Galeria
- Reseña
-
PERDONEN EL RESENTIMIENTO - POR ALEJANDRO CASTELLOTE - CATALOGO GALERIA KBK - POLANCO - MEXICO DF - MARZO 2004
Hay que decirlo rápidamente: Marcos López es sin duda uno de los autores mas importantes de la fotografía latinoamericana de finales del siglo XX y de comienzos del XXI. Y uno se siente tentado a ampliar esta afirmación a la fotografía en general, ya que algunas de las pocas ideas atractivas que ahora emergen están siendo desarrolladas precisamente en ese escenario cada vez menos acotable que es América Latina. Un ejemplo: a estas alturas, y sin el mas mínimo atisbo de exageración, su obra Asado en Mendiolaza (2001) es el icono mas representativo de la identidad social latinoamericana. En mi opinión, después del Che de Korda, ninguna otra imagen ha podido sublimar con mayor inteligencia y nitidez el final de siglo en su país y por extensión en el continente. En la foto de Korda el protagonista es un hombre público idealizado y elevado a la categoría de héroe en connivencia con los poderes públicos, en el remedo de la Ultima Cena de Marcos López los protagonistas son amigos, en su mayoría artistas plásticos de Córdoba y su indumentaria ha perdido el color verde oliva de los revolucionarios; los artistas llevan la camiseta de los nuevos héroes, los futbolistas. Son mas banales pero también son mas humanos. Esta obra es capaz además de servir de referente para, a través de ella, contemplar las mutaciones formales y conceptuales que se han producido en la fotografía en la década de los noventa. Pocos, muy pocos disponen de un universo tan propio, tan reconocible y tan incisivo. El conjunto de su serie Pop Latino y su posteriores trabajos -siempre circunscritos a su personal cosmovisión latina, no sólo proponen la sustitución de una iconografía ajena por la mestiza que se ha ido generando de forma autóctona, también le inscriben como un autor genuina y voluntariamente latinoamericano en unos años en los que la gran mayoría de los allí nacidos pretenden precisamente desvincularse de ese término. Los comentarios críticos sobre su trabajo coinciden en subrayar el sarcasmo, la estridencia o el histrionismo como elementos descollantes de su personal gramática e incluso el posmodernismo suele ser un lugar común cuando el análisis se aventura por la contextualización dentro del panorama artístico. Las conexiones de su obra con la realidad cultural, económica o política estimulan todo tipo de reflexiones, pero el mas enriquecedor "soporte teórico" de su trabajo no proviene de ninguno de los numerosos ensayos que sobre su obra se han escrito. Los textos definitivos para aproximarse al autor y cerciorarse de la honestidad de su trabajo son los que él mismo ha publicado en forma de manifiesto, de artículos para prensa o en forma epistolar. En ellos están las claves de quién es, de sus pasiones y sus odios, pero sobre todo de la convivencia con las contradicciones. Son una suerte de autorretrato sin concesiones pseudointelectuales: frases cortas, levemente mas hiladas que su verbo, aparentemente inconexas pero demoledoras. Podría decirse que cada una de sus frases es una imagen. Marcos López ha conseguido hacer converger a quienes escribimos sobre su trabajo a su propia escritura. Cualquier intento de expresar con mas esdrújulas lo que él ha escrito con meridiana lucidez, nos lleva una y otra vez a citarle, a canibalizar esos dardos verbales tan certeros como sus fotografías. Sus posiciones personales -sus posicionamientos, dirían los críticos del arte contemporáneo- son siempre incómodas y refuerzan su condición de mosca cojonera, aun a pesar de su voluntad de no litigar permanentemente con el mundo. Pero no es él, es el mundo el que se empeña en alimentar la beligerancia. Retorciendo una frase de la protagonista de la película Roger Rabbit podría decirse que Marcos no es malo: es que le han obligado a ser así. Una estrategia alternativa basada en la diletencia, protegida y avalada por la superficialidad de las "nuevas tendencias" le habría catapultado, ya hace tiempo, al Olimpo del mercado del arte en apacible y divertida sintonía con Vik Muniz. Pero habría tenido que eliminar el aroma provinciano, desconfiado y poco conciliador que los nacidos en pequeñas ciudades despliegan antes la soberbia de los urbanitas con mayúsculas (recordemos que Marcos creció en Santa Fe y hubo de hacerse un sitio entre los porteños). La primera vez que incluí algunas de sus fotografías en una muestra colectiva en Madrid, los críticos franceses y alemanes torcieron el gesto ante su escasa corrección política y la estridencia de sus "puestas en escena". Para mi la fue la confirmación de que sus imágenes "funcionan" y desenmascaran con sutil inteligencia las expectativas de exotismo que Europa conserva sobre Latinoamérica. El tercer mundo es para el que se lo trabaja. Discurrir por esos territorios es la facultad de quién los ha experimentado en primera persona. Es un tránsito por el filo de la navaja que puede fácilmente convertir en bufón a los avispados. Como diría Nelly Richards, su obra es el triunfo de la copia sobre el original; tras siglos de imposición de referentes, hay algunas personas que asumen a donde pertenecen -un término, el de la pertenencia, mas certero que el de la identidad ancestral- y despliegan un discurso que no pretende llamar mansamente a las puertas de Occidente. Cuenta Carlos Fuentes