Chile | Artista Multidisciplinar | Klaudia Kemper

Metáforas corporales

Situemos al cuerpo como el centro del universo, luego, hagamos que cada luz, cada fuerza, cada movimiento lo afecte directamente. Entonces, y solo así, podremos comprender la profundidad de la obra de Klaudia Kemper. Un abismo de posibilidades y metáforas se hacen reales en sus trabajos para vivir y revitalizar conceptos a través del tiempo, el espacio, el universo y el cuerpo.

“El cuerpo es nuestro contacto matérico con el universo, somos cuerpo, y a través de él nos relacionamos con el exterior. El cuerpo habla, se expresa sin interferencias, sin trampas. La mente nos pone trampas, nos puede decir que un suceso no nos afecta; el cuerpo no, enferma, adolece”, son las palabras de Klaudia Kemper, artista chileno-brasileña, quien considera al cuerpo como una unión entre nosotros y lo de afuera, un borde permeable por el que traspasa el aire, la contaminación y también las diversas energías con las que nos topamos a diario. Recuerdo hace años, escuchar decir: “mi problema con el cuerpo es que somos blandos”, y claro, sino el contacto matérico dejaría de existir, y por ende nuestra caracterización como seres humanos quedaría confinada a un pensar inacabable, sin límites ni espacios definibles. Porque sí, en el cuerpo está nuestro borde y nuestra unión.

Y este cuerpo es parte de lo que Klaudia ha trabajado como artista visual, siendo su muestra más impresionante la realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes, en Santiago de Chile hace un par de años atrás. Inmersión, es una metáfora del cuerpo que recopila gran parte del trabajo de la artista desde 1990 hasta el 2012, y que alude a las nociones de vínculos pulsionales y biográficos, así como a la importancia que tienen para ella las figuras del viaje, el ojo, los relatos y la implicancia gestual y por ende corporal de la creación. Todo, en base a cinco salas del museo que se llenaron de cuerpo/s: la sala uno, con los órganos vitales haciendo alusión a los afectos, la memoria, la familia y la melancolía del tiempo pasado; sala dos, visión, desbordando los límites del yo y diluyendo las normas que rigen su identidad, imágenes que muestran una memoria corporal difusa. En la sala 3, pies-piernas-músculos, la conexión del hombre con el mundo, lo que nos permite el movimiento hacia los cambios y transformaciones, la temporalidad, el espacio público, una suma de metáforas que se pueden deducir de lo que la parte inferior de nuestro cuerpo implica. Mientras que en la sala 4, la boca-cuerdas vocales, el habla, el relato, el lenguaje; y en la sala 5, manos, manualidad, tocar, sentir, pensar.

Cada parte del cuerpo representada por diversas formas, fotografías, video instalaciones, objetos, entre otros, fueron dando vida a este proyecto en el que Klaudia se autorretrataba y exponía al público. “Toda mi obra es autobiográfica, mi trabajo implica una suerte de inmersión y reflexión en los procesos de vida. Esa relación se produce con un cierto delay, es decir, siempre la toma de conciencia tiene que ver con el pasado, nos damos cuenta del pasado porque el presente es aún imperceptible”, señala, mientras introduce dos conceptos fundamentales: el tiempo y el espacio. Conceptos claves para el ser humano y su posición en el mundo. Desde la Historia, ambos son fenómenos cuestionados, pensados y repensados para ver cómo nos incorporamos a ambos, cómo nos involucran, cómo se juntan y generan las condiciones que nos rodean. Igualmente, la pregunta por el qué pasaría si uno de ellos desaparece.

Un juego eterno que Klaudia ha vivido durante sus travesías por el desierto de Atacama para ir de Chile a Brasil, desde que era muy niña, y que sin lugar a dudas ha ayudado a formar sus nociones tanto de identidad como sobre el arduo trabajo conceptual que ha desarrollado como artista, en el que palabras como globalización, cuerpo, espacio, organismo y universo parecieran ser ejes centrales: “Si extendemos este concepto de ‘globalización’, entendido como un cuerpo único global, que es el universo del cual formamos parte, podemos despertar la conciencia de algunas cosas: lo primero es que no estamos solos, somos parte de una unidad mayor. Luego, de que somos una parte ínfima, pequeña y, en ese sentido, las cosas del día a día no debieran tener tanta importancia como solemos asignarles. Y, por último, que aunque pequeña, cada parte de este todo afecta al total. Eso nos debiera hacer tener una conciencia más global, del otro, de que lo que le pasa al otro también me afecta”, explica Klaudia, y al respecto el arte ayuda, pues: “Es un medio de expresión y comunicación, lo que no tiene palabras puede ser dicho a través del arte. El arte opera estableciendo relaciones múltiples, como el pensamiento y pretende establecer un puente, desde lo interno a lo público”, comenta la artista.

La antigua teoría del micro-macrocosmos hablaba de lo mismo. El cuerpo como puente entre el ser y el universo. Una representación constante de lo que afuera ocurre, porque nosotros como seres poseemos dentro de nosotros lo mismo que el universo y, así, cada cosa que pase en él nos afecta directamente. En Oriente, el pensamiento es similar, el cosmos rige sobre el ser humano directamente, siendo este afectado por todo lo que ocurra fuera de él. Pero esta consciencia, pareciera perderse entre las tecnologías, los recorridos y esa academia de la que Klaudia prefiere mofarse asumiendo un sistema en el que la creatividad se limita: “La academia es tiránica, hace creer que hay una manera correcta y todas las demás son incorrectas”, explica en una frase que cobra aún más sentido luego de considerar el último proyecto que está realizando, un largometraje documental que ha tomado más de dos años de trabajo, una reflexión en torno al tiempo. En sus palabras: “Registré por seis meses mi cotidiano al interior de mi departamento. El desafío era hacer una película sin trama, sin guion, sin acción. La cámara me permitió ver el presente, el paso del tiempo. Y así es sorprendente ver pequeñas instancias que suceden día a día, y que no las hubieras visto nunca. Sorprendente percibir que la realidad tiene varios niveles. Nuestros sentidos son limitados, no podemos oír el palpitar de nuestro corazón, no podemos ver los microorganismos, ni umbrales de temperaturas de color. Aun así creemos que sabemos mucho del universo, es divertida nuestra ingenuidad”.

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