Bolivia | Pintura | Marcelo Suáznabar

El mundo real en su composición inversa

De lo innombrable, de aquello que sólo parece funcionar en el plano de la imaginación o que no existe, pero está. Marcelo Suaznabar transita diálogos inconscientes, susurros que no deseamos oír pero apabullan nuestro entorno en evidencias de las que no podemos escapar. Nos propone historias contadas a la inversa, que traen consigo la carga de eso que podemos vivir aún sin darnos cuenta.

En una lectura prejuiciosa podemos pensar que el autodidactismo carece de reglas o es falto de justificaciones teóricas que amparen las decisiones de un trazo. Pero el arte tiene la bondad de resguardar, de esas ideas, a las imágenes que van más allá de las reglas. Los resultados de la búsqueda personal de este artista boliviano nacido en Oruro, comprueban que el aprendizaje de técnicas artísticas se completa con la observación aguda del entorno en que vivimos.

Marcelo compartió y absorbió grandes momentos de su infancia con su tío, un fotógrafo que le dejó enseñanzas y herramientas fundamentales para iniciarse como artista. “Cuando era niño me decía que los pintores tenían que trabajar constantemente, quizá todos los días, para poder mejorar. Una vez me regalo una caja de óleos que había comprado en Bélgica y me dijo que seguramente los iba a usar el día que estuviera listo. Creo que su mayor enseñanza fue ayudarme a observar lo que me rodeaba y no tener miedo de transferir al papel lo que viera allí. Me dejó claro que la perseverancia y la disciplina eran herramientas importantes para desarrollarme”, recuerda Marcelo de sus primeros aprendizajes en el ambiente familiar.

En una mirada general de su obra, sorprende el nivel de imaginación que tiene en sus mensajes y las relaciones que establece entre la naturaleza y el ser humano. En una lectura integral, podemos ver una línea de diálogo continuo entre pensamientos conocidos y formas desconocidas. Los dibujos de Marcelo trazan líneas en lugares no tradicionales y entretienen a la mirada en busca de una lógica que parece no existir. El surrealismo que se advierte en sus trabajos descoloca y reubica en un nuevo modo de ver, invita a hurgar cada detalle para interpretar un mensaje tan lejano como obvio. “El surrealismo funciona como un pretexto para liberar los pensamientos y materializarlos por medio del arte. Es como un lenguaje provocado para crear escenarios irracionales e irreales. No pinto lo que sueño, el arte puede derivar en formas oníricas simplemente por el azar de la imaginación”, explica el artista.

Podríamos decir que el arte viene de la mano de la naturaleza y ella, en su perfecta imperfección, también es arte. Desde los grandes maestros de la historia hasta los novatos estudiantes de esta profesión, se han podido recopilar las más exóticas y bellas imágenes del ecosistema natural. Los inicios de Marcelo Suaznabar desprenden un sinfín de recuerdos decorados con insectos, plantas y colores tierra. Es imposible forzar el camino transitado y desligarlo de nuestra identidad. La paleta de colores de Marcelo trae consigo un bagaje que irrumpe y avanza: “Mi padre es ingeniero agrónomo. De chicos siempre nos llevaba, a mí y a mis hermanos, a Pasto Grande una  finca que tenía a unos 30 km. fuera de la ciudad. Nos pasábamos veranos enteros jugando al fútbol, andando en bicicleta y respirando el aire puro de la naturaleza. Con el paso de los años noté que ese entorno había cambiado. Muchos animales se extinguieron paulatinamente y fue una experiencia que me hizo pensar fuertemente en la fugacidad del tiempo y el deterioro de la naturaleza”.

Esas vivencias transitadas en la infancia dieron curso una fuerte intencionalidad en el mensaje de sus trabajos. Si bien el foco se agudiza en diferentes temas según las series, el trabajo de Marcelo Suaznabar recorre la complejidad del ser humano desde sus pensamientos naturalmente intrincados, hasta su evolución como especie en la Tierra. En Apocalipsis, por ejemplo, refleja cierto pesimismo contemporáneo y lo vincula con la destrucción del medio ambiente. En Altiplano Mágico, en cambio, sueña con el mundo ideal sin intención de dañar a la naturaleza y que, sin prejuicios ni complicaciones, preponderan la tolerancia y la empatía.

Oruro y sus múltiples matices acompañaron a Marcelo desde niño. Luego, ya en la transformación del ocio en carrera profesional, se inspiró en el arte Barroco Colonial. Admiró artistas como Jonás Burgert (Alemania), Salvador Dalí (España), Frida Kahlo (México) o Hieronymus  Bosch (Holanda) y en ellos encontró algo que hoy define como: “una exquisitez del lenguaje simbólico. Un viaje por el laberinto humano con sus miles de posibilidades que nos hacen imaginar mundos de locura producidos por mentes iluminadas. Sus mensajes subliminales continúan vigentes en la realidad que vivimos hoy. En la actualidad hay nuevos conflictos que  tranquilamente podrían formar parte de una tela del Bosco. Existe un panorama surrealista que está presente pero no queremos ver”.

Marcelo utiliza la disponibilidad absoluta de la naturaleza para narrar algo más allá de lo visible. En sus dibujos logra cristalizar nuevas realidades. Es por eso que este artista trasciende las propias conjeturas de la mente, juega con ellas y se atreve a desafiar la mirada rasa. “En mis pinturas existen recurrencias que narran mixturas frecuentes de la contemporaneidad. Las superficies planas y desérticas que recuerdan mis orígenes en el altiplano boliviano, y los fondos abstractos o las formas inventadas que podrían interpretarse como mutaciones. Animales transformados, relojes, cubos o huevos con códigos de barras. Todos ellos quieren transmitirle algo al subconsciente”, explica sobre Autorretrato, la pintura de una calavera con un código QR en el cráneo. “Estamos transitando una época impregnada de lo tecnológico y en la que cada producto o individuo tiene un código, un número que lo identifica. Eso nos afirma, simbólicamente, en una era digital de la que ya no podemos retroceder. Para leer un código QR necesitamos un Smartphone y eso ya nos dice mucho”, añade.

Libertad de trazos, direcciones indirectas y complejas, y una expresividad a corazón abierto es lo que ofrece este artista de Oruro que dialoga con el surrealismo puro. Cuando suponemos que se trata de dibujos divertidos y estrafalarios, agudizamos el foco y podemos ver una propuesta de un desafío mayor que la alteración de las formas. El arte de Marcelo Suaznabar funciona como un llamado de atención, un grito social en el cuerpo de seres que parecen inexistentes pero comportan una materialidad realista que habla de cómo somos los seres humanos. La ironía lúdica de su obra desorienta plácidamente e invita a observar con detenimiento cada detalle de sus dibujos.

Leticia Abramec

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