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Iván Navarro
El objeto como reflexión histórica y socialEl artista chileno viene de cerrar su exposición "Nowhere man" en la galería Daniel Templon, de París. A su vez, continúa exponiendo en la Bienal de Venecia y en la Trienal de Santiago en un apartado especial dedicado al "Terremoto en Chile". Su obra lumínica señala, con autoridad, aquellos lugares y espacios de re-significación, creando en cada apuesta un original y único microcosmos potente, lúcido y comprometido con su tiempo.
Por Claudia Laudanno, Doctora en Historia y Teoría del Arte. Crítica de arte y curadora independiente.
Revista Arte Al Límite Nº 39, noviembre-diciembre 2009Ya es sabido que desde hace casi tres décadas el arte contemporáneo se ha convertido en la manifestación social y estética por excelencia. Nos movemos en las fronteras movedizas y poco estables del "circuito del arte", en las cuales confluyen críticos, historiadores, curadores, artistas, galeristas, museos, ferias, bienales, trienales, coleccionistas y, fundamentalmente, mercado del arte "contextualizado".
Más allá de todo esto, es importante destacar el rol que ejerce la poética de Iván Navarro en el panorama internacional. Su obra, fruto de un trabajo de interpretación sostenida y que ha sabido abreviar -con un criterio muy selectivo y reformulador- en la espiral del minimal art y el post-minimalismo, es especial. Entre la red de "enciclopedias" visuales e iconográficas, como la obra de Dan Flavin y los ambientes espaciales del italo-argentino Lucio Fontana –quien fuera el primer artista en utilizar las luces de neón como material escultórico hacia finales de los ‘40 y principios de los ‘50- se sitúa la obra vital, poderosa y altamente simbólica de Navarro.
El arte de Navarro es una suerte de canal existencial, de innegable pregnancia óptica y espacial. No obstante, va mucho más lejos del mero placer estético. Su obra lumínica apela a "re-contextualizar" las instalaciones, urdidas por su imaginario visual y nacidas de una memoria colectiva, con asiento y residencia en su Chile natal, de la dictadura y la post-dictadura. Con ello, su obra adquiere un plus que sobrepasa ampliamente esa "oralidad resultante" del primer golpe o efecto de vista en el espectador.
Las instalaciones del artista apelan a los valores cognoscitivos, éticos y antropológicos, requiriendo constantemente una nueva toma de posición del público frente a sus complejas instalaciones luminiscentes. Neo-geometría, formatos arquitectónicos muy precisos y depurados, recurso a situaciones de espacialidad que juegan con el dentro-fuera, la segregación de planos y la serialidad. En su obra incluye palabras portadoras de sentidos, ritmos inusitados, signografías, que se conjugan en combinaciones embriagadoras de colores puros y luces que irradian en espacios penumbrosos.
En el opus multiforme de Navarro, es preciso hacer una referencia puntual al interjuego entre opacidad y transparencia, luces y sombras, oquedades y luminosidades artificiales, cargadas de contenidos que provienen de la historia reciente de Chile. En su actual obra, las ideas y los valores culturales que emanan de sus piezas son mucho más significativos que la bruta existencia de la "cosa" o el objeto rectificado.
Las obras de este joven artista, radicado en Nueva York, sacuden generando un incremento de nuestro vocabulario visual y, en paralelo, re-formulando nuestro propio "hábitat". Promueve un incremento intelectual, por medio de la decantación de los sentidos ópticos y del tacto, como si se tratara de una nueva "lengua franca", una "territorialidad sin fronteras" que cruza espacios, para estremecernos y descolocarnos de nuestros habituales lugares de deleite estético.
Se trata de una percepción sensorial depurada, plagada de motivaciones profundas y con anclaje en el presente. Sin embargo, nunca llega a un nivel conceptual básico, digerible y light, sino más bien, apela a todas nuestras capacidades de interpretación de las diferentes capas de sentido que se van superponiendo en sus actuales trabajos artísticos.
Navarro urde con sus obras en el papel fundamental de la memoria para la comprensión del acto estético contemporáneo. Nos va situando gradualmente en espacios despojados, donde las líneas de luces de neón construyen propuestas etnoculturales de largo aliento, multirraciales y, por ende, de gran complejidad. Sus "intervenciones situacionales" invocan rápidamente a diferentes instancias de relación recíproca con las obras. Pueden producir una catarsis de identificación inmediata o, por otro lado, una sensación de desasosiego, falta de certidumbre y trastabilleo. Sus instalaciones, incluyendo a “Resistance” -exhibida en la Bienal de Venecia-, discuten y colocan sobre el tapete el estatuto de diferentes tipos de sentidos comunitarios, más allá de su innegable belleza y rigor constructivo.
Navarro sabe mover los hilos de este laberinto de luces con total maestría, sabiendo dosificar y dándonos soga como para que nos enredemos en sus abismos o focalicemos nuestra atención en puertas que no conducen a ninguna parte. El no-lugar, el estar fuera de cualquier lugar previsible, el sentirse "piel" de la propia instalación. Como una cinta de Moebius, de doble circulación y lectura, que revisita la herencia abstracta y constructiva del siglo XX, pisando fuerte en esta primera década del tercer milenio.
Si bien el "formato" conceptual, de raíz anglosajona, surgió en la década del sesenta -casi diez años antes que naciera Iván Navarro- su estilo pervive en una formulación estética, la que desde América Latina nunca llegó ni quiso llegar a la desmaterialización total de la obra de arte. Eso es esencial para entender el arte de Navarro y tantos otros creadores ibero-americanos. Su "criticalidad" es la palabra clave para comprender un paradigma estético que coloca el acento en la investigación y el análisis por encima del instinto, la intuición y la subjetividad desbordada o transferida.
















































































