Chile | Pintura | Yisa

Una reflexión social sobre la identidad

El santiaguino José Caerol, mejor conocido como Yisa, habla de su trayectoria que, desde sus inicios en el grafiti, lo ha llevado a exponer en reconocidos espacios museísticos. De hecho, actualmente, desarrolla una propuesta artística que se aprovecha del contacto directo con la calle para armar obras donde una renovada reflexión político-social se construye con elementos materiales y semióticos.

Aveces, cuando en las templadas tardes santiaguinas hay sol, José ama sentarse en el umbral de su casa-taller con un café humeante en la mano. Conoce a muchos en el barrio, y muchos más lo conocen. Una cuadra más arriba, por ejemplo, una calavera gigante indica el ingreso a un rinconcito mexicano. Él mismo la pintó. Y así, entre un sorbo y otro de cafeína, hay quienes pasan y saludan con un gesto y quienes, en cambio, se detienen para cruzar unas palabras: hasta que una amiga pide entrar a visitar el taller. La puerta entreabierta de madera desgastada que esconde un timbre que nadie encuentra deja, sin embargo, vislumbrar la sala clamorosamente rayada donde José trabaja. En la entrada el letrero de algún decanato de algún curso universitario campea sarcástico colgando por el arquitrabe.

José, que ama tomar café en las tardes soleadas, es José Caerol, quien nació en 1984; y la suya es la historia de un adolescente que a los catorce rayaba con un tag los muros de la capital chilena y, hoy en día –tras una carrera en artes visuales y unos cuantos viajes arriba y abajo del Ecuador, intercalados con numerosas exposiciones– propone en renombrados museos y galerías nacionales e internacionales obras e instalaciones que, mezclando materia y símbolo, invitan a público a reflexionar sobre la presencia/ausencia de una identidad (a menudo aquella latinoamericana). Sin embargo, aunque su propuesta artística haya finalmente tomado otros caminos, a José se le conoce todavía con el mismo apodo que eligió como tag en su amanecer creativo noventero: Yisa. “Es que el tiempo se va y uno ni se da cuenta –reflexiona–. Hace rato que la pintura en la calle, el grafiti, la intervención pública no ha sido mi tema. Claramente mi historia viene de ahí. Es innegable, porque lo primero que pinté en mi vida fue una pared, aunque luego empecé a dedicarme a otros proyectos expositivos para espacios museísticos”.

Pues era el año 2009, y Yisa acababa de regresar del BAC en Barcelona, cuando le pidieron que armara una gran obra para una importante exposición colectiva en Santiago. Así que el desafío que supuso planear y montar La Fatiga de San Jorge fue la chispa que le permitió dar aquel anhelado paso adelante en términos creativos. “La idea fue plantear el trabajo en relación con el espacio público –explica–. Yo vivo en este barrio, y de aquí empecé a ver lo que más me llamaba la atención. Me apropie del hito arquitectónico de la iglesia ortodoxa de San Jorge transformándola en un símbolo para hablar de la resistencia, la identidad y la migración. Luego hice esta santa trinidad de calaveras sostenidas con unas bigas pertenecientes a casas de aquí. Surgió algo que tiene, claramente, una relación con Pedro, con la Iglesia, con algo fundacional; pero también con la resistencia, con la marcha y con la batalla”.

La Fatiga es, de hecho, una lampante ejemplificación de la poética de su autor: por un lado el recurso a una acentuada materialidad. Acero, goma, madera, trigo, tierra, piedra, excrementos de pájaro, aceite quemado, tela. En fin, todo lo que sea necesario para otorgar a la obra una concreción descifrable que la vuelva testimonio. Por otro lado, la poderosa fuerza del elemento semiótico. El símbolo como descarga improvisada de pasiones ocultas, escondidas, inconscientemente arrinconadas (la imagen fálica o la calavera son dos ejemplos que Yisa ocupa a menudo). El enfrentamiento imprevisto y repentino con las fuerzas, tanto primordiales como modernas, que encasillan la sociedad del ayer al igual que la de hoy. “El símbolo y la semiótica –subraya en este sentido el artista– han sido justamente el punto de convergencia donde mi trabajo de la calle pudo encontrar una explicación que me satisficiese”.

Y en el medio, entre estos dos aspectos creativos, queda el gesto pictórico como pegamento y, a la vez, molécula de contraste. El dibujo resulta, entonces, ser la reminiscencia imborrable de la trayectoria como pintor y la última pieza necesaria para dar vida a una mezcla enérgica que procede en una constante búsqueda de una reflexión, por así decirle, de carácter político. Donde con política se entiende la exploración, en primer lugar, de las relaciones entre seres humanos y, en segundo, de las conexiones del poder en el intento de hallar aquel concepto de identidad, hoy en día más que nunca, matizado y multifacético.

Un tema que aparece de manera desbordante en la serie Operación Siglo XX (2015) donde, al parecer, Yisa abandona por completo el aspecto “material”, sin embargo, también resulta clarísimo cómo explota en sus pinturas aquel lenguaje semiótico que le permite, gracias a una amalgama fuertemente estetizante de representaciones procedentes de diferentes y opuestos imaginarios, investigar y redefinir el concepto mismo de belleza. Así, debajo de la primera capa compositiva, se esconde un universo iconográfico dominado por unas geometrías que traen inmediatamente a la memoria ciertos símbolos de naturaleza abiertamente fascista. Pues lo que Yisa justamente arma, en esta serie, es un explosivo atentado estético (como sugiere el nombre, tomado en préstamo del fallido atentado a Pinochet en 1986), cuya función, una vez más, es trabajar en vilo entre diferentes niveles semánticos (y semióticos) para crear una situación de ambigüedad enmarcada dentro de aquella imprescindible reflexión social, política y de identidad ya mencionada. “En Operación siglo XX –cuenta Yisa– juego a hacer una obra totalmente estética. Y planteo la estética y la visión de belleza como un canon implantado. Como un fascismo heredado, sea cual sea: los griegos, los romanos, u hoy en día. Son unas obras donde todo el mundo ve una belleza intrínseca en estas geometrías que son, en el fondo, símbolos fascistas”.

Queda claro cómo Yisa procede según un perpetuo acto de cuestionamiento. Algo que, de hecho, está a la base de su vida artística: así empezó cuando rayó su primera pared; y así sigue hoy al ocupar, por ejemplo, decenas de sacos de abono, cosidos entre sí en un gran lienzo, rodeando una montaña de coronta –el residuo del maíz, alimento básico de los pueblos latinoamericanos– para dar forma a su última impactante creación, El Robo de América. Es más: se trata de un cuestionamiento que, con el paso del tiempo, ha mutado. Pasando de ser un simple enfrentamiento a la cara a un duro desafío que, sin embargo, ya se ha vuelto diálogo. Así los trabajos de Yisa siempre plantean una pregunta para que, luego, se pueda convertir en debate. Moldean y re-construyen la memoria con el fin de hacer luz sobre la actualidad y, a la vez, discuten la actualidad por su falta de memoria. Andan, al fin y al cabo, en caza de una identidad que no define sus límites y que tampoco es capaz de reconocerlos. “Creo –finaliza Yisa– que mi trabajo es una reflexión. Puede ser muy agresiva mi forma de reflexionar, pero opino que la sociedad también es muy agresiva, así que la reflexión tiene que ser conforme a lo que la sociedad es”.

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