que, en una conferencia dictada en una Universidad norteamericana, al ver que la mayoría de los asistentes eran estudiantes de origen hispano, propuso impartirla en español, una propuesta que no tuvo una acogida positiva. Al preguntar el por qué le dijeron que el español era el idioma de los esclavos... Pues bien, Marcos López exhibe las formas y la lengua de "los esclavos" con todas sus connotaciones actuales: definitivamente alejadas de las epopeyas románticas y panamericanas de José Martí pero contaminadas irremisiblemente por aquella fantasía utópica. Su opción por un arte político es su manera de reivindicar un arte resistente. Una resistencia que se expresa con una sintaxis propia, alejada del glamour de los años sesenta que elude la autocensura y termina por regocijarse con las estéticas de mal gusto. Con todo, la izquierda europea -especialmente algunos pensadores franceses- prefieren seguir creyendo en la revolución de Chavez o Castro y mantener esa burbuja ficticia, inodora e ineficiente, constreñida entre palmeras tropicales. En el fondo, la persistencia de esa imagen no es sólo el obvio resultado del paternalismo eurocentrista, también es el anticipo de la cada vez mas acuciante invasión del neoconservadurismo. Pero esa es otra historia. La realidad se abre paso cada día entre la miopía romántico-revolucionaria de quienes se quedaron en 1959. Las respuestas absolutas, para frustración de nuestra generación, no funcionan ya ni entre los mansos acólitos de la teología de la liberación. Véase la trayectoria del ex-sacerdote de esa corriente Jean Bertrand Aristide. La corrupción si que salva -y no Jesús-. Y además proporciona exilios dorados y discretos. El cielo, lo dijo el Papa, no existe. Me preguntarán ustedes qué tiene esto que ver con las fotografías de Marcos López. Me lo preguntarán si no las han visto o no se han leído su Manifiesto de Caracas. Alejandro Castellote. Pop Latino Después de su muestra individual en el centro Rojas en 1996, López expone mura¬les fotográficos en la Fundación del Banco Patricios Una tapa de la revista Caras con la foto de Claudia y Diego Maradona y la frase conmovedora "Nos reconciliamos", y, de fondo, un paisaje desolado de La Quiaca y Un cartel brillante que declara sin tapujos: “las Malvinas son Argentinas” . Marcos López toma sus fotografías en la amplia geografía de la Argentina y en su generosa antropología. Fotos color coloreadas a mano explosivamente. Todo en sus imágenes reluce en colores brillantes (el típico "technicolor") para comentar nuestras vi¬das. Alguna vista pueblerina, alguna calle de Buenos Aires, algunos retratos, algunas piernas musculo¬sas y su correspondiente bulto, algún taxista cubano acodado sobre su "carro", una botella de Inka Ko¬la, algunos hinchas de Boca: todo un repertorio de quien viaja con su cámara. Primeros planos, gran angular y el color brillante: fotografías que se mueven entre la publicidad y el co¬mic, entre la imagen televisiva de los noventa y el cine de “maricas", como el de Pedro Almodóvar o Gus van Sant, pero actualizando "la contundencia visual de los murales de Diego Rivera", como declara el pro¬pio López. EI artista busca, casi desesperado, una imagen actual para atrapar lo que día a día sorprende y provoca con el contexto de Argentina y sus obscenidades. Y siempre por detrás, o siempre por delante, la obsesión por una cierta identidad latina. No se trata de lo"otro" ni de lo "diferente", sino de algo que nos rodea y que se desliza en algunas esquinas Se podría pensar en la ironía, el grotesco, el humor, el kitsch, lo popular la sátira. Sin embargo, la ex¬posición de López es una miirada tierna y un gesto crispado en busca de imágenes reales. No hay exa¬geración, sino una cámara que recorta el momento exacto para una novela visual costumbrista: colorín¬ches que adornan narraciones cotidianas, una mirilla que funciona como lente de aumento para congelar y para conservar la sorpresa de un Chevy turuqesa en Carlos Paz. de Buenos Aires, Carlos Paz, Santa Fe o La Habana. En su repertorio, las imágenes son siempre reales, pero con su correspondiente tensión entre re¬tratos domesticos y figuras emblemáticas. En ellas, él color viste y señala el estereotipo, hasta con¬vertir la fotografía en algo artificial y mentitoso; hasta hacer evidente el valor de engaño que siempre define la fotografía en su relación con la "realidad". Sin embargo, este catálo¬go de colores es real en su valor y en su presencia, tomada del mundo del ci¬ne, la gráfica, la publicidad, la moda, la decoración, la televisión y la historieta de los noventa, y se vuelve posible en los murales fotográficos de López. En su serie de transparencias en cajas de luz la intención se hace aún más efi¬cazmente berreta. El artista contrapone a la realidad social argentina, cada vez más (in)tensa en sus desencuentros y fracasos, un ca¬tálogo de imágenes diarias, de anécdo¬tas banales que mencionan el deseo de otros tiempos y otros mundos. Una es¬trategia de simulacro, que encubre con la sensación de "todo es una fiesta" el desgaste de una sociedad dominada por el travestismo de sus lazos solidarios. Marcos López pone en escena la cultura del doble discurso y SuS fricciones coti¬dianas. Utiliza el mismo juego del poder en su encubrimiento y en su manejo del artificio.
MARCELO PACHECO
















































































