Chile | Fotografía | Cristián Zabalaga

El mundo como representación  

El hombre, “no conoce ningún sol ni ninguna tierra, sino solamente un ojo que ve el sol, una mano que siente la tierra; (…) el mundo que le rodea no existe más que como representación”[1].

 – Arthur Schopenhauer.

La noción de que la realidad, planteada por Arthur Schopenhauer,  parte de una percepción particular –y cambiante según el sujeto– del mundo que habitamos. Semejante idea nos acompaña a lo largo del tiempo y es imprescindible para entender la diversidad de ópticas, costumbres, prácticas, creencias, cuerpos teóricos, etcétera, que se articulan a través de los distintos sistemas culturales y los sujetos que los componen. De ahí su relevancia, su validez transhistórica. Esta vuelta constante a la relatividad fisonómica de las cosas, será la puerta de entrada a la obra de numerosos autores contemporáneos. Será, asimismo, leitmotiv y coartada primera del quehacer fotográfico y videocreativo del artista chileno Cristián Zabalaga.

En su caso, empero, los análisis y desmontajes de dicho fenómeno adquieren una complejidad añadida, en la medida en que los medios técnicos utilizados para el despliegue de su trabajo suelen distinguirse por su naturaleza “objetiva”. La presunta veracidad representacional asociada con lo fotográfico y lo videográfico, es utilizada entonces como herramienta discursiva fundamental dentro su trabajo. El cruzamiento de ambas cuestiones, entiéndase, el matiz schopenhaueriano de su mirada y la puesta en crisis del carácter verídico de la fotografía y el video, articulan un tipo de propuesta artística ciertamente ambigua y desconcertante. Una obra capaz de desubicarnos espacial y temporalmente.

A partir de esta idea, es absolutamente comprensible la especial atención que Zabalaga presta a todas aquellas cuestiones que intervienen en nuestros modos de asumir lo real. De ahí, el acento que pone en elementos como la luz –radiación que nos permite “observar” lo que nos rodea–, el espacio y el tiempo. Dice Kant que somos nosotros, los sujetos, quienes introducimos en el mundo las nociones espacio-temporales para explicarnos los fenómenos que acontecen. De esta forma, el universo en su totalidad está estructurado desde principios perceptivos cambiantes. Así, lo que para unos resulta bello y armonioso, para otros puede ser tremendamente atemorizante o desequilibrado. Las cosas, tal y como las apreciamos, no son sino sombras de la caverna platónica, todas ellas engañosas, y directrices de la vida del hombre.

El trabajo de Zabalaga condensa una serie de componentes que se mueven en niveles enunciativos diferentes. Ellos intervienen en la materialidad final de las piezas pero también, y sobre todo, en el marco de producción de sentidos. De un lado tenemos el elemento espacial que, en sus propuestas, se manifiesta mayormente a través de lo arquitectónico, espacios que a diferencia de los espacios naturales, comprenden la mediación humana y exteriorizan la variable de lo temporal. La aproximación a estos recintos –por regla general quebrados–, concierta muchísimas líneas textuales. Emergen así, cuestiones emparentadas con los cambios físicos dentro de nuestra realidad, el tópico del extrañamiento del sujeto ante lugares desconcertantes y de funcionalidades dislocadas, la noción de lo “ominoso”, tal y como el propio artista señalara, la recreación de estados de ánimos y remembranzas experienciales.

Todos estos fragmentos discursivos contribuyen al tema fundamental de la producción de Zabalaga, emparentada con la percepción y el carácter ilusorio de lo real. Sin embargo, estrenan a su vez un conjunto de lecturas adyacentes, que entran y salen de su trabajo de forma caprichosa, siempre en función de las peculiaridades del momento creativo y, por supuesto, de las especificidades del receptor.

La importancia de la luz

La luz tendrá un amplio espectro de connotaciones semánticas en la propuesta del artista, a la vez que  permanecerá como condicionante estética clave. Y es que precisamente la existencia de este fenómeno físico será lo que posibilite la visión humana, es decir, nuestro nexo más íntimo con la realidad. Paradójicamente, la luz y la oscuridad, son los responsables de construir el espejismo sensorial que habitamos. No existe un elemento simbólico más cercano al concepto schopenhaueriano de la variabilidad representacional que el que comprende y subraya la luz. Para Zabalaga, el componente lumínico posee además, un valor emotivo autobiográfico. La mezcla de recuerdos, obsesiones y búsquedas permanentes harán de la luz un lugar común en su quehacer, el punto central en torno al cual orbite todo lo demás.

La conjunción de estos tres factores fundamentales: la luz, el espacio y el tiempo, ya sea a través del proceso fotográfico o del trabajo audiovisual, termina guiándonos, invariablemente, hacia escenarios ignotos. El gesto deliberado del artista pone a prueba nuestra capacidad para hilvanar sentidos a partir de lo desconocido. La idea será, en todo caso, volver, una y otra vez, sobre la naturaleza engañosa de la percepción humana. El hecho de que las imágenes de Zabalaga nos resulten inexplicables, curiosas o extrañas, tiene que ver con nuestra necesidad cultural de dotar de significados concretos a cuanto nos rodea. La reacción más común ante lo incógnito (o sencillamente diferente) será, cuando menos, perturbante.

No existe, ya lo sabemos, una fisonomía única del universo (o, en última instancia, no podemos acceder a ella). Los diferentes componentes de la realidad se interconectan, arbitrariamente, en una suerte de puzle infinito. De la misma manera en que la incidencia de la luz sobre los cuerpos genera visualidades instantáneas (y engañosas), así también nuestra interpretación del mundo es particular y limitada, condicionada por esas otras luces que son el conocimiento y la cultura. Estamos marcados por la pauta de lo fenomenológico, y esto es algo que cambia de un sujeto a otro, de una experiencia a otra.

[1] Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación. Editora Akal, Madrid, 2005.

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