María José Concha

María José Concha

pintura / abstraccion

Galeria

Reseña

El paisaje y los cambios de conducta frente la experiencia y la representación. Será obvio, pero no puedo dejar de mencionarlo de manera inicial: Las formas de apropiarnos de nuestro entorno y de entender dicha apropiación han cambiado radicalmente desde que Kant hacia fines de 1780 , hablaba de la naturaleza como el entorno bello del cual el arte se hace cargo. La belleza como finalidad formal –decía Kant- la podemos apreciar por los sentidos y constituye por lo mismo una forma válida, aunque subjetiva de conocer, más aún si sabemos que a este conocimiento accedemos con la facultad de juzgar por medio del placer, es decir lo que conocemos como “el gusto”. La validez del juicio que hacemos de nuestro entorno (naturaleza, le llamaba Kant), plasmado en conocimiento subjetivo, es entonces un principio con el cual ejecutamos obra. Tomamos del entorno y elaboramos una imagen en la medida que tenemos la capacidad de transformar la experiencia en representación; no hablo de figuración, sino solamente del acto de construir imágenes con la carga de experiencia que nos brinda nuestro entorno. Si partí hablando de Kant y algunos contenidos de su Tercera Crítica, es por que la forma de tomar la realidad, el entorno o la naturaleza -a decir de Kant- ha sufrido un cambio perceptivo (fenomenológico) en la manera que tenemos de capturar nuestras experiencias visuales y afectivas. Este cambio ha llevado a radicales cuestionamientos sobre la validez de conceptos como lo bello, lo estético o acerca del valor mismo de una obra. Si antes de la fotografía, la globalización de las comunicaciones y el “empequeñecimiento” del mundo por medio de múltiples viajes, solo podíamos tener la oportunidad de una, o muy pocas, experiencias directas con nuestro entorno, hoy en cambio, podemos acceder directa e indirectamente al recuerdo de esa experiencia varias veces. Múltiples veces. Los viajes y el registro óptico y digital de una escena lo permiten. Esas son justamente las prácticas que hacen que las obras de Claro y Concha constituyan un referente a la hora de hablar de las formas de captura de nuestro entorno inmediato, en la era postmoderna. Pasaron los años en que todos pintores de paisaje fijaban el atril junto al río para pintar, como una de las pocas posibilidades de captura. Ahora percibimos, registramos e inventamos, casi como un procedimiento obvio y natural; algunos artistas incluso bajan sus referentes de Internet, ya que no requieren para su obra, de la experiencia inmediata del entono. En otras palabras, la capacidad de transformar la experiencia en representación, puede estar mediada por recursos más allá que la propia percepción (visual. en este caso). Concha vivió en el sur de Chile (2001-2006) y tuvo más de cinco años para capturar el paisaje como experiencia y trasladarlo a su obra. En su proceso, la fotografía fue solo el registro del momento que le permite recrear la experiencia. No obstante, la foto, en el proceso de construcción de obra de María José Concha no ingresa al taller, no es referente directo, ni recurso procedimental, solo está para recrear –insisto- la experiencia del sitio visitado, cuando la autora lo requiere. Tal como actúa la fotografía del álbum familiar. El caso de Claro es distinto, la captura de una imagen en el momento de la experiencia con el paisaje, forma parte del procedimiento de construcción de la obra. Su registro no pretende recrear la experiencia, por el contrario, va más acá de la experiencia, es una captura de formas, colores y texturas que le permiten recrear la experiencia visual del paisaje visitado, mediante la confección de máscaras que permiten el estarcido y el empaste. En ambos casos, no obstante, la experiencia y la construcción de obra son asuntos relevantes para comprender: a) La manera en que dos artistas junto al mismo tema, asumen conductas productivas completamente diferentes. b) Cómo dos artistas, bajo imágenes distintas asumen un mismo tema (el paisaje). c) Cómo dos artistas, bajo procedimientos técnicos e instrumentales distintos, llegan a resultados que parten de asuntos similares (la captura del entorno). Es este intercambio de similitudes y diferencias, lo que explica finalmente que es pertinente reflexionar, a propósito de esta exposición, sobre