Chile | Artista Multidisciplinar | María Elena Covarrubias

En base a lo infinito

Como la confección de un mándala o la repetición de un mantra tibetano. Así es posible describir el trabajo de la artista María Elena Covarrubias quien, a través de diferentes texturas y materialidades, da vida a círculos que invitan a perderse en su recorrido y en la superposición de colores.

La técnica del papel sobre papel llegó así como llegan los momentos inesperados de la vida, que rompen con la rutina y entregan nuevas energías para comenzar. Así fue como María Elena Covarrubias se encontró con el collage, en medio de su trabajo con el metal y la orfebrería. Fue la experimentación con tonalidades, texturas, materiales y, en especial, con nuevas formas de componer, lo que la condujo –una idea tras otra– a pensar en el papel como soporte y técnica, en la superposición, en la forma y el ensamble. De manera natural, tomándose su tiempo y dejando que las cosas ocuparan sus espacios.

Un sentido de búsqueda que la ha llevado a experimentar con diferentes texturas. Tal y como sucedió una vez, cuando María Elena se encontraba de lleno en la pintura, haciendo bodegones, y tuvo un período “de naranjas”, en el que esta fruta centraba sus creaciones de manera constante. “Viví la obsesión de lograr una buena representación de este fruto, por lo que experimenté con varios materiales hasta que, sirviéndome azúcar en el café, me cayó la idea: AZÚCAR. Fue el mejor artífice de la mejor cáscara. El resultado fue todo un éxito”, cuenta.

María Elena estudió decoración de interiores, por lo que declara que en el arte ha sido autodidacta. “Me he formado en diversos talleres, a los cuales fui llegando a medida que cambiaban mis intereses. Fui conformando una cultura visual de la cual aprendo todos los días”, explica la artista, quien ha demostrado –con varias exposiciones en Santiago, Lima y Sao Paulo bajo el brazo– que esa instrucción personal la ha llevado lejos. Y es ese ojo de decoradora el que la ayuda a convertir los diferentes materiales en obras que producen un goce estético particular, tal y como ella espera, a través del uso de colores, texturas y formas que producen armonía y limpieza.

Además, han sido las raíces latinoamericanas las que María Elena ha observado con ahínco y que ha incorporado paulatinamente en su trabajo. “Busco reflejar la riqueza de nuestros pueblos originarios, su cultura y cosmovisión. Desde formas que recuerdan sus trabajos, desde su construcción, piedra por piedra, a sus calendarios”, afirma. Lo que inmediatamente trae a la memoria la simbología maya, con su calendario, sus círculos concéntricos y sus ciclos que aparecen de manera divergente a nuestra realidad. Creando y recreando las formas en base a lo circular, a lo natural y a una cosmogonía originaria del continente.

La experimentación y la búsqueda la llevaron a conocer, investigar y fascinarse por el círculo, esa forma que no tiene principio ni fin, y que gira una y otra vez sobre sí misma. Figura que representa lo eterno, lo absoluto. “Te podría dar mil definiciones del círculo. Lo que significa en los pueblos originarios, en la mitología, en lo espiritual y en la matemática, pero, para ser honesta, fue un proceso. A medida que fui trabajando derivé en el círculo, hasta que quedé completamente circunscrita en él. Y, junto con esta evolución inconsciente, fui estudiando el significado de esta maravillosa forma geométrica, la cual espero dejar en algún momento. Siempre estoy abierta a seguir evolucionando, buscando nuevas formas y movimientos”, explica la artista.

La composición, su estructura y disposición, es el eje central en el trabajo de María Elena. Método que comienza con la indagación y el cambio. Utilizando el papel como soporte, el cual recibe las diferentes texturas que entregan el lápiz, el acrílico y la cola, siempre en buscando nuevos resultados. Es por esto que el dinamismo se ha convertido en un factor indispensable, tanto en la composición como en la forma de enfrentarse al proceso de creación.

Sin embargo, esa es la parte en que escoge los colores y las materialidades que utilizará, lo cual se sigue de largas horas de trabajo repetitivo, ensamblando, ideando, formando círculos concéntricos que se fragmentan, como el mapa de una ciudad que crece, o como una caracola de tonalidad frías o cálidas, que invitan a perderse en la superposición y el fraccionamiento. “Es una especie de meditación, que me recuerda a los mándalas tibetanos, que requieren de largas horas de trabajo”, confiesa la artista.

Como una disciplina oriental, en que la paciencia es esencial para llevar a cabo ese trabajo de reiteración y perfección, donde cada línea, cada fragmento, cada pigmento y combinación de técnicas y colores generan ese efecto tan deseado: el de encandilarse y perderse en el infinito.

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