Harding Meyer

Harding Meyer

pintura / Figuración

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Reseña

Harding Meyer
Devoción a la imagen sin contenido

Con una paradoja el artista brasilero define sus retratos, personajes anónimos extraídos de los medios de comunicación masivos. Su obra es una reflexión sobre la realidad y sociedad actual, que descontextualiza en busca una nueva identidad.
Por Leonie Schilling, periodista

Harding Meyer (1964) es un artista multicultural. Nacido en Porto Alegre, Brasil, fue criado en Suiza y Francia, y actualmente está radicado en Alemania. Acaba de finalizar su exhibición “Blind Date” en la Glaería Voss de Düsseldorf, con la que también estuvo presente en la quinta edición de la Feria Volta en Basel.

Su trabajo más reciente se centra en torno a retratos de anónimos en gran formato, que se diferencian por una suerte de hiperrealismo disminuido, en donde la mirada indescifrable de los retratados se complementa con la falta de contexto y contornos borrosos.

Sacados de los medios de comunicación masivos, los modelos de Meyer no tienen nombre, edad o nacionalidad. Trabajados en primer plano, sus obras reflejan la meticulosidad de alguien que desea entregar un mensaje y que busca, de manera sutil, compartir una visión.

Desde muy joven Harding se interesó por el arte, conociendo a quien sería uno de sus maestros –Max G. Kamisnki- a los 16 años. Junto a Kaminski revisó sus trabajos juveniles, que siempre se centraron en lo figurativo, y finalmente se inscribió en la Academia de Arte de Karlsruhe, la cual le ofrecía continuar con su estilo de pintura, y que hasta el día de hoy lo ha marcado con el apoyo y la motivación con que lo recibió en sus aulas.

Si bien durante sus estudios de arte experimentó con la pintura abstracta, Meyer mantuvo su fascinación por los rostros y lo figurativo. De modo que trabajó sus retratos del modo en que un acuñador define el troquel que utilizará en una moneda. Paralelamente continuó con pequeñas pinturas figurativas en acuarela, que al pasar los años se convirtieron en los grandes formatos en óleo que hoy podemos apreciar.

¿Por qué decidiste buscar modelos anónimos en los medios masivos y no en la calle, como hacen muchos retratistas hoy en día?
Al final de los ‘90 me interesé en antiguos retratos familiares y retomé la pintura firgurativa a tiempo completo. Como había pintado a mi familia a partir de las fotos, me comencé a encaprichar con este tipo de trabajo, y extendí mi interés a fotografías que no fueran sólo de mis conocidos, sino de personas cotidianas en distintos medios, como revistas, televisión e Internet. Ellos se convirtieron en los modelos para mis trabajos. En esa fecha, mi único foco era ampliar mi muestrario y tener el máximo posible de rostros anónimos. La disponibilidad de imágenes en esos medios de comunicación es infinita y ya no tenía la necesidad de buscar a personas “reales”. Mi proceso de trabajo es muy largo, por lo que no me podía permitir perder el tiempo encontrando modelos. Me di cuenta muy temprano que la pintura de la persona desconocida me permitía sentir la libertad y la capacidad de desarrollar mi propio estilo.

¿Qué rol tiene la belleza física a la hora de escoger a tus modelos?
No todos mis rostros anónimos son bellos per se. Cuando estoy buscando un modelo, él tiene que gatillar un impulso dentro de mi, algo que me conmueva, y que me motive a pintarlo. En un buen retrato puede haber algo repulsivo o bello, pero siempre debe provocar algo emocionalmente.

Creas una nueva identidad con cada retrato, “inventando” una individualidad.¿De qué modo las vas desarrollando con tu proceso creativo?
Lo que nombras, nueva identidad e individualidad, no sólo es el cambio de contexto del modelo, también se refiere a un largo proceso creativo que realizo con cada trabajo. Cada una de mis pinturas va creciendo durante varios meses. Voy pintando capa sobre capa. Cinco, siete o a veces diez capas de pintura, cada una de las cuales manipula la versión original y la capa anterior.  Es por esto que, al final, la obra terminada posee una identidad independiente de su versión original.

Tus retratos rompen el esquema tradicional de los retratos, que suelen seguir las líneas del rostro. Tu obra se caracteriza por ser horizontal y seguir la línea de los ojos. ¿Tiene algún propósito?
Muchos de mis modelos son sacados de la televisión. Es por eso que utilizo el formato horizontal. Éste además suaviza los rasgos de la cara. Además, esa horizontalidad es el soporte que le entrega una continuidad a la obra.

Por otro lado, la gran cercanía de los retratos, sumados al gran tamaño de las obras, provoca de cierto modo que uno esté inserto en el espacio personal del retratado…
¡Amo trabajar con grandes formatos! El desgaste físico que viene con un gran formato hace el trabajo muy intenso. También creo que con este tipo de pintura, tan cercana y amplia a la vez, los detalles se vuelven más importantes. Te quedas con dos imágenes. Si observas desde cerca, pones más atención al detalle, pero cuando te alejas se convierte en algo completo, puedes ver el todo de cada uno de esos fragmentos.

Una señal de alarma
La obra de Meyer se caracteriza por tener borrones, partes trasladadas por el uso de escobillas y cuchillos. De alguna manera estos detalles arman una pantalla a través de la cual no se puede ver al modelo real. El espectador está obligado a detenerse y mirar cada detalle, forzado a reconocer que el retrato en cuestión no es un reflejo de una imagen externa o interna. Esto le da la obra del artista un toque de misterio, que al mismo tiempo se revuelve en torno a la interrogativa del efecto que tienen los rostros tras ser removidos de los medios, de lo que queda de ellos tras su breve paso por la pantalla.

De un modo muy particular, tu obra es provocadora, especialmente en cuanto a los medios, a la sociedad actual…
Si me pongo a pensar en mi trabajo, creo que es muy difícil relacionarlo con arte provocador. Al comienzo, está el impulso de escoger la muestra adecuada con la cual quiero comprometerme a trabajar por mucho tiempo. Al final, todo mi trabajo es una reacción a la alta velocidad de las imágenes digitales por las cuales uno se ve abrumado hoy en día. La manera en la que me gustaría provocar en quienes ven mi trabajo esa través del valor de des-acelerar a las personas.

Tus cuadros no tienen nombre, sólo los catalogas con un número. ¿Es una alusión directa a nuestro estilo de vida?
Mis trabajos no poseen título o datos biográficos debido a esta sociedad distanciada de sí misma, y también por su anonimato. No estoy interesado en quién pinto o en qué periodo de vida se encontraba él o ella cuando saqué la foto. Para mi es la devoción a la imagen sin contenido. Es una paradoja, lo sé… Si tuviera que posicionar mi trabajo en el llamativo y colorido mundo del arte, lo definiría como una silenciosa “señal de alarma”.

Tus exhibiciones más recientes han sido diversas en sus contenidos. Por una parte “(in) sight” se basó en fotografías que tomaste en Afganistán, y que luego convertiste en una instalación con cuadros que exploraban los colores en negativo y positivo, e incluían una interacción con los asistentes. “Blind Date” juega con el anonimato de los modelos y de las personas enmascaradas que fotografiaste junto a tus cuadros. ¿Qué estás preparando para el 2010?
Claro que seguiré trabajando con mis retratos, los cuales son una serie en permanente progreso, y con los cuales estoy experimentando con el proceso de deformación. Paralelamente estoy trabajando en varias series nuevas, una de ellas en blanco y negro que se enfoca en la situación política de África.

Publicado en revista Arte Al Límite Nº 39, noviembre-diciembre 2009

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