el cambio que han sufrido las formas de captura de nuestro entorno. Por lo mismo, han cambiado los conceptos de paisaje, naturaleza y realidad. Ignacio Villegas Mayo 2007 Miradas al paisaje Un tema pictórico de siempre, el paisaje, se interpreta de tres maneras diferentes por dos pintoras, en el Instituto Cultural de Las Condes; por un autor con trayectoria, en Sala Gasco. Este último, Pablo Chiuminatto, expone nuevas miradas de un argumento al que se ha mantenido fiel. Así contrapone a sus actuales series panorámicas de 2006, fotografías en sepias de 1998. Pero, ajeno a toda concurrencia humana, el mismo protagonista resulta mucho más subjetivo mediante delicadezas de acuarela, témpera u óleo en grados diversos de monocromía. El dinamismo cambiante y la importancia capital de claridades y oscuridades, permiten hablar de sugerentes cuadros de luz. Y junto al protagonismo luminoso, las fuertes síntesis que traducen las sensaciones visuales y anímicas del pintor, a partir de variaciones sobre panoramas campesinos, arquetípicos del Chile central, terminan por situar a buena parte de ellos dentro de ámbitos abstractos. Láminas y lienzos oscilan entre los todavía figurativos -tres vigorosos "Otros paisajes"- y la abstracción de doce cartones -"Atlántico"- vertidos a través de un bien desarrollado y bastante más coloreado tránsito desde la noche al pleno día. Lo mismo que Chiuminatto, una de las expositoras de Las Condes opta, como asunto y como factura, por el paisaje chileno convencional. Se trata de la joven María José Concha. La estrecha vecindad física con su colega de exposición vuelve inevitable la comparación. En el caso de Concha, negros, blancos, grises y ocres terrosos son sus colores para salvajes panoramas del Chile austral. Aunque tiende a apartarse de lo reconocible, no faltan tupidos follajes con algún árbol atormentado -recuerda éste a Isabel Saa- o masas montañosas delatores de lo real. Su factura, pródiga en chorreos y manchas, ofrece cierta tosquedad que subraya el carácter dramático de estos óleos sobre tela. Sin embargo, lo que nos parece más interesantemente personal de la autora corresponde a la muy gráfica y poco figurativa "Patagonia gris y blanca", de 2007. Por entero diferente a la pintora anterior y a Chiuminatto, en el mismo instituto Patricia Claro nos propone visiones verdaderamente originales del paisaje. Quietos, serenos, líricos, sus rincones intimistas saben sintetizar la morbidez acuática, la luz sobre y desde ella, la peculiar vegetación adaptada al agua, conviertiéndolos en el más unitario conjunto natural. Pese a su particularidad paisajista, bastan para transmitirnos con plenitud la honda sensación de hallarnos envueltos por una naturaleza global, valedera para cualquier lugar del mundo. Pero, asimismo, estas impecables telas con acrílico y óleo, de verdes y azules predominantes, muestran acercamientos diferentes al modelo. Así, las cuatro en formato más pequeño, de 2005, tienden a una abstracción con intenso sentido ornamental. En uno de ellos, al mismo tiempo, la marcada textura le quita esa suavidad y calma, típicas de la artista. Por el contrario, mientras mayor resulta el tamaño de estos cuadros, más se identifican con el realismo. Por ejemplo, en los grandiosos "Corte I, II y III", de 2007, aquellos protagonizados por armoniosas ondas acuáticas en alguna medida emparentan su indiscutible belleza con el hiperrealismo notable de Simon Estes. Luego de la calma silenciosa que provocan los atractivos paisajes antes comentados, pasar en el instituto de Las Condes a las salas que exhiben el más reciente World Press Photo significa para el espectador sumergirse en la más vocinglera y anecdótica actualidad. Reina en ella la violencia. Y se trata de violencia en relación a las guerras de hoy; También a través de la diversión, del deporte, de la naturaleza, de la actitud en el retrato individual. No obstante, a pesar de la condición eminentemente periodística y documental de estas fotografías, no faltan unos pocos aciertos que obligan a detenerse en ellos. Destaquemos, de ese modo, al estadounidense Spencer Platt; al israelí Oded Balitz; al noruego Espen Rasmussen, el único participante capaz de manifestar, por partida doble, esperanza. WALDEMAR SOMMER 15 de julio de 2007

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