Perú | Artista Multidisciplinar | Christian Bendayán

Mito, antropología y erotismo

El pintor Christian Bendayán nació en Iquitos, la ciudad más importante de la Amazonía peruana. Con las vivencias de este lugar único empapa hoy sus trabajos; contribuyendo a la evolución de un Arte Amazónico en el cual se mezclan influencias opuestas tanto a nivel estilístico como desde un punto de vista socio-cultural.

A Iquitos no se llega sin embarcarse a un avión, o abordando un barco para navegar las limosas aguas del Amazonas. Aproximadamente mil kilómetros dividen la metrópoli peruana –magneto centralizador de la vida del país– desde este importante puerto fluvial engarzado al confluir de tres diferentes ríos, justo en el medio de la selva. Sin embargo, la separación parece ser mucho más profunda: las aguas dulces que la rodean y las prosperas frondosidades que la envuelven han dejado una huella social, cultural y tradicional que la urbanización no pudo borrar.

Christian decidió representar esta atmosfera ambigua, real y mágica, actual y secular, trágica y onírica. Una osmosis entre el lodo que brota del gran río y la cerveza que espumea psicodélica en las muchas discotecas de la ciudad; una unión entre el mitológico erotismo indígena que chorrea desde los árboles y la sexualidad
desenfrenada que empapa las multitudinarias fiestas iquiteñas. La mezcla entra las legendarias sirenas que, según los nativos, pueblan las aguas del Amazonas y las prostitutas que abundan en la escala comercial más importante de la región. “Ha caído una lluvia ligera –imagina, o probablemente recuerda, Christian– pues en una ciudad tan calurosa, un mínimo de frío en el ambiente hace que todos se refugien en cama. Parece entonces como si fuese un colador que filtra lo más extraño. En la calle solo estarán unas cuantas personas; cargando sus historias. Por eso es un buen momento para caminar con una cámara, conversar con algún desconocido, compartir la soledad. Es un buen punto de partida para un cuadro”.

Christian, por lo general, pinta a quienes ya ha retratado en una instantánea. Amigos o personas que va conociendo en la calle, como ocurrió, por ejemplo, en 2007 con la serie de retratos que tituló Domingo de Ramos: “Le puse ese título porque los siete personajes que retraté los había conocido en un solo día, el Domingo de Ramos. De ese modo testimoniaba las posibilidades que me da Iquitos para conocer y reconocer personajes”, señala el artista. Y ahí están: una Madre soltera, un Chauchero, un Pirata, Carmen y una Anciana ciega, quienes son, en definitiva, unos de aquellos que pese a la lluvia, siempre se quedan afuera.

Sin embargo, desde 2010 la poética artística de Christian evolucionó hacia una dimensión más consciente de lo que iba representando, al darse cuenta de cómo Iquitos es una ciudad capaz de vivir únicamente en el presente, en sus palabras: “es como si el tiempo no existiera”. Razón por la cual sintió la necesidad de retomar la historia, la tradición y la herencia que constituye el substrato socio-cultural iquiteño/amazónico para entender plenamente lo que venía pintando hacía más de una década: retratos cotidianos del Iquitos actual. “Es así que tanto imágenes de archivo como piezas de arte del pasado empezaron a sugerirme distintos temas que llevé a la pintura. Partiendo de esas ideas fui buscando los personajes que dialogarían con estos fondos históricos”.

Parece ser la sublimación del denominado (nuevo) Arte Amazónico. Una producción donde se mezclan instintos e influencias consideradas opuestas. Desde lo chamánico y lo mitológico al Pop Art, desde el símbolo a la realidad social. Desde el intenso cromatismo típico del muralismo a la psicodelia de los nocturnos letreros de neón que constelan las calles de Iquitos.

Por un lado Christian lleva a cabo una producción identificable con un estilo realista, fotográfico, de denuncia social, caracterizado por una pincelada que bordea la investigación antropológica; por otro, no cabe duda de que improvisadamente, el pintor interviene sus representaciones a través de un bombardeo simbólico/mitológico de antaño que lleva las imágenes a un nivel mucho más cercano al éxtasis alucinado provocado por el ayahuasca y las continuas celebraciones reguetoneras asfixiadas por la humedad de la selva. El resultado es un derrame de evidente erotismo, siempre en vilo entre una frágil despreocupación, una ingenuidad juvenil y una actitud profundamente maliciosa y sexualmente frenética, donde la cosmovisión amazónica se empareja y revuelca con el más moderno entretenimiento urbano: el hermoso y deseable cuerpo de una joven yace pícaro y desnudo en la pista de baile de una onírica y fluorescente discoteca, mientras una azulada anaconda envuelve reptante sus bellezas. “Crecí en un espacio donde la sexualidad es un elemento presente en cada detalle. La selva, en su naturaleza misma, es un espacio de reproducción permanente, por ende sus ciudades gozan de un carácter, cuando no sensual, lujurioso –explica Christian. El sentido primario de mi producción radica en el goce: ver una pintura debe ser tan divertido como bailar un reguetón. En mis representaciones no busco belleza, busco placer. El de gritar, el de denunciar, de despertar, de erotizar”.

Actualmente Christian Bendayan vive en Lima y, al entrar al taller, desarrolla un trabajo diferente del que, previamente, lleva a cabo en la calle: “Pinto, por lo general, con óleo sobre tela a partir de bocetos digitales que construyo con varias imágenes –relata el artista– que en algunos casos llegan a ser más de 30 fotografías hechas en distintos periodos de mi vida. Estas se combinan, en la mayoría de los casos, con imágenes de archivo histórico. Luego vienen todas las modificaciones que puedo hacer desde la pintura misma sobre el lienzo”.

En fin, combinaciones de escenas y sensaciones que acaban representando el multifacético y osmótico universo iquiteño alcanzado gracias a una larga trayectoria creativa de investigación, rescate, producción, aprendizaje y exhibición. Un universo donde, según lo ha definido el New York Times, “lo surreal es simplemente real”.

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