramienta discursiva de los títulos de cada obra, los que nos ofrecen la oportunidad de generar lecturas abiertas y subjetivas de la percepción propia de cada uno, como ocurre con la obra Fata Morgana. Esta pareciera vincularse con la película homónima de Werner Herzog, de 1969, y además con la noción de espejismo, el cual hace evidente la tesis sobre esta mirada en particular, ya que el espejismo es una imagen aparente que –incluyendo al deseo sobre algo– en la distancia representa una cosa y al acercarnos muestra otra. Sin embargo, ambas situaciones son representaciones de la realidad, como bien ilustra el clásico ejemplo que se genera en plena naturaleza producto de las corrientes de aire caliente en espacios áridos, como el desierto, y que generan una idea de movimiento visual que sugiere un espejo de agua.

En el caso de las obras de Beyel, la apariencia de estas féminas hermosas, jóvenes y radiantes que en la lejanía se ven perfectas, muestran otra realidad al acercarnos y notar de qué están hechas. Es por algo que cada una de ellas nos enfrenta con la mirada, ¿nos invita a acercarnos? Muchas veces desafiantes, en otras sorprendidas o melancólicas, la pose podría considerarse una constante, la mirada en profundidad de unos azules intensos. Son todas muy jóvenes y espléndidas, ¿modelos? ¿Y qué guardan detrás de ellas estas solitarias ménades?

Miles de fragmentos ordenados, pensados y rigurosos, esos fragmentos con los que se construye la memoria; y que, de inmediato, nos hablan de su origen y desecho, podríamos suponer que la expresión de deseo de una juventud radiante, como la de estas mujeres retratadas ¿tienen la misma finalidad del desecho, en el ocaso de su uso? ¿Es acaso una crítica a la sociedad de consumo en la que estamos inmersos y cómo esa lógica de lo ilógico se aplica a los seres humanos?

Para la mayoría de la gente la observación de estas jóvenes se traduce en un ideario de belleza, asemejándolas a las modelos, y nos naturaliza la idea de que la belleza va de la mano de la juventud. Las damas mayores no son objeto de belleza de las grandes marcas de diseñadores, salvo contadas excepciones, es entonces donde nuestra decadencia como sociedad entra en juego ya que permitimos esta mirada cosificada de los seres humanos, en este caso de la figura de la mujer.

Sin embargo, la mirada de Beyel nos muestra una analogía en dos estratos, por un lado ese rostro femenino de obsolescencia programada (el ocaso de la belleza); y, por el otro, los desechos materiales generados por el brutal consumismo imperante. En ambos casos la finitud y el desecho son generados y, lo que es peor, naturalizados por nuestra sociedad que impávida no puede ver más allá de su termómetro particular, trayendo de manifiesto una completa falta de empatía hacia el otro.

En estos tiempos, en los que se hace urgente una plena consciencia de los recursos naturales y de su uso controlado y regulado, también se vuelve apremiante un cambio rotundo de mentalidades. Sobre todo desde el actual contexto bélico reinante en la que cientos de miles de inmigrantes escapan de las guerras, y donde se convierten en la idea de desechos de la sociedad, gente a la que nadie quiere ver, de la que nadie se hace cargo.

En Les Mèmoires, cientos de fotografías en blanco y negro son apiladas, ¿quiénes las habrán tomado? El recuerdo se transforma en fragmento y desde la decisión de la artista de incorporarlas a su obra, en rescate. No sabemos la historia detrás de cada una de ellas, ni la vida detrás de ellas, sólo el enigma de querer saber por qué alguien decidió registrarlos ese momento, es así que en la conjunción de todas tenemos una suma de instantes, de jirones de vida. En este caso, en particular, el rostro femenino ya no guarda un lugar predominante, incluso se vislumbra en una gestualidad dada por las pinceladas expresivas de un negro casi pleno, la piel está construida a partir de corchos, la mirada no es azul sino profundamente negra y penetrante, los labios rojo sangre nos intimidan a ir más allá de ella. Desafiante, nos invita a vislumbrar la importancia de la documentación de los registros fotográficos, en una época en la que la virtualidad nos domina, la permanencia de los recuerdos se encuentran al filo de su desaparición. La masividad de la digitalización de las imágenes no es garantía de permanencia, la profusión de aplicaciones fotográficas y la invención del aspecto más ególatra de la fotografía, la selfie, hace de la vida una suerte de filtros bellos en la que la cotidianeidad es posada y preparada.

Beyel nos muestra que esa individualidad y falta de empatía, trae aparejado una decadencia de la sociedad, con lo cual –como corolario– nos invita a detenernos y mirar más allá de nuestras superficialidades.